– ¡Estoy harto de Roma! -gritó César-. Durante casi diez años he estado encarcelado aquí… ¡estoy impaciente por marcharme! ¿Diez años en el campo de batalla? ¡Oh, Marco, ésa es una perspectiva deliciosa! Hacer algo que es mucho más natural para mí que ninguna otra cosa, recogiendo una cosecha para Roma, ensalzando mi dignitas, y no tener que aguantar los gimoteos y las críticas de los boni. En el campo de batalla soy yo el que tiene la autoridad, nadie puede contradecirme. ¡Es maravilloso!
Craso se echó a reír entre dientes.
– Menudo autócrata estás hecho.
– Igual que tú.
– Sí, pero la diferencia es que yo no quiero gobernar el mundo entero, sólo la parte económica. Las cifras son tan concretas y exactas que los hombres se asustan sólo de verlas a menos que tengan un auténtico talento para ello. Mientras que la política y la guerra son muy difuminadas. Todo hombre piensa que si tiene suerte puede ser el mejor en cualquiera de ellas. Yo no me meto con la mos maiorum y dos tercios del Senado tienen mi misma clase de autocracia, así de simple.
Pompeyo y Julia regresaron a Roma con carácter más o menos permanente a tiempo de ayudar a Aulo Gabinio y a Lucio Calpurnio Pisón a hacer campaña para las elecciones curules el decimoctavo día de octubre. Como César no había visto a su hija desde que se casó con Pompeyo, se sorprendió un poco. Aquélla era una joven matrona confiada, vital, chispeante e ingeniosa, no la dulce y gentil adolescente que conservaba en su imaginación. Su compenetración con Pompeyo era asombrosa, aunque César no sabía quién era el responsable de aquello. El antiguo Pompeyo había desaparecido; el nuevo Pompeyo era un hombre muy instruido que se embelesaba con la literatura, que hablaba con mucha erudición de este pintor o de aquel escultor, y que no mostró el más mínimo interés en interrogar a César acerca de sus propósitos militares para los próximos cinco años. ¡Y encima Julia era la que mandaba! Por lo visto, y sin avergonzarse de ello lo más mínimo, Pompeyo se había rendido a la dominación femenina. ¡Nada de prisiones entre severos bastiones picentinos para Julia! Si Pompeyo iba a alguna parte, Julia también iba. ¡Como las sombras de Fulvia y Clodio!
– Voy a construir un teatro de piedra para Roma en un terreno que he comprado situado entre las saepta y las cuadras para carros -dijo el Gran Hombre-. Este asunto de instalar teatros temporales de madera cinco o seis veces al año siempre que hay juegos importantes es una absoluta locura, César. No me importa que la mos maiorum diga que el teatro es decadente e inmoral, el hecho es que Roma se vuelca para asistir a las representaciones, y cuanto más groseras mejor. Julia dice que el mejor monumento en memoria de mis conquistas que yo podría dejarle a Roma sería un enorme teatro de piedra con un precioso peristilo y una columnata adyacente, y una cámara lo bastante grande como para dar cabida al Senado en uno de los extremos. Así, dice ella, puedo saltarme la mos maiorum: un templo inaugurado para el Senado en uno de los extremos, y justo encima del auditorio un delicioso templito dedicado a Venus Victrix. Bueno, tiene que ser a Venus, puesto que Julia es descendiente directa de Venus, pero ella sugirió que sea la Venus victoriosa en honor a mis conquistas. ¡Qué pollita más inteligente! -terminó amorosamente Pompeyo al tiempo que acariciaba la mata de pelo de su esposa, que lucía un peinado muy a la moda. Y que estaba, pensó César muy divertido, insufriblemente orgullosa de sí misma.
– Parece ideal -dijo César, seguro de que no le escuchaban.
Y así fue. Julia habló.
– Mi león y yo hemos hecho un trato -dijo sonriéndole a Pompeyo como si compartieran muchos miles de secretos-. Yo elegiré los materiales y los decorados para el teatro, y mi león los del peristilo, la columnata y la nueva Curia.
– Y detrás vamos a construir una modesta villa, junto a los cuatro templos -añadió Pompeyo-, por si alguna vez vuelvo a quedarme plantado en el Campo de Marte durante nueve meses. Estoy pensando en presentarme a cónsul otra vez cualquier día de estos.
– Las grandes mentes piensan igual -dijo César.
– ¿Eh?
– Nada.
– ¡Oh, tata, deberías ver el palacio albano de mi león! -exclamó Julia con la mano dentro de la de Pompeyo-. Es verdaderamente asombroso, exactamente igual que la residencia de verano del rey de los partos, dice él.
– Se volvió hacia su abuela-. Avia, ¿cuándo vas a venir allí a pasar una temporada con nosotros? ¡Tú nunca sales de Roma!
– ¡Su león, por favor! -bufó Aurelia cuando habló con César después de que la dichosa pareja se marchó al recién decorado palacio de las Carinae-¡Lo adula de un modo desvergonzado!
– La técnica de Julia no se parece en nada a la tuya, mater -le dijo César con gravedad-. Dudo que yo te haya oído alguna vez dirigirte a mi padre por ningún otro nombre que no fuera el suyo: Cayo Julio. Ni siquiera lo llamabas César.
– Las palabras de amor son una tontería.
– Estoy tentado de apodar a Julia Leo Domitrix.
– La domadora de leones.
– Eso hizo que por fin Aurelia sonriera-. ¡Bueno, desde luego está claro que es ella la que blande el látigo y la silla!
– Pero con mucha ligereza, mater. Se adviene en ella el carácter de los Césares, su descaro es realmente muy sutil. Ha convertido a Pompeyo en su esclavo.
– Hicimos un buen trabajo el día que los presentamos. Pompeyo te guardará bien las espaldas cuando tú estés ausente en campaña.
– Eso espero. Y también confío en que logre convencer a los electores de que Lucio Pisón y Gabinio deberían ser cónsules el año que viene.
Y se convenció a los electores; Aulo Gabinio salió elegido cónsul senior, y Lucio Calpurnio Pisón su colega junior. Los boni habían trabajado desesperadamente para evitar el desastre, pero César había estado en lo cierto. Tan firmemente a favor de los boni en quintilis, la opinión pública ahora estaba a favor de los hombres del triunvirato. Ni todos los bulos del mundo acerca de los matrimonios de hijas vírgenes con hombres lo bastante viejos como para ser sus abuelos pudieron hacer cambiar de opinión a los votantes, que prefirieron cónsules triunvirales a los sobornos, probablemente porque Roma estaba vacía de votantes rurales, que eran quienes tendían a contar con los sobornos para tener más dinero que gastar durante los juegos.
Aun careciendo de pruebas consistentes, Catón decidió procesar a Aulo Gabinio por corrupción electoral. Esta vez, no obstante, no tuvo éxito; aunque acudió a todos los pretores que simpatizaban con su causa, ninguno accedió a celebrar el juicio. Metelo Escipión le sugirió que lo llevase directamente ante la plebe y que reuniese una Asamblea para solicitar, y obtener, una ley que acusase a Gabinio de soborno.
– ¡Como ningún tribunal ni pretor está dispuesto a acusar a Aulo Gabinio, es deber de los Comicios el hacerlo! -gritó Metelo Escipión a la multitud agrupada en el Foso de los Comicios.
Quizás porque aquel día hacía mucho frío y lloviznaba, había poca concurrencia, pero de lo que no se percataron ni Metelo Escipión ni Catón fue de que Publio Clodio pensaba utilizar aquella reunión como un ensayo de su organización, que estaba fructificando rápidamente, para convertir a los colegios de encrucijada en tropas de Clodio. El plan era utilizar sólo a aquellos miembros que tenían aquel día libre en sus trabajos, y limitar su número a menos de doscientos. Decisión que significaba que Clodio y Décimo Bruto habían necesitado proveerse únicamente de dos colegios, uno el que atendía Lucio Decumio y el otro el que atendía su más íntimo aliado.
Cuando Catón se adelantó para dirigirse a la Asamblea, Clodio bostezó y estiró los brazos, gesto que aquellos que llegaron a percibirlo interpretaron como que a Clodio le encantaba ser ahora miembro de la plebe y podía estar en el Foso de los Comicios durante una reunión de la plebe.