¿Por qué parece que todos piensan que pueden insultarme con total impunidad? Bueno, quizás lo que estoy a punto de hacerle a Cicerón les haga comprender que no pueden hacerlo. No me falta poder para tomar represalias. El único motivo por el que no lo he hecho hasta ahora es que temo que, una vez que empiece, no voy a ser capaz de parar.
Publio Clodio llegó el primero, lleno de curiosidad; cogió la copa de vino que César le entregó y se sentó. Luego se puso en pie de un salto, volvió a sentarse, se movió inquieto.
– ¿Es que no puedes estarte quieto, Clodio? -de preguntó César.
– Lo odio.
– Inténtalo.
Clodio presintió que había alguna clase de buena noticia en perspectiva, así que intentó tranquilizarse, pero cuando logró controlar el resto de sus apéndices, la barba de chivo continuó moviéndosele mientras el mentón le oscilaba al sacar y meter el labio inferior. Imagen que, por lo visto, César encontró muy divertida, pues acabó por estallar en carcajadas. Lo raro de César y su regocijo, sin embargo, era que no molestaba a Clodio del mismo modo que -por ejemplo- le molestaba a Cicerón.
– ¿Por qué te empeñas en llevar ese ridículo mechón? -le preguntó César cuando la guasa se lo permitió.
– Todos lo llevamos -dijo Clodio, como si eso lo explicase.
– Ya me había fijado. Excepto mi sobrino Antonio, claro está.
Clodio soltó una risita.
– Al pobre Antonio no le funcionó, le rompió el alma. En lugar de salir hacia afuera, la barba le salía de punta hacia arriba y le hacía cosquillas en la nariz.
– Me permites que adivine por qué os dejáis crecer todos la barba al final de la cara?
– Oh, creo que ya lo sabes, César.
– Para fastidiar a los boni.
– Y a cualquier otro que sea lo bastante tonto como para molestarse.
– Insisto en que te la afeites, Clodio. Inmediatamente.
– ¡Dame una buena razón para ello! -le preguntó Clodio con agresividad.
– Ser excéntrico puede resultar apropiado para un patricio, pero los plebeyos no son suficientemente antiguos. Los plebeyos tienen que seguir la mos maiorum.
Una enorme sonrisa de deleite se extendió por el rostro de Clodio.
– ¿0uieres decir que has obtenido el consentimiento de los sacerdotes y de los augures?
– Oh, sí. Firmado, sellado y entregado.
– ¿Incluso con Celer aún entre ellos?
– Celer se portó como un corderito.
Clodio se bebió el vino y se puso en pie de un salto.
– Será mejor que vaya a buscar a Publio Fonteyo, mi padre adoptivo.
– ¡Siéntate, Clodio! Ya he mandado llamar a tu nuevo padre.
– ¡Oh, puedo ser tribuno de la plebe! ¡Seré el más grande que haya habido en la historia de Roma, César!
Un Publio Fonteyo que también lucía aquella barba de chivo llegó mientras aún resonaban las palabras de Clodio y sonrió, fatuo, cuando le informaron de que él, a los veinte años, se convertiría en padre de un hombre de treinta y dos.
– ¿Estás dispuesto a liberar a Publio Clodio de tu autoridad paterna y te afeitarás esa cosa? -le preguntó César.
– ¡Cualquier cosa, César, lo que sea!
– ¡Excelente! -dijo César de corazón, y dio la vuelta al escritorio para ir a darle la bienvenida a Pompeyo.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Pompeyo con una pizca de ansiedad; luego miró a los otros dos hombres que se encontraban presentes-. ¿Qué es lo que ocurre?
– Nada en absoluto, Magnus, te lo aseguro -dijo César volviendo a tomar asiento-. Necesito los servicios de un augur, eso es todo, y pensé que querrías hacerme el favor.
– Siempre que quieras, César. Pero, ¿para qué?
– Pues, como estoy seguro de que ya sabes, Publio Clodio lleva algún tiempo deseoso de abrogar su condición de patricio. Este es su padre adoptivo, Publio Fonteyo. Me gustaría tener el asunto resuelto esta tarde si tú actúas como augur.
No, Pompeyo no era tonto. César no lo había sacado antes de comprender que hacerlo tenía un objeto. El también había estado en el Foro escuchando a Cicerón, y a él le había dolido todavía más que a César, porque cualquier insulto que se echase sobre la cabeza de César se reflejaba en él. Durante años había soportado las vacilaciones de Cicerón; y no le había gustado el modo en que éste se había escaqueado cada vez que él le había pedido ayuda desde su regreso del Este. ¡Vaya un salvador de la patria! ¡Que sufriera un poco para variar, aquel engreído bobo! ¡oh, cómo se iba a aterrorizar cuando supiera que Clodio iba pisándole el rabo!
– Me alegro de poder complacerte -dijo Pompeyo.
– Entonces reunámonos todos en el Foso de los Comicios dentro de una hora -dijo César-. Haré que estén presentes los treinta lictores de las curiae. Y procederemos. Desprovistos de las barbas.
Clodio se entretuvo a la puerta.
– ¿Entra en vigor inmediatamente, César, o tengo que esperarme diecisiete días?
– Como todavía faltan meses para que se celebren las elecciones tribunicias, Clodio, ¿qué más da? -le preguntó César riéndose-. Pero para estar completamente seguros, celebraremos otra pequeña ceremonia cuando hayan transcurrido tres nundinae.
– Hizo una pausa-. Supongo que estás sui iuris, no estarás todavía bajo la mano de Apio Claudio, ¿verdad?
– No, él dejó de ser mi paterfamilias cuando me casé.
– Entonces no hay ningún impedimento.
Y no lo hubo. Pocos de los hombres que tenían importancia en Roma estuvieron allí para presenciar los procedimientos de adrogatio, con sus plegarias, cánticos, sacrificios y rituales arcaicos. Publio Clodio, anteriormente miembro de la patricia gens Claudia, se convirtió en miembro de la plebeya gens Fonteya durante muy pocos momentos antes de volver a asumir su propio nombre y continuar siendo miembro de la gens Claudia… pero ahora de una nueva rama plebeya, distinta de la de los Claudios Marcelos. Estaba, en efecto, fundando una nueva Familia Famosa. Como no le estaba permitido entrar en el círculo religioso, Fulvia estuvo mirando desde el lugar más cercano que pudo, y luego fue a reunirse con Clodio para ir dando alaridos por todo el Foro inferior y diciéndole a todo el mundo que Clodio iba a ser tribuno de la plebe el año siguiente… y que Cicerón tenía los días contados como ciudadano romano.
Cicerón se enteró de ello en el pequeño poblado situado en un cruce de caminos llamado Tres Tabernae, cuando iba de camino hacia Ancio; allí se encontró con el joven Curión.
– Mi querido amigo -dijo afablemente Cicerón, que condujo a Curión a su salón privado en la mejor de las tres posadas-, lo único que me entristece de encontrarme contigo es que ello significa que no has reanudado aún tus brillantes ataques contra César. ¿Qué ha pasado? El año pasado tan ruidoso, y este año tan silencioso.
– Me aburrí -dijo Curión con tirantez.
Uno de los castigos que había que sufrir por coquetear con los boni era que se tenía que aguantar a personas como Cicerón, que también coqueteaban con los boni. Desde luego, él no estaba dispuesto a decirle a Cicerón ahora que había dejado de atacar a César porque Clodio lo había ayudado a salir de un apuro económico, y que el precio había sido guardar silencio sobre el tema de César. Así que, como también estaba resentido, se sentó en compañía de Cicerón y dejó que la conversación fluyera por donde Cicerón quería durante un rato. Luego le preguntó:
– ¿Qué te parece la nueva condición de plebeyo de Clodio?
El efecto fue más de lo que se esperaba. Cicerón se puso blanco y se agarró al borde de la mesa con tal de no desmayarse.
– ¿Qué has dicho? -susurró el salvador de la patria.
– Clodio es plebeyo.
– ¿Desde cuándo?
– No hace muchos días… ya se nota que viajas en litera, Cicerón; te mueves a paso de caracol. Yo no lo vi por mí mismo, pero me enteré de todo por el propio Clodio, que estaba muy contento. Se va a presentar a tribuno de la plebe, según me dijo, aunque no sé bien por qué, aparte de para ajustar cuentas contigo. Tan pronto estaba alabando a César como a un dios porque le había conseguido su lex Curiata, como decía que en cuanto entrase en posesión de su cargo invalidaría todas las leyes de César. ¡Pero así es Clodio!