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La antigua dominación se afirmó.

– ¿Preferirías pedírselo tú, mamá, o debería hacerlo yo?

– Desde luego, debes pedírselo tú -dijo Servilia-. ¡Qué maravilla! Una boda el mes que viene. ¿Quién sabe? Puede que César y yo seamos abuelos pronto.

Y Bruto se fue a ver a su Julia.

– Le he preguntado a mi madre si tenía alguna objeción a que nos casásemos el mes que viene -le dijo después de haber besado a Julia con ternura y de haberla acompañado hasta un canapé donde podían sentarse uno al lado del otro-. A ella le parece maravilloso. Así que se lo voy a pedir a tu padre a la primera oportunidad.

Julia tragó saliva. ¡oh, había contado tanto con otro año de libertad! Pero no había de ser así. Y, pensándolo bien, ¿no era mejor como Bruto sugería? Cuanto más tiempo pasase, más odiosa se le iría haciendo a ella la idea. ¡Mejor acabar de una vez! Así que dijo con voz suave:

– Me parece estupendo, Bruto.

– ¿Crees que tu padre nos recibirá ahora? -le preguntó Bruto con ansiedad.

– Bueno, ya es de noche, pero de todos modos él nunca duerme. La ley de la distribución de tierras ya está terminada, pero ahora está trabajando en otro asunto enorme. Los cien escribas siguen instalados aquí. ¿Qué diría Pompeya si supiera que sus antiguas habitaciones se han convertido en oficinas?

– ¿Tu padre nunca va a casarse otra vez? -Me parece que no. Fíjate, no creo que quisiera casarse con Pompeya cuando lo hizo. El amaba a mi madre.

Bruto frunció aquel pobre entrecejo suyo, todo mancillado de granos.

– Pues a mí me parece un estado muy feliz, el de casado, aunque me alegro de que tu padre no se casase con mamá. ¿Era tan encantadora, tu madre?

– Me acuerdo algo de ella, pero no con mucha claridad. No era terriblemente bonita, y tata pasaba mucho tiempo ausente. Pero yo no creo que tata la considerase como la mayoría de los hombres consideran a sus esposas. Quizás él nunca estimará a una esposa por el hecho de que sea una esposa. Mi mamá era más como su hermana, creo yo. Crecieron juntos, y ello estableció ciertos lazos.

– Julia se puso en pie-. Ven, vamos a buscar a avia. Yo siempre la mando a ella primero, ella no tiene miedo de enfrentarse a mi padre.

– ¿Y tú sí?

– Oh, él nunca me ha tratado con rudeza, ni siquiera con despego. ¡Pero está tan desesperadamente atareado, y yo lo quiero tanto, Bruto! Mis pequeños problemas deben parecerle un fastidio, siempre me da esa impresión.

Bueno, aquella sensibilidad prudente y gentil hacia los sentimientos de los demás era uno de los motivos por los que él la amaba con tanta fuerza. Ahora Bruto estaba empezando a saber entendérselas con su madre, y cuando estuviera casado con Julia, estaba seguro de que cada vez le resultaría más fácil llevarse bien con Servilia.

Pero Aurelia estaba resfriada y se había acostado ya; Julia llamó a la puerta del despacho de su padre.

– Tata, ¿puedes recibimos? -preguntó a través de la puerta.

Abrió la puerta él mismo, muy sonriente; le dio un beso en la mejilla a Julia y tendió la mano para estrecharle la suya a Bruto. Entraron en la habitación iluminada por la luz de las lámparas; estaba llena de muchísimas llamitas, aunque César utilizaba el mejor aceite y mechas buenas de lino, lo cual significaba que no había humo ni excesivo olor a estopa ardiendo.

– Esto es una sorpresa -dijo-. ¿Un poco de vino?

Bruto dijo que no con la cabeza; Julia se echó a reír.

– Tata -dijo ella-. Sé lo ocupado que estás, así que no te entretendremos mucho tiempo. Pero queríamos decirte que nos gustaría casarnos el mes que viene.

¿Cómo lograba César comportarse así? Su rostro no experimentó ni el más mínimo cambio, aunque sí se había producido un cambio. Los ojos que los miraban permanecieron exactamente igual.

– ¿Qué ha provocado esto? -le preguntó a Bruto.

Este se encontró tartamudeando.

– Pues… César, llevamos comprometidos casi nueve años, y Julia tiene diecisiete. No hemos cambiado de idea y nos queremos mucho. Muchas muchachas se casan a los diecisiete años. Mamá dice que Junia lo hará. Y Junilla. Igual que Julia, están prometidas a hombres, no a chiquillos.

– ¿Habéis sido indiscretos? -le preguntó César sin alterarse.

Aun a la rojiza luz de las lámparas el sonrojo de Julia fue evidente.

– Oh, tata, no, claro que no! -exclamó.

– ¿Entonces lo que me estáis diciendo es que, a menos que os caséis, sucumbiréis a la indiscreción? -presionó el abogado.

– ¡No, tata, no! -Julia retorció las manos y los ojos se le llenaron de lágrimas-. ¡No es eso!

– No, no es eso -dijo Bruto un poco enojado-. He venido con toda la honra, César. ¿Por qué nos imputas deshonra?

– No lo hago -dijo César en tono objetivo-. Un padre tiene que preguntar esas cosas, Bruto. Hace mucho tiempo que soy un hombre y ésa es la razón por la que la mayoría de los hombres se muestran a la vez protectores y defensivos con respecto a sus hijas. Siento haber erizado tus plumas, no era mi intención insultarte. Pero sólo un padre tonto no hace preguntas.

– Sí, lo comprendo -murmuró Bruto.

– Entonces, ¿podemos casarnos? -insistió Julia, ansiosa por acabar con el asunto y porque se decidiera su destino.

– No -dijo César.

Se hizo un largo silencio durante el cual empezó a parecer que a Julia se le quitaba un gran peso de los hombros; César no había perdido el tiempo en mirar a Bruto, sino que observó a su hija con mucha atención.

– ¿Por qué no? -preguntó Bruto.

– Dije que a los dieciocho, Bruto, y lo dije en serio. Mi pobre primera esposa se casó a los siete años. No importa que ella y yo fuéramos felices cuando de hecho nos convertimos en marido y mujer. Yo hice la promesa de que cualquier hija mía tendría el lujo de vivir su infancia como una niña. A los dieciocho, Bruto. A los dieciocho, Julia.

– Lo hemos intentado -dijo ella cuando hubieron salido y la puerta estuvo cerrada de nuevo-. Procura que no te importe demasiado, querido Bruto.

– ¡Sí que me importa! -dijo él; a continuación se vino abajo y se echó a llorar.

Después de acompañar al desconsolado Bruto a la puerta para que regresase todo el camino hasta su casa envuelto en llanto, Julia volvió a subir a sus habitaciones. Una vez allí se metió en su dormitorio -demasiado espacioso para llamarlo cubículo- y cogió el busto de Pompeyo el Grande del estante que estaba junto a su cama. Se lo puso junto a la mejilla y se lo llevó bailando hasta su cuarto de estar, casi sin poder soportar la felicidad. Ella seguía siendo suya, de Pompeyo.

Cuando llegó a la casa de Décimo Silano, en el Palatino, Bruto ya había recuperado la compostura.

– Pensándolo bien, prefiero que te cases este año a que lo hagas el año que viene -le anunció Servilia desde el cuarto de estar cuando él intentaba pasar de puntillas por delante del mismo.

Bruto se volvió hacia allí.

– ¿Por qué?

– Pues porque si tu boda es el año que viene, le quitaría algo de lustre a la de Junia con Vatia Isáurico -dijo Servilia.

– Entonces prepárate para llevarte una decepción, mamá. César ha dicho que no. Tiene que ser a los dieciocho.

Servilia lo miró fijamente, paralizada.

– ¿Qué?

– Que César ha dicho que no.

Servilia frunció el entrecejo y arrugó los labios.

– ¡Qué raro! ¿Y por qué?

– Por algo que tiene que ver con su primera esposa. Dice que ella sólo tenía siete años. Por ello Julia debe tener cumplidos los dieciocho cuando se case.

– ¡Eso es una absoluta tontería!

– César es el paterfarnilias de Julia, mamá, puede hacer lo que guste.

– Ah, sí, pero este paterfamilias no hace nada por capricho. ¿Qué se propondrá?

– Yo me he creído lo que me ha dicho, mamá. Aunque al principio estuvo bastante desagradable. Quería saber si Julia y yo habíamos… habíamos…