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– César soltó una risita-. Cicerón me ha informado de que a Favonio ahora se le conoce en el Foro como el Mono de Catón, un delicioso doble juego de palabras. Pues imita como un mono a Catón en todo lo que puede, incluso en lo de ir desnudo bajo la toga, pero además es tan zoquete que camina igual que un mono. Bonito, ¿verdad?

– Muy acertado, desde luego. ¿Y el mote lo ha acuñado el propio Cicerón?

– Eso me imagino, pero hoy sufría un ataque de modestia, probablemente debido al hecho de que Pompeyo le hizo jurar que se mostraría amable y educado conmigo, y eso es algo que odia después de lo de Rabirio.

– Pareces desconsolado -le dijo Aurelia con cierta ironía.

– Realmente preferiría tener a Cicerón de mi parte, pero no veo cómo pueda ocurrir eso, mater. Así que estoy preparado.

– ¿Para qué?

– Para el día en que Cicerón decida unir su pequeña facción a los boni.

– ¿Crees que llegará tan lejos? A Pompeyo Magnus no le gustaría nada.

– Dudo que llegue a convertirse alguna vez en un ardiente miembro de los boni, a ellos les desagrada su engreimiento tanto como les desagrada el mío. Pero ya conoces a Cicerón. Es un saltamontes con la lengua indisciplinada, si es que tal animal existe. Aquí, allí, en todas partes y durante todo el tiempo, está muy ocupado metiéndose en líos por las cosas que dice. Yo fui testigo de lo que le dijo a Publio Clodio de las seis pulgadas. Terriblemente gracioso, pero a Clodio y a Fulvia no les hizo ninguna gracia.

– ¿Cómo te las arreglarás con Cicerón si se convierte en adversario tuyo?

– Bueno, no se lo he dicho a Publio Clodio, pero he conseguido permiso de los colegios sacerdotales para permitir que Clodio se convierta en plebeyo.

– ¿No ha puesto objeciones Celer? Se negó a permitirle a Clodio que se presentase a tribuno de la plebe.

– E hizo lo correcto. Celer es un abogado excelente. Pero en lo que concierne a la situación de Clodio, a él tanto le da que sea una cosa u otra, ¿por qué iba a importarle? El único objeto de la vena desagradable de Clodio en este momento es Cicerón, que no tiene absolutamente ninguna influencia con Celer ni entre los colegios sacerdotales. No está mal visto que un patricio quiera convertirse en plebeyo. El cargo de tribuno de la plebe tiene atractivo para hombres que tienen una vena de demagogos, como Clodio.

– ¿Por qué no le has dicho todavía a Clodio que has obtenido el permiso?

– No sé si se lo diré alguna vez. Es un hombre inestable; No obstante, si tengo que vérmelas con Cicerón, le echaré encima a Clodio.

– César bostezó y se estiró-. ¡oh, qué cansado estoy! ¿Está Julia?

– No, está en una fiesta para chicas, y como se celebra en casa de Servilia, le he dicho que podía quedarse a pasar la noche. Las muchachas a esa edad pueden pasarse días enteros hablando y riéndose como bobas.

– Cumple diecisiete en las nonas. ¡Oh, mater, cómo vuela el tiempo! Ya hace diez años que murió su madre.

– Pero no la hemos olvidado -dijo Aurelia.

– No, eso nunca.

Se hizo un silencio pacífico y acogedor. Sin preocupaciones económicas que la absorbiesen, Aurelia era un placer, reflexionó su hijo.

De pronto Aurelia tosió y miró a César con un brillo avaro en los ojos.

– César, el otro día tuve la necesidad de ir a la habitación de Julia para mirar entre su ropa. A los diecisiete años, los regalos de cumpleaños deberían ser de ropa. Tú le puedes regalar joyas: te sugiero pendientes y un collar de oro sin piedras. Pero yo le regalaré ropa. Ya sé que ella debería estar tejiendo la tela y haciéndose la ropa ella misma, yo ya lo hacía a su edad, pero por desgracia a Julia le gusta más leer que tejer. Hace años que desistí de intentar obligarla a que tejiera, no valía la pena gastar la energía. Lo que tejía era un desastre.

– ¿Qué es lo que me quieres decir, mater? Realmente me importa un comino lo que haga Julia siempre que no esté por debajo de su condición de ser una Julia.

En respuesta, Aurelia se puso en pie.

– Espérame aquí -le dijo; y salió del despacho de César.

Éste la oyó subir la escalera hasta el piso superior y luego no oyó nada; más tarde le llegó el sonido de unos pasos que bajaban de nuevo. Aurelia entró con las dos manos situadas detrás de la espalda. Muy divertido, César intentó que ella perdiera la seriedad mirándola fijamente, pero no tuvo éxito. Luego Aurelia sacó rápidamente las manos de detrás de la espalda y puso algo encima del escritorio.

Fascinado, César se encontró mirando un pequeño busto nada menos que de Pompeyo. Este estaba considerablemente mejor realizado que los que él había visto en los mercados, pero seguía siendo de producción en serie, ya que se trataba de un vaciado de yeso; el parecido era bastante más elocuente, y la pintura había sido aplicada con mucha delicadeza.

– Lo encontré escondido entre la ropa de cuando era pequeña en un baúl que ella probablemente pensaba que nadie miraría. Te confieso que yo no habría mirado allí de no ser porque se me ocurrió que en Subura hay muchas niñas a las que les vendría muy bien usar la ropa que se le ha quedado pequeña a Julia. Siempre le hemos enseñado, para que no se malcríe, que tenía que pasarse con ropa vieja cuando había niñas como Junia que desfilaban con algo nuevo cada día, pero nunca hemos permitido que fuera con la ropa raída. El caso es que se me ocurrió vaciar el baúl y mandar a Cardixa a Subura con el contenido del mismo. Después de encontrarme con eso, lo dejé todo sin tocar.

– ¿Cuánto dinero le damos a Julia, mater? -preguntó César mientras cogía el busto de Pompeyo y comenzaba a darle vueltas entre las manos; la sonrisa le había aparecido en una de las comisuras de la boca; estaba pensando en todas aquellas muchachas adolescentes que se apiñaban alrededor de los puestos de los mercados, suspirando y arrullando acerca de Pompeyo.

– Muy poco, tal y como acordamos tú y yo cuando ella alcanzó la edad de necesitar algo de dinero para sus gastos.

– ¿Cuánto crees que le costaría esto, mater?

– Por lo menos cien sestercios.

– Sí, eso diría yo. De manera que ella estuvo ahorrando su precioso dinero para comprar esto.

– ¿Y qué deduces tú de todo ello?

– Que está chiflada por Pompeyo, como casi todas las demás muchachas de su círculo. Me imagino que en este preciso momento hay una docena de chicas apiñadas alrededor de una imagen parecida a ésta, de la misma persona, Julia incluida, gimiendo y haciendo aspavientos mientras Servilia intenta dormir y Bruto se afana con su último epítome.

– Para ser alguien que en toda su vida ha sido indiscreta, mater, tu conocimiento acerca de la conducta humana es asombroso.

– Sólo porque siempre haya sido demasiado sensata como para no hacer el tonto yo misma, César, no significa que no sea capaz de detectar la tontería en los demás -dijo Aurelia austeramente.

– ¿Por qué te molestas en enseñarme esto?

– Pues -empezó Aurelia mientras tomaba asiento de nuevo-, en general, yo tendría que decir que Julia no es tonta. ¡Al fin y al cabo, yo soy su abuela! Cuando encontré eso -dijo señalando el busto de Pompeyo-, empecé a pensar en Julia como no había pensado nunca hasta entonces. Tenemos tendencia a olvidarnos de que casi son ya adultos, y eso es una realidad. El año que viene por estas fechas Julia cumplirá los dieciocho y se casará con Bruto. No obstante, cuanto mayor se hace y más se acerca la boda, más recelos albergo yo al respecto.

– ¿Por qué?

– Ella no lo ama.

– El amor no forma parte del contrato, mater -dijo César con suavidad.

– Ya lo sé, y tampoco soy propensa a ponerme sentimental. Y ahora no me estoy poniendo sentimental. Tu conocimiento de Julia es superficial porque tiene que ser superficial. La ves bastante a menudo, pero contigo presenta una cara diferente. Ella te adora, eso es así. Si tú le pidieras que se clavase una daga en el pecho, probablemente lo haría.