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Pero, ¿quién habría podido predecir un final así? Inconsciente, con los sesos saliéndose de las astilladas profundidades de una espantosa herida en la cabeza, Celer fue sacado desnudo de la bañera por los sirvientes mientras Clodia, de pie, chillaba con la túnica empapada porque se había metido en el baño en un intento por sacarlo ella misma, y cubierta de sangre porque le había sostenido la cabeza fuera del agua. Cuando al horrorizado Metelo Nepote se unieron Apio Claudio y Publio Clodio, ella fue capaz de decirles lo que había ocurrido. Celer estaba muy borracho, les explicó, pero insistió en tomar un baño después de haber vomitado… ¿quién podía razonar con un borracho o convencerle de que no hiciera lo que estaba decidido a hacer? Repitiéndole una y otra vez que estaba demasiado borracho para bañarse, Clodia lo acompañó al cuarto de baño y continuó suplicándole mientras él se desnudaba. Luego, dispuesto en el escalón más alto y a punto de meterse en el agua tibia, su marido cayó y se golpeó la cabeza en el borde trasero del baño: un borde afilado, saliente, letal.

Desde luego, cuando los tres hombres entraron en el cuarto de baño para inspeccionar el escenario del accidente, allí, sobre el parapeto trasero, había restos de sangre, de hueso, de sesos. Los médicos y cirujanos introdujeron tiernamente al comatoso Metelo Celer en su cama, y Clodia, llorosa, se negó a moverse de su lado por ningún motivo.

Dos días después Celer murió sin haber llegado a recobrar el conocimiento. Clodia era viuda, y Roma se puso a llorar por Quinto Cecilio Metelo Celer. Su hermano, Nepote, era su principal heredero, pero Clodia había quedado en una excelente situación económica, y ningún pariente por línea masculina de Celer tenía intención de invocar la lex Voconia.

Cuando estaba afanado preparando la defensa de Híbrido, Cicerón había escuchado fascinado a Publio Nigidio Figulo, quien les contó a Ático -que estaba en Roma pasando el invierno- y a él los detalles que le había contado Apio Claudio confidencialmente.

Cuando hubo acabado el relato, a Cicerón le vino la idea a la mente; soltó una risita.

– ¡Clitemnestra! -dijo.

Ante lo cual los otros dos no pronunciaron palabra, aunque parecieron claramente incómodos. No pudo probarse nada, no había habido testigos aparte de Clodia, pero era cierto que Metelo Celer tenía el mismo tipo de herida que el rey Agamenón después de que su esposa, la reina Clitemnestra, le clavó un hacha para asesinarlo en la bañera a fin de poder continuar su relación amorosa con Egisto.

De modo que, ¿quién fue el que propagó el nuevo apodo de Clitemnestra? Aquello tampoco quedó claro nunca. Pero desde entonces a Clodia se la conoció también como Clitemnestra, y muchas personas creyeron implícitamente que ella había asesinado a su esposo en la bañera.

El sensacionalismo no decayó después del funeral de Celer, porque dejó una vacante en el Colegio de los Augures, y había muchos aspirantes en Roma que querían presentarse a la elección. En los viejos tiempos, cuando los hombres eran nombrados para los colegios sacerdotales por cooptación, el nuevo augur habría sido Metelo Nepote, el hermano del hombre muerto. Pero ahora, ¿quién podía saberlo? Los boni tenían partidarios muy ruidosos, pero no constituían la mayoría. Quizás, al darse cuenta de ello, se le oyó decir a Nepote que probablemente él no se presentaría como candidato, pues tenía tan roto el corazón que pensaba pasar varios años viajando por el extranjero.

Las disputas por el puesto de augur quizás no alcanzaron la altura de aquellos espantosos altercados que se habían oído procedentes de la casa de Celer antes de que éste muriera, pero avivaron poderosamente el Foro. Cuando el tribuno de la plebe Publio Vatinio anunció que él iba a presentarse, Bíbulo y el augur jefe, Mesala Rufo, bloquearon su candidatura de una manera muy simple. Vatinio tenía un tumor que le desfiguraba la frente, por lo tanto, no era perfecto.

– ¡Por lo menos tengo el quiste donde todo el mundo puede verlo! -se le oyó decir a Vatinio en voz muy alta, aunque al parecer de muy buen humor-. Pero Bíbulo lo tiene en el culo, aunque Mesala Rufo lo supera: él tiene dos donde antes tenía las pelotas. Voy a proponer moción en la plebe para que en el futuro todos los candidatos a un puesto de augur tengan como requisito desnudarse y desfilar así desnudos por el Foro.

En abril Bíbulo, el cónsul junior, pudo disfrutar por primera vez de la auténtica posesión de las fasces, dado que febrero estaba reservado para asuntos extranjeros. Empezó el mes muy consciente de que no iba todo bien con la ejecución de la lex agraria: los comisionados trabajaban con insólito entusiasmo y los cinco hombres del comité eran enormemente útiles, pero todos los poblados organizados de Italia que tenían en su poder terrenos públicos se mostraban obstruccionistas, y la venta de terrenos privados iba con retraso porque la adquisición de tierras por parte de los caballeros para vendérselas al Estado llevaba tiempo. ¡Pero, oh, la ley estaba tan bien pensada que las cosas se solucionarían solas con el tiempo! El problema era que Pompeyo necesitaba asentar a más veteranos a la vez de lo que era posible.

– Tienen que ver acción -le dijo Bíbulo a Catón, a Cayo Pisón, a Ahenobarbo y a Metelo Escipión-, pero la acción no asoma todavía por el horizonte. Lo que necesitan es una gran extensión de terreno público que ya se haya medido y haya sido repartida en parcelas de diez iugera por algún legislador de terrenos anterior que no viviera lo suficiente para ver cómo su ley entraba en vigor.

La enorme nariz de Catón se contrajo y los ojos comenzaron a echarle fuego.

– ¡No se atreverían! -dijo.

– ¿Atreverse a qué? -preguntó Metelo Escipión.

– Se atreverán -insistió Bíbulo.

– ¿Atreverse a qué?

– A promulgar una segunda ley para utilizar el Ager Campanus y los terrenos públicos de Capua. Doscientas cincuenta millas cuadradas de terrenos parcelados por casi todo el mundo desde Tiberio Graco, listas para su ocupación y colonización.

– Se aprobará -dijo Cayo Pisón enseñando los dientes con los labios tensos.

– Estoy de acuerdo -apuntó Bíbulo-, se aprobará.

– Pero tenemos que impedirlo -dijo Ahenobarbo.

– Sí, tenemos que impedirlo.

– ¿Cómo? -preguntó Metelo Escipión.

– Yo tenía la esperanza de que mi estratagema para convertir en feriae todos los días comiciales diera resultado, aunque debería haber sabido que César utilizaría su autoridad de pontífice máximo -dijo el cónsul junior-. Sin embargo, hay una estratagema religiosa que ni él ni los colegios pueden contrarrestar. Puede que me haya vencido en mi autoridad como un augur en solitario en el asunto de las feriae, pero no será excederme en mi autoridad como augur y cónsul a la vez si abordo el problema desde ambas funciones.

Todos estaban inclinados hacia adelante escuchando con avidez. Quizás Catón fuera el más eminente públicamente de entre ellos, pero no podía haber duda de que el heroísmo de Bíbulo al sugerir un cargo de procónsul doméstico y de muy poca importancia le había hecho pasar por encima de Catón en todas las reuniones privadas de los líderes de los boni. Y a Catón no le escocía aquello, puesto que él no tenía aspiraciones de líder.

– Tengo intención de retirarme a mi casa a contemplar el cielo hasta que finalice mi año de cónsul.

Nadie habló.

– ¿Me habéis oído? -preguntó Bíbulo sonriendo.

– Te hemos oído, Marco Bíbulo -dijo Catón-. Pero, ¿funcionará? ¿De qué puede servir?

– Se ha hecho anteriormente, y está firmemente establecido como parte de la mas maiorum. Además he organizado una pequeña búsqueda secreta en los Libros Sagrados, y he hallado una profecía que fácilmente podría interpretarse como que este año el cielo va a producir un presagio de extraordinaria importancia. Exactamente de qué signo se trata la profecía, no lo dice, y eso es lo que hace posible toda mi estratagema. Pero cuando el cónsul se retira a su casa a contemplar el cielo, todos los asuntos públicos deben suspenderse hasta que el cónsul vuelva a salir para asumir las fasces. ¡Lo cual no tengo intención de hacer!