– Ya me gustaría, pero no he visto ninguna mujer que me guste. No es tan urgente una vez que un hombre tiene un par de hijos y una hija que redondean la familia. ¡Además, mira quién va a hablar! Tampoco hay ninguna esposa en la domus publica, y ni siquiera tienes un hijo.
– Un hijo me gustaría, pero no es necesario. Tengo suerte con mi única hembra, mi hija. No la cambiaría ni por Venus y Minerva juntas, y no lo digo sacrílegamente.
– Está comprometida con el joven Cepión Bruto, ¿verdad?
– Sí.
Cuando entraron en la domus publica, el anfitrión se ocupó de instalar a Pompeyo en la mejor silla que había en el despacho y de ponerle el vino al alcance de la mano; luego se excusó para ir a buscar a su madre.
– Tenemos un invitado a cenar -dijo César asomando la cabeza por la puerta de Aurelia-. Se trata de Pompeyo. ¿Podéis reuniros Julia y tú con nosotros en el comedor?
Ni un destello de emoción cruzó por el rostro de Aurelia. Dijo que sí con la cabeza y se levantó del escritorio.
– Desde luego, César.
– ¿Nos avisarás cuando esté la cena?
– Naturalmente -dijo Aurelia; y se alejó con pasos ligeros hacia la escalera.
Julia estaba leyendo y no oyó entrar a su abuela; por principio Aurelia nunca llamaba, pues pertenecía a esa escuela de padres que consideraban que los jóvenes deberían ser entrenados para continuar comportándose con propiedad aunque se encuentren a solas. Ello enseñaba autodisciplina y cautela. El mundo podía ser un lugar cruel; a un niño le iba mejor si estaba preparado para ello.
– ¿Hoy no está Bruto?
Julia se levantó, sonrió, suspiró.
– No, avia, hoy no. Tiene una especie de reunión con los directores de sus negocios y creo que los tres van a cenar después en casa de Servilia. A ella le gusta enterarse de lo que pasa, aunque ahora ya permite que Bruto se ocupe de sus asuntos.
– Bueno, eso le gustará a tu padre.
– ¿Oh? ¿Por qué? Creí que le caía bien Bruto.
– Le cae muy bien, pero hoy ha traído a un invitado a cenar con nosotros, y quizás quieran conversar en privado. A nosotras no se nos permite quedarnos en cuanto se haya retirado la comida, pero a Bruto no podrían hacerle eso, ¿no te parece?
– ¿Quién es? -preguntó Julia, a quien en realidad eso no le interesaba.
– No lo sé, no me lo ha dicho.
– Hmm, esto va a ser difícil, pensó Aurelia. ¿Cómo la convenzo para que se ponga su túnica más atractiva sin descubrir la estratagema? Se aclaró la garganta-. Julia, ¿te ha visto tata con el vestido nuevo de tu cumpleaños?
– No, creo que no.
– Entonces, ¿por qué no te lo pones ahora? ¿Y las joyas de plata que te regaló? ¡Qué inteligente fue al regalarte plata en lugar de oro! No tengo ni idea de quién está con él, pero es alguien importante, así que le gustará que las dos estemos lo más guapas posible.
Parecía que todo aquello no había sonado demasiado forzado; Julia simplemente sonrió y asintió.
– ¿Cuánto falta para la cena?
– Media hora.
– ¿Qué significa exactamente para nosotros que Bíbulo se haya retirado a su casa a contemplar el cielo? -le preguntó Pompeyo a César-. Por ejemplo, ¿podrían ser invalidadas nuestras leyes el año que viene?
– No las que habíamos ratificado antes de hoy, Magnus, así que Craso y tú estáis a salvo. Es mi provincia la que corre gran peligro, pues tendré que utilizar a Vatinio y a la plebe, aunque la plebe no está sometida a restricciones religiosas, así que dudo mucho de que el hecho de que Bíbulo se dedique a comtemplar el cielo pueda hacer que los plebiscitos y las actividades de los tribunos de la plebe parezcan sacrílegos. No obstante, tendríamos que defenderlo en juicio, y depender del pretor urbano.
El vino, el mejor de César -y el más fuerte-, estaba empezando a devolverle el equilibrio a Pompeyo, aunque su ánimo seguía bajo. La domus publica favorecía a César, reflexionó Pompeyo, todos aquellos colores oscuros y profundos, así como los suntuosos adornos dorados. Nosotros, los rubios, estamos más favorecidos contra fondos así.
– Desde luego, ya sabes que tendremos que legislar otra ley de tierras -dijo bruscamente Pompeyo-. Yo voy y vengo de Roma constantemente, así que he visto por mí mismo cómo les va a los comisionados. Necesitamos el Ager Campanus.
– Y los terrenos públicos de Capua. Sí, ya lo sé.
– Pero Bíbulo lo hace inútil.
– Puede que no, Magnus -dijo César tranquilamente-. Si lo redacto como una ley suplementaria adjunta a la ley original será menos vulnerable. Los comisionados y los hombres del comité no cambiarían, pero eso no es ningún problema. Ello significaría que veinte mil de tus veteranos pueden ser instalados allí durante este año, más cinco mil romanos del proletariado que serán la levadura del nuevo pan de la colonización. Y con la misma rapidez deberíamos ser capaces de instalar a veinte mil veteranos más en otras tierras. Lo cual nos deja con tiempo suficiente para desahuciar de sus terrenos a lugares como Aretio, y así ejercer mucha menos presión sobre el Tesoro para comprar tierras privadas. Ese es el argumento que tenemos para coger el ager publicus de Campania, el hecho de que el Estado ya es dueño de esas tierras.
– Pero entonces dejará de percibir las rentas -dijo Pompeyo.
– Cierto. Aunque tú y yo sabemos que las rentas no son tan lucrativas como deberían ser. Los senadores se muestran reacios a pagar.
– Y también las esposas de senadores con fortuna propia -dijo Pompeyo con una sonrisa.
– ¿Ah, sí?
– Terencia. No quiere pagar ni un sestercio de renta, aunque tiene arrendados bosques enteros de robles para los cerdos. Muy provechoso. ¡Es dura como el mármol, esa mujer! ¡Oh, dioses, me da lástima Cicerón!
– ¿Y cómo consigue ella salirse con la suya?
– Calcula que hay algún bosquecillo sagrado en alguna parte de sus tierras.
– ¡Qué pájara más lista! -dijo César al tiempo que se echaba a reír.
– No está mal, pues el Tesoro no se está portando bien con el hermano de Cicerón, Quinto, ahora que va a regresar de la provincia de Asia.
– ¿En qué sentido? -Insiste en pagarle su último estipendio en cistophori.
– ¿Y qué hay de malo en eso? Son de buena plata, y valen cuatro denarios cada uno.
– Siempre que consigas que alguien te los acepte -dijo Pompeyo riendo entre dientes-. Yo traje conmigo bolsas, bolsas y más bolsas de ellos, pero nunca pensé que fueran a pagarle a la gente con ellos. ¡Ya sabes lo recelosa que es la gente en lo referente a monedas extranjeras! Le sugerí al Tesoro que los fundiera y los convirtiera en lingotes.
– Eso significa que el Tesoro no le tiene simpatía a Quintó Cicerón.
– Me pregunto por qué.
En aquel momento Eutico llamó a la puerta para decir que la cena estaba servida, y los dos hombres recorrieron la corta distancia que los separaba del comedor. A menos que se utilizasen para acomodar a un grupo de personas más numeroso, cinco de los canapés estaban retirados para que no estorbasen; el canapé que quedaba, con dos sillas colocadas enfrente, al otro lado de una mesa larga y estrecha, a la altura de la rodilla, estaban situados en la parte más bonita de la sala, con vistas a la columnata y al peristilo principal.
Cuando César y Pompeyo entraron, dos sirvientes les ayudaron a quitarse las togas, que eran tan enormes y entorpecían tanto que con ellas puestas era completamente imposible reclinarse. Las doblaron cuidadosamente y las pusieron a un lado mientras los hombres se sentaban en el canapé, y se quitaban los zapatos senatoriales, con sus hebillas en forma de media luna, en espera de que los mismos dos sirvientes les lavasen los pies. Pompeyo, naturalmente, ocupó el locus consularis, uno de los extremos del canapé, que era el sitio de honor. Apoyaron la mitad del vientre y la mitad de la cadera izquierda, así como el brazo izquierdo y el codo en un cojín cilíndrico. Como tenían los pies en el borde de atrás del canapé, el rostro les quedaba por encima de la mesa, y todo lo que había en ella bien al alcance de la mano. Les presentaron palanganas para que se lavasen las manos y paños para secarse.