César levantó la cabeza.
– ¿Tú estabas allí? -le preguntó.
– Sí. Tengo un escondite entre la Curia Hostilia y la basílica Porcia, así que no tengo que consultar a Fulvia.
– ¿Qué te pareció a ti que ocurría, entonces? Quiero decir, ¿qué te parecía que había entre nosotros tres?
Servilia se tocó el mentón y lo notó una pizca velludo; tenía que empezar a depilárselo. Tomada tal decisión, devolvió su atención a la pregunta de César.
– Quizás el hecho de hacer salir a Pompeyo no fuera más que una astuta jugada política. Pero Craso hizo que me pusiera muy rígida, te lo aseguro. Me recordó cuando Pompeyo y él fueron cónsules juntos, sólo que se habían colocado uno a cada lado de ti. Sin mirarse con odio, sin sentirse incómodos en absoluto. Los tres parecíais tres pedazos de la misma montaña. ¡Resultó muy impresionante! La multitud se olvidó en seguida de Bíbulo, y eso estuvo muy bien. Te confieso que me extrañó. César, no habrás hecho un pacto con Pompeyo Magnus, ¿verdad? ¿O sí?
– Claro que no -repuso César con firmeza-. Mi pacto es con Craso y con una cohorte de banqueros. Pero Magnus no es ningún tonto, hasta tú admites eso. Me necesita para conseguir tierras para sus veteranos y ratificar sus convenios en el Este. Por otra parte, mi principal preocupación es solucionar la ruina económica que su conquista del Este ha traído consigo. En muchos aspectos Magnus ha sido un estorbo para Roma, no una ayuda. Todo el mundo está gastando demasiado y otorgando demasiadas concesiones a los votantes. Mi política para este año, Servilia, es sacar a suficientes pobres fuera de Roma y de la cola del subsidio de grano para aliviarle esa carga al Tesoro y poner fin al punto muerto en que se encuentra el asunto de los contratos de recaudación de impuestos. Ambas cosas puramente físicas, te lo aseguro. También tengo intención de llegar mucho más lejos que Sila en lo que se refiere a hacerles difícil a los gobernadores el hecho de que gobiernen las provincias como si fuesen sus dominios privados en lugar de pertenecer a Roma. Todo lo cual me convertiría en un héroe ante los caballeros.
Servilia quedó un tanto apaciguada, porque aquella respuesta tenía sentido. Pero cuando volvía caminando a su casa todavía te ni cierta conciencia de intranquilidad. César era habilidoso y despiadado. Si pensaba como un político, era muy capaz de mentirle a ella. Probablemente era el hombre más inteligente que Roma hubiera dado nunca; ella lo había observado durante los meses en que había estado redactando su lex agraria, y no podía creer aquella claridad de percepción de César. Había instalado a cien escribas en el piso superior de la domus publica, que garabateaban sin cesar en tablillas de cera haciendo copias de todo lo que él dictaba sin titubear. Una ley que pesaba un talento, no media libra. Tan organizada, tan decisiva.
Bueno, ella lo amaba. Ni siquiera el espantoso insulto de haberla rechazado en matrimonio había logrado alejarla de él. ¿Habría algo que pudiera alejarla? Por eso era necesario que Servilia creyese que él era más brillante, más dotado, más capaz que cualquier otro hombre que Roma hubiera producido; pensar así era salvaguardar su propio orgullo. ¿Ella, una Servilia Cepión, iba a ir arrastrándose ante un hombre que no fuera el mejor que Roma hubiera producido nunca? ¡Imposible! ¡No, un César no se aliaría con el advenedizo Pompeyo, un hombre de Picenum! En particular cuando la hija de César estaba comprometida en matrimonio con el hijo de un hombre a quien el mismo Pompeyo había asesinado.
Bruto la estaba esperando.
Servilia no se encontraba de humor para ocuparse de su hijo -en otro tiempo le habría dicho sin contemplaciones que se fuera-, pero últimamente lo soportaba con más paciencia, no porque César le hubiera dicho que era demasiado dura con él, sino porque el rechazo de César hacia ella había cambiado la situación en algunos aspectos muy sutiles. Por una vez la razón de Servilia -¿el mal?- no había sido capaz de dominar sus emociones -¿el bien?-, y cuando regresó a su casa después de aquella espantosa entrevista con César, ella había dado rienda suelta al dolor, a la rabia y a la pena que había en su interior. Toda la casa se había removido hasta las entrañas, los sirvientes habían salido huyendo, Bruto se había encerrado en sus habitaciones para escuchar desde allí. Luego ella había entrado como una tromba en el despacho de Bruto y le había contado lo que pensaba de Cayo Julio César, que no quería casarse con ella porque había sido una esposa infiel.
«¡lnfiel! -chilló Servilia al tiempo que se tiraba de los cabellos, con el rostro y la parte del pecho que le quedaba fuera de la túnica arañados y hechos trizas por aquellas horribles uñas-. ¡Infiel! Con él, sólo con él! ¡Pero eso no es lo bastante bueno para un Julio César, cuya esposa debe estar por encima de toda sospecha! ¿Puedes creértelo? ¡Yo no soy lo bastante buena!»
Aquel estallido había sido un error, y Servilia no tardó mucho en descubrirlo. Por una parte sirvió para afirmar más el compromiso de Bruto con Julia, pues ahora ya no había peligro de que la sociedad viera con malos ojos la unión de los padres de la pareja prometida en matrimonio, lo cual técnicamente era incesto aunque no hubiera de por medio lazos de sangre. Las leyes de Roma eran imprecisas acerca del grado de consanguinidad permisible en un matrimonio, y la mayoría de las veces era más una cuestión de la mos maiorum que una ley especificada en las tablillas. Por ello una hermana no podía casarse con un hermano. Pero cuando se trataba de que un niño o una niña se casase con su tía o con su tío, sólo la costumbre, la tradición y la aprobación social lo impedían. Los primos carnales se casaban con mucha frecuencia. Así pues, nadie habría podido condenar legal ni religiosamente el matrimonio de César con Servilia por una parte y de Bruto con Julia por la otra. ¡Pero sin duda alguna no habría estado bien visto! Y Bruto era hijo de su madre. Le gustaba que la sociedad aprobase lo que él hiciera. La unión no oficial de su madre con el padre de Julia no llevaba consigo al mismo grado de oprobio; los romanos eran pragmáticos acerca de cosas como aquélla porque, sencillamente, ocurrían con frecuencia.
El estallido de Servilia también había hecho que Bruto mirase a su madre como a una mujer corriente en vez de como la personificación del poder. Y había implantado un diminuto núcleo de desprecio hacia ella. No se había visto libre del miedo que le tenía a su madre, pero podía soportarlo con más ecuanimidad.
De modo que ahora Servilia le sonrió a su hijo, se sentó y se dispuso a tener una charla con él. ¡Oh, ojalá a Bruto se le limpiase un poco aquel cutis! Las cicatrices que había debajo de aquella impresentable barba sin afeitar debían de ser espantosas, y nunca desaparecerían aunque las pústulas sí que llegasen a eliminarse alguna vez.
– ¿Qué ocurre, Bruto? -le preguntó en un tono amable.
– ¿Tendrías algo que objetar a que yo le pidiese a César que Julia y yo nos casásemos el mes que viene?
Servilia parpadeó.
– ¿A qué viene esto?
– No es que pase nada, sólo que llevamos prometidos muchos años y Julia ya ha cumplido los diecisiete. Muchas muchachas se casan a los diecisiete.
– Eso es cierto. Cicerón permitió que Tulia se casase a los diecisiete… aunque no es que sea ése un gran ejemplo. Sin embargo, los diecisiete años es una edad aceptable para verdaderos miembros de la nobleza. Ninguno de vosotros ha flaqueado.
– Sonrió y le mandó un beso con la mano-. ¿Por qué no?