Lúculo se desplomó en el suelo y empezó a llorar, moqueando y babeando, empezó a suplicar perdón como un vasallo le hubiera suplicado al rey Mitrídates o al rey Tigranes, mientras el Senado de Roma contemplaba aquel drama horrorizado. Aquello no era apropiado; era una humillación para todos los senadores que se hallaban presentes.
– Lictores, llevadlo a su casa -dijo César.
Nadie habló todavía; dos de los lictores de César de mayor categoría cogieron suavemente a Lúculo por los brazos, lo pusieron en pie y le ayudaron a salir de la Cámara, entre gemidos y lloros.
– Muy bien -dijo luego César-, ¿qué ha de ser? ¿Desea este cuerpo ratificar el convenio con el Este, o lo llevo a la plebe en forma de lex Vatiniae? -¡Llévalo a la plebe! -gritó Bíbulo.
– ¡Llévalo a la plebe! -aulló Catón.
Cuando César pidió la votación, casi nadie pasó a la derecha; el Senado había decidido que cualquier alternativa era preferible a que César se saliera con la suya. Si el asunto iba a la plebe, sería mostrado como lo que era: una arrogancia cuyo autor era Pompeyo y otra arrogancia que poner a la puerta de César. A nadie le gustaba que le dieran órdenes, y la actitud de César aquel día tenía resabios de soberanía. Mejor morir que vivir bajo otro dictador.
– No les ha gustado, y Pompeyo está extraordinariamente disgustado -dijo Craso después de lo que había resultado ser una reunión muy breve.
– ¿Qué otra elección me dejan, Marco? ¿Qué podía hacer? ¿Nada? -exigió César exasperado.
– Pues en realidad, sí -repuso el buen amigo sin esperar que César hiciera caso de sus palabras-. Ellos saben que a ti te encanta trabajar, saben que te gusta hacer cosas. Tu año va a degenerar en un duelo de voluntades. Odian que los empujen, no les gusta que se les diga que son un montón de viejas indecisas y detestan cualquier clase de fuerza que tenga un tufillo a autoritarismo. No es culpa tuya ser un autócrata nato, Cayo, pero lo que está ocurriendo poco a poco se parece a dos carneros en un campo dándose trompazos con la cabeza. Los boni son tus enemigos naturales. Pero, en cierto modo, estás enemistándote con toda la Cámara. Yo estuve observando las caras mientras Lúculo se humillaba a tus pies. El no tenía intención de poner un ejemplo, está demasiado ido para ser tan astuto, y, sin embargo, ha sido un ejemplo. Todos estaban viéndose a sí mismos allí abajo implorando tu perdón, mientras tú estabas de pie como un monarca.
– ¡Eso no son más que tonterías!
– Para ti, sí. Para ellos, no. Si quieres un consejo, César; no hagas nada en lo que queda de año. Deja correr la ratificación del Este y deja correr el proyecto de ley de tierras. Recuéstate en tu asiento y sonríe, muéstrate de acuerdo con ellos y lámeles el culo. Entonces puede que te perdonen.
– ¡Preferiría ir a reunirme con Lúculo en esa isla del Mare Nostrum que chuparles el culo a esta gente! -dijo César con los dientes apretados.
Craso suspiró.
– Sabía que dirías eso. En cuyo caso, César, que caiga sobre tu cabeza.
– ¿Piensas abandonarme?
– No, soy demasiado buen negociante para eso. Tú significas ganancias para el mundo de los negocios, y por eso es por lo que conseguirás lo que quieras de las Asambleas. Pero será mejor que no pierdas de vista a Pompeyo, él está más inseguro que yo. Desea desesperadamente no estar fuera de lugar. Así pues, Publio Vatinio llevó a la Asamblea Plebeya la ratificación del Este en una serie de leyes que manaban de una ley inicial general que consentía en los convenios de Pompeyo. El problema fue que la plebe encontró aquella interminable legislación muy aburrida en cuanto se le pasó la excitación del principio, y obligó a Vatinio a darse prisa. Y, como carecía de la dirección por parte de César -el cual, tal como había dicho en el Senado, se negó a ofrecer cualquier clase de consejo a Vatinio-, el hijo de un nuevo ciudadano romano oriundo de Alba Fucentia no entendía nada de fijar tributos ni de definir las fronteras de los reinos. Así que la plebe avanzó dando palos de ciego ley tras ley, fijando sin parar unos tributos demasiado bajos y definiendo las fronteras de una manera excesivamente borrosa. Y, por su parte, los boni permitieron que todo ello ocurriese sin vetar ni un solo aspecto de la actividad de Vatinio, que duró todo un mes. Lo que querían era quejarse fuerte y prolongadamente cuando todo hubiese terminado, y utilizarlo como ejemplo de lo que ocurría cuando los cuerpos legislativos usurpaban las prerrogativas senatoriales.
Ahora bien:
– ¡No vengáis gritándome a mí! -fue lo que dijo César-. Tuvisteis vuestra oportunidad y os negasteis a aprovecharla. Quejaos a la plebe. O mejor aún, puesto que habéis renunciado a los deberes que os son propios, enseñadle a la plebe cómo se estructuran los tratados y se fijan los tributos. Por lo visto ellos serán quienes lo hagan a partir de ahora. Se ha sentado el precedente.
Todo lo cual palideció ante la perspectiva del voto en la Asamblea Popular del proyecto de ley de tierras de César. Como ya había transcurrido bastante tiempo y se habían celebrado contiones suficientes, César convocó la reunión para votar de la Asamblea Popular el día decimoctavo de febrero, a pesar del hecho de que Bíbulo tenía las fasces.
Para entonces habían llegado todos los veteranos elegidos a dedo por Pompeyo para votar, y le dieron a la lex Iulia agraria el apoyo que le hacía falta para ser aprobada. La multitud que se reunió era tan grande que César no hizo intento alguno por celebrar la votación en el Foso de los Comicios; se instaló sobre la plataforma adyacente al templo de Cástor y Pólux y no perdió tiempo en preliminares. Con Pompeyo actuando como augur y él mismo dirigiendo las plegarias, mandó que se llevase a cabo el sorteo para ver en qué orden votarían las tribus no mucho después de que el sol salió por encima del Esquilmo.
En el momento en que a los hombres de la tribu Cornelia se les llamó a votar en primer lugar, los boni atacaron. Con los lictores que portaban las fasces precediéndole, Bíbulo se abrió paso entre la masa de hombres que rodeaban la plataforma acompañado de Catón, Ahenobarbo, Cayo Pisón, Favonio y los cuatro tribunos de la plebe que controlaba, con Metelo Escipión en cabeza. Los lictores se detuvieron al pie de los escalones de la parte de Pólux; Bíbulo se abrió paso entre ellos y se puso en pie en el primer escalón de abajo.
– ¡Cayo Julio César, tú no posees las fasces! -chilló-. ¡Esta asamblea queda invalidada porque yo, el cónsul que ostenta el cargo este mes, no he dado mi consentimiento para que se celebre! ¡Disuélvela o haré que te procesen!
Apenas había salido de su boca la última palabra cuando la multitud bramó y arremetió hacia adelante, con demasiada rapidez como para que ninguno de los cuatro tribunos de la plebe pudiera interponer el veto, o quizás voceando tan fuerte que hizo imposible que se oyera veto alguno. Como Bíbulo era un blanco perfecto por el lugar donde se encontraba, recibió una verdadera lluvia de inmundicia, y cuando sus lictores avanzaron para protegerlo, sus sagradas personas fueron sujetadas; magullados y apaleados, tuvieron que contemplar cómo sus fasces eran aplastadas y hechas pedazos por cien pares de brazos desnudos y manos fornidas. Luego esas mismas manos se volvieron para arremeter contra Bíbulo y abofetearlo en vez de darle puñetazos, y Catón recibió el mismo tratamiento, mientras que el resto se batió en retirada. Después de lo cual alguien vació un enorme cesto de inmundicia sobre la cabeza de Bíbulo, aunque guardó un poco para Catón. Mientras la muchedumbre aullaba de risa, Bíbulo, Catón y los lictores se retiraron.
La lex lulia agraria fue aprobada y puesta en vigor como ley contundente, pues las primeras dieciocho tribus votaron todas a favor, y la reunión luego dedicó su atención a votar a los hombres que Pompeyo sugirió para que formasen la comisión y el comité. Una colección impecable: entre los comisionados se encontraban Varrón, el cuñado de César; Marco Acio Balbo y aquella gran autoridad en la cría de cerdos: Cneo Tremelio Scrofa; los cinco consulares que formaban el comité fueron Pompeyo, Craso, Mesala Niger, Lucio César y Cayo Cosconio -que no era consular, pero había que agradecerle los servicios prestados-.