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– Este asunto lleva estancado más de un año, durante el cual un grupo de hombres desesperados, recaudadores de impuestos, ha estado destruyendo el buen gobierno de Roma en cuatro provincias orientales: Asia, Cilicia, Siria y Bitinia-Ponto -dijo César en tono duro-. Las cantidades que los censores aceptaron en nombre del Tesoro no se han alcanzado, sin embargo. Cada día que este desgraciado estado de cosas continúe, es un día más durante el cual a nuestros amigos los socii de las provincias del Este se les exprime inexorablemente, un día más durante el cual nuestros amigos los socii de las provincias del Este maldicen el nombre de Roma. Los gobernadores de esas provincias se pasan el tiempo, por una parte aplacando delegaciones de airados socii, y por la otra teniendo que proporcionar lictores y tropas para ayudar a los recaudadores de impuestos a que puedan seguir exprimiendo.

«Tenemos que reducir nuestras pérdidas, padres conscriptos. Así de simple. Tengo aquí un proyecto de ley para presentárselo a la Asamblea Popular en el que le pido que reduzca los ingresos por impuestos procedentes de las provincias del Este en un tercio. Concededme un consultum hoy. Dos tercios de algo es infinitamente preferible a tres tercios de nada.

Pero, naturalmente, César no obtuvo su consultum. Catón prolongó la reunión e impidió que se pudiera llevar a cabo la votación; soltó un discurso sobre la filosofía de Zenón y las adaptaciones que había impuesto sobre ella la sociedad romana.

Poco después del amanecer del día siguiente César convocó a la Asamblea Popular, la llenó con los caballeros de Craso y sometió el asunto a votación.

– ¡Porque si diecisiete meses de contiones sobre este tema no son suficientes, entonces diecisiete años de contiones tampoco bastarán! -dijo-. Hoy votamos, y eso significa que la liberación de los publicani no necesita tardar más de diecisiete días a partir de este momento en producirse.

Una mirada a los rostros que llenaban el Foso de los Comicios les dijo a los boni que oponerse resultaría tan peligroso como infructuoso; cuando Catón intentó hablar lo abuchearon, y cuando intentó hablar Bíbulo los puños se levantaron. En una de las votaciones más rápidas de la historia, los ingresos del Tesoro procedentes de las provincias del Este fueron reducidos en una tercera parte, y la multitud de caballeros vitoreó a César y a Marco Craso hasta quedarse roncos.

– ¡Oh, qué alivio! -dijo Craso radiante.

– Ojalá todo fuera tan fácil -dijo César dejando escapar un suspiro-. Si yo pudiera actuar con tanta rapidez con la lex agraria, se aprobaría antes de que los boni pudieran organizarse. Este asunto tuyo era el único sobre el que yo no tenía que convocar contiones. Los tontos de los boni no comprendieron que yo, sencillamente… ¡lo haría!

– Hay una cosa que me desconcierta, César.

– Qué es?

– Pues que los tribunos de la plebe llevan un mes en el cargo, y sin embargo tú todavía no has utilizado a Vatinio para nada. Y aquí estás promulgando tus propias leyes. Yo conozco a Vatinio. Estoy seguro de que es un buen cliente, pero te cobrará todos sus servicios.

– Nos cobrará, Marco -le dijo César suavemente.

– Todo el Foro está confuso. Un mes entero de tribunos de la plebe sin una sola ley ni un solo alboroto.

– Tengo trabajo de sobra para Vatinio y Alfio, pero todavía no. Yo soy el auténtico abogado, Marco, y me encanta. Los cónsules legisladores son raros. ¿Por qué habría yo de dejar que Cicerón se llevase toda la gloria? No, esperaré hasta que tenga auténticos problemas con la lex agraria, y entonces les echaré a Vatinio y a Alfio. Sólo para confundir el tema.

– De verdad tengo que leerme todo ese montón de papel? -le preguntó Craso.

– No estaría mal, porque quizás tendrías algunas ideas brillantes. No hay nada malo en el documento desde tu punto de vista, desde luego.

– No puedes engañarme, Cayo. No hay manera de que puedas establecer a ochenta mil personas en diez iugera cada una sin utilizar el Ager Campanus y las tierras de Capua.

– Nunca pensé en engañarte a ti. Pero todavía no tengo intención de descorrer la cortina que abre la jaula de la bestia.

– Entonces me alegro de no estar metido en la agricultura y ganadería de los latifundia.

– ¿Y por qué no te metiste en eso?

– Demasiados problemas y pocos beneficios. Todos esos iugera con unas cuantas ovejas y unos cuantos pastores, un montón de trifulcas para meter en vereda a las cuadrillas de trabajadores… los hombres que se dedican al campo son tontos, Cayo. Mira Ático. Por mucho que deteste a ese hombre, como lo detesto, es demasiado listo para tener medio millón de iugera en Italia. A ellos les gusta decir que poseen medio millón de iugera, y a eso es a lo que se reduce todo prácticamente. Lúculo es un ejemplo perfecto. Tiene más dinero que sentido común. O gusto, aunque él eso lo discutiría. No tendrás oposición por mi parte, ni por parte de los caballeros. Explotar las tierras públicas que el Estado les ha arrendado es una especie de diversión para senadores, no un negocio para caballeros. Puede que le de a un senador el censo de un millón de sestercios, pero, ¿qué es un millón de sestercios, César? ¡Unos nimios cuarenta talentos! Yo puedo ganar eso en un día con…

– Sonrió y se encogió de hombros-. Mejor no decirlo. A lo mejor vas y se lo cuentas a los censores.

César se recogió los pliegues de la toga y echó a correr por el Foro inferior en dirección al Velabrum.

– ¡Cayo Curión! ¡Cayo Curión! ¡No te vayas a casa, ve a la barraca de los censores! ¡Tengo información!

Ante la fascinada mirada de varios cientos de caballeros y asiduos del Foro, Craso se recogió los pliegues de la toga y salió detrás de César gritando:

– ¡No! ¡No lo hagas!

Luego César se detuvo, dejó que Craso lo alcanzase y los dos se estuvieron riendo a grandes carcajadas antes de echar a andar en dirección a la dotnus publica. ¡Qué extraordinario! ¿Dos de los hombres más famosos de Roma corriendo por todo el Foro? ¡Y la luna ni siquiera estaba en cuarto creciente, ni mucho menos había luna llena!

Durante todo el mes de enero el duelo entablado entre César y los boni a causa del proyecto de la ley de tierras continuó sin tregua. En cada reunión del Senado destinada a debatir el tema, Catón se ponía a lanzar peroratas. Al sentir interés por ver si la técnica aún funcionaba en alguna medida, César finalmente hizo que sus lictores sacasen a Catón del lugar y lo llevasen a las Lautumiae; los boni iban detrás aplaudiendo a Catón, que llevaba la cabeza alta y la expresión de un mártir en aquel rostro caballuno suyo. No, no iba a funcionar. César llamó a sus lictores, Catón volvió a su lugar y las maniobras obstruccionistas continuaron.

No había más remedio que llevar el asunto ante el pueblo sin aquel decreto senatorial elusivo. Ahora tendría que llevar el asunto a contio durante todo el mes de febrero, que era cuando Bíbulo tenía las fasces y podía oponerse de un modo más legal al cónsul que no las tenía. Así que, ¿cuándo sería la votación, en febrero o en marzo? Nadie lo sabía en realidad.

– ¡Si estás tan en contra de esta ley, Marco Bíbulo, dime por qué! -le gritó César en la primera contio que se celebró en la Asamblea Popular-. ¡No es suficiente con que te pongas ahí de pie y ladres sin parar que te opones a ella, debes decirle a esta legítima asamblea del pueblo romano qué es lo que tiene de malo! ¡Yo estoy aquí ofreciéndoles una oportunidad a las personas que no la tienen, y lo estoy haciendo sin llevar para ello el Estado a la bancarrota y sin engañar ni coaccionar a aquellos que ya poseen tierras! ¡Pero tú sólo sabes decir que te opones, que te opones, y que te opones! ¡Dinos por qué!

– ¡Me opongo sólo porque eres tú quien la promulga, César, por ningún otro motivo! ¡Todo lo que tú haces está maldito, es impío, es malo!

– ¡Hablas en acertijos, Marco Bíbulo! ¡Sé más específico, no seas emocional; dinos por qué te opones a esta ley que es absolutamente necesaria! ¡Expón tus críticas, por favor!