– Prefiero hacer frente al temporal -dijo Celer.
– Lo mismo digo -dijo Catón.
– ¡No seáis infantiles! -exclamó Cicerón-. ¿Hacer frente al temporal? ¡Os hundiréis hasta el fondo, los dos! Pensadlo bien. Si juráis, sobreviviréis, pero si os negáis a jurar tendréis que aceptar la ruina política.
– No veía ningún signo de rendición en ninguno de los dos rostros; Cicerón se preparó para luchar y continuó-: ¡Celer, Catón, jurad, os lo suplico! Al fin y al cabo, ¿qué es lo que está en juego, mirándolo fríamente? ¿Qué es más importante, complacer al Gran Hombre esta única vez en una cosa que no os afecta personalmente, o caer en el olvido para siempre? Si os suicidáis políticamente, no estaréis para continuar la lucha, ¿no es cierto? ¿No veis que es más importante permanecer en la arena que no que os saquen de ella sobre un escudo con un aspecto maravilloso, pero muertos?
Y más, y más. Incluso después de que Celer se avino, el acosado Cicerón tardó otras dos horas, llenas de argumentos, en conseguir que el testarudísimo Catón cediera. Pero cedió. Celer y Catón prestaron juramento, y después de haberlo hecho no abjurarían de ello; César había aprendido de Cinna, y se había asegurado de que ninguno de los dos hombres tuviera una piedra metida en el puño para que el juramento fuera en vano.
– ¡Oh, qué año tan espantoso es éste! -le dijo Cicerón a Terencia con auténtico dolor en la voz-. Es como contemplar a un equipo de gigantes golpeando con martillos una pared que es demasiado gruesa para romperla. ¡Ojalá no estuviera yo aquí para verlo!
Ella le dio unas palmaditas en la mano.
– Marido, pareces absolutamente agotado. ¿Por qué te quedas? Si lo haces, te pondrás enfermo. ¿Por qué no te vienes conmigo a Ancio y Formia? Podríamos tomarnos unas deliciosas vacaciones y no regresar hasta mayo o junio. ¡Piensa en las rosas tempranas! Sé que te encanta estar en Campania para el principio de la primavera. Y podríamos acercarnos a Arpinum a ver cómo van los quesos y la lana.
Aquella perspectiva se le hacía deliciosa a Cicerón, pero dijo que no con la cabeza.
– ¡Oh, Terencia, daría lo que fuera por ir! Pero no es posible. Híbrido ha vuelto de Macedonia, y media Macedonia ha acudido a Roma para acusarlo de extorsión. El pobre hombre fue un buen colega en mi consulado, digan lo que digan. Nunca me causó ningún problema serio. Así que voy a defenderlo. Es lo menos que puedo hacer.
– Entonces prométeme que en cuanto se pronuncie el veredicto, te pondrás en camino -le pidió ella-. Yo me adelantaré, con Tulia y Pisón Frugi; a Tulia le gusta mucho ver los juegos en Ancio. Además, el pequeño Marco no se encuentra bien, se queja de dolores cada vez más fuertes y temo que haya heredado mi reumatismo. Todos necesitamos unas vacaciones. ¡Por favor!
Era tal novedad oír a una Terencia suplicante que Cicerón accedió. En el momento en que acabase el juicio de Híbrido, iría a reunirse con ellos.
El problema era que el hecho de que César le hubiera obligado a convencer a Celer y a Catón ocupaba todavía la parte principal de la mente de Cicerón cuando emprendió la defensa de Cayo Antonio Híbrido. Le escocía haber actuado como lacayo de César; aquello le sentaba mal a alguien cuyo valor y decisión había salvado a su patria.
Por ello no fue tan inexplicable que cuando llegó el momento de pronunciar el discurso final, antes de que el jurado se manifestase a favor o en contra de su colega Híbrido, Cicerón no lograra el control necesario para ceñirse al tema. Hizo su labor bien, como siempre, alabó a Híbrido, lo puso por las nubes y dejó claro para el jurado que aquel brillante ejemplo de nobleza romana nunca le había quitado las alas a una mosca cuando era niño, y mucho menos había cometido ninguno de los crímenes de que le acusaba la mitad de la provincia de Macedonia.
– ¡Oh, cuánto echo de menos los días en que Cayo Híbrido y yo éramos cónsules juntos! -suspiró mientras subía el tono de su perorata-. ¡Qué lugar tan decente y honorable era Roma! Sí, teníamos a Catilina acechando al fondo, dispuesto a demoler nuestra hermosa ciudad, pero Híbrido y yo supimos arreglarlo, ¡él y yo salvamos a nuestra patria! Pero, ¿para qué, caballeros del jurado? ¿Para qué? ¡Ojalá yo lo supiera! ¡Ojalá pudiera deciros por qué Cayo Híbrido y yo permanecimos en nuestros puestos y soportamos aquellos impresionantes acontecimientos! Todo para nada, si uno mira ahora a Roma en este terrible día durante el consulado de un hombre que no es adecuado para vestir la toga praetexta. Y no, no me refiero al gran y buen Marco Bíbulo. ¡Me refiero a ese lobo feroz que es César! El ha destruido la concordia entre las órdenes, se ha mofado del Senado, ha contaminado el consulado! ¡Nos frota por las narices la inmundicia que sale de la cloaca Máxima, nos la refriega desde nuestro trasero hasta los dedos de los pies, nos la tira por encima de nuestras cabezas! ¡En cuanto este juicio termine, yo me marcho de Roma, y no pienso regresar durante mucho tiempo porque, sencillamente, no puedo soportar mirar cómo César defeca sobre Roma! Me voy a la costa, y luego me iré en barco a ver lugares como Alejandría, puerto de saber y buen gobierno…
Terminado el discurso, el jurado votó. CONDEMNO. Cayo Antonio Híbrido se marchó al exilio en Cefalonia, un lugar que conocía bien… y que le conocía a él demasiado bien. En cuanto a Cicerón, hizo su equipaje y abandonó Roma aquella misma tarde; Terencia ya se había marchado antes.
El juicio había terminado por la mañana, y César había permanecido discretamente detrás de la multitud para oír a Cicerón. Se había marchado antes de que el jurado emitiera el veredicto, y había enviado mensajeros en varias direcciones.
Había sido un juicio interesante para César en varios aspectos, empezando por el hecho de que él mismo había intentado derribar a Híbrido bajo cargos de asesinato y mutilación mientras fue comandante de un escuadrón del calvario de Sila en el lago Orcomenes, en Grecia. También había fascinado a César el joven acusador de Híbrido en esta ocasión, porque se trataba de un protegido de Cicerón que ahora tenía el valor de enfrentarse a éste desde el lado opuesto de la valla de la ley. Marco Celio Rufo, un individuo muy guapo y bien plantado que había preparado una brillante actuación y había arrojado por completo a Cicerón a las sombras.
Al cabo de unos momentos de haber iniciado Cicerón su discurso en defensa de Híbrido, César sabía que éste estaba acabado. La reputación de Híbrido era demasiado bien conocida para que nadie creyera que no le había arrancado las alas a una mosca cuando era niño.
Luego vino la digresión de Cicerón.
El mal genio de César se desató por completo. Se sentó en su despacho de la domus publica y se mordió los labios mientras esperaba que aparecieran aquellos a quienes había mandado llamar. De modo que Cicerón se creía inmune, ¿eh? ¿Así que Cicerón creía que podía decir exactamente lo que le diera la gana sin miedo a las represalias? ¡Bueno, Marco Tulio Cicerón, pues ahora se te avecina otra cosa! Te voy a hacer la vida muy difícil, y te lo mereces. Todas las proposiciones que te he hecho me las tiras a la cara, incluso ahora que tu amado Pompeyo te ha indicado que le gustaría que me apoyases. Y toda Roma sabe por qué amas a Pompeyo: porque te ahorró tener que empuñar una espada durante la guerra italiana cubriéndote con el manto de su protección cuando ambos erais cadetes que servíais a las órdenes del padre de Pompeyo, el Carnicero. Ni siquiera por Pompeyo pondrás tu confianza en mí. Así que me encargaré de utilizar a Pompeyo para que me ayude a tirar de ti y hacerte caer. Ya te puse en evidencia con lo de Rabirio pero más que eso, al juzgar a Rabirio, te demostré que tu propio pellejo no está a salvo. Ahora estás a punto de descubrir qué se siente al mirar a la cara el exilio.