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– Olvídate de una cosa así, Catón -le dijo Hortensio abriendo los ojos con cansancio-. Eso no es romano. No hay más que decir…

– Nos encargaremos de César al estilo romano -dijo Catulo-. Si estáis dispuestos a desviar el dinero con el que habíais de contribuir para sobornar al electorado y utilizarlo para sobornar a César, entonces yo mismo iré a verlo y se lo ofreceré. Doscientos veinte talentos serán un buen pago para sus acreedores. confío en que Metelo Escipián acceda.

– ¡Oh, yo también confío en ello! -gruñó Catón entre dientes-. ¡Sin embargo, hatajo de tontos sin carácter, no contéis conmigo! ¡Yo no contribuiría a engordar la bolsa de César ni con una falsificación de plomo!

Así que Quinto Lutacio Catulo solicitó una entrevista con Cayo Julio César en las habitaciones que éste tenía en el Vicus Patricii, entre los talleres de tinte de Fabricio y los baños suburanos. La entrevista tuvo lugar el día antes de las elecciones, por la mañana temprano. El sutil esplendor del despacho de César cogió por sorpresa a Catulo; no sabía que su sobrino segundo tuviera buena vista para los muebles y un gusto excelente, ni siquiera se había imaginado que César tuviera una faceta así. ¿No había nada para lo que aquel hombre no estuviera dotado?, se preguntó mientras se sentaba en un canapé antes de que César le pudiera indicar que ocupase la silla de cliente. Pero al hacer tal suposición le hizo a César una injusticia; César nunca habría relegado a alguien de la categoría de Catulo a la silla de cliente.

– Bueno, mañana es el gran día -comentó César sonriendo al tiempo que le entregaba a su invitado una copa de cristal de roca llena de vino.

– Por eso he venido a verte -le dijo Catulo; dio un sorbo de lo que resultó ser un excelente vino de cosecha-. Buen vino, pero no lo conozco -observó desviándose así del asunto principal.

– En realidad lo cosecho yo mismo -dijo César.

– ¡Cerca de Bovillae?

– No, en un pequeño viñedo que poseo en Campania.

– Eso lo explica.

– ¿De qué deseabas hablar conmigo, tío? -le preguntó César, que no estaba dispuesto a dejarse desviar hacia la enología.

Catulo respira hondo.

– Me ha llamado la atención, César, que tus asuntos financieros se encuentren en una situación de verdadero apuro. Estoy aquí para pedirte que no te presentes a la elección de pontífice máximo. A cambio de que me hagas ese favor, me comprometeré a darte doscientos talentos de plata.

Se metió la mano en el seno de la toga y sacó un pequeño rollo de papel que le tendió a César.

Este no se digna echarle una ojeada; tampoco hizo ademán de cogerlo. En cambio lanzó un suspiro.

– Habrías hecho mejor empleando ese dinero en sobornar a los electores -le indicó-. Doscientos talentos te habrían servido de ayuda.

– Esto me pareció más eficaz.

– Pues es una pérdida de tiempo, tío. No quiero tu dinero.

– No puedes permitirte no aceptarlo.

– Eso es cierto. Pero de todos modos me niego a aceptarlo.

El pequeño rollo seguía en la mano de Catulo, que estaba extendida.

– Por favor, vuelve a considerarlo -dijo; dos puntos carmesíes empezaron a asomarle a las mejillas.

– Guarda ese dinero, Quinto Lutacio. Cuando mañana se celebre la elección estaré allí con mi toga multicolor para pedir a los votantes que me elijan pontífice máximo. Pase lo que pase.

– ¡Te lo suplico una vez más, Cayo Julio. Acepta el dinero!

– Te lo suplico una vez más, Quinto Lutacio. ¡Desiste!

Tras lo cual Catulo arrojó al suelo la copa de cristal de roca y salió de la estancia.

César permaneció sentado unos momentos sin dejar de contemplar el charco rosa en forma de estrella que se extendía por el diminuto tablero de damas que formaba el mosaico del suelo; luego se puso en pie, se dirigió a la habitación de servicio en busca de un trapo y se puso a limpiar el estropicio. La copa se desmoronó en pequeños pedazos en cuanto le puso la mano encima, así que con mucho cuidado fue colocando todos los fragmentos dentro del trapo, hizo un paquete con todo ello y lo tiró al recipiente de los desperdicios que había en la habitación de servicio. Provisto de otro trapo, completó entonces la limpieza.

– Me alegré de que tirase la copa con tanta fuerza -le dijo César a su madre a la mañana siguiente al amanecer cuando fue a que le diera la bendición.

– Oh, César, ¿cómo puedes alegrarte? Sé bien de qué copa se trata… y sé cuánto pagaste por ella.

– La compré como si fuera perfecta, pero resultó que tenía una tara.

– Pídele que te la pague.

Esto provocó una exclamación de fastidio.

– Mater, mater, ¿cuándo aprenderás? ¡El quid de la cuestión no tiene nada que ver con comprar o no la desdichada copa! Estaba defectuosa. No quiero nada que tenga algún defecto entre mis pertenencias.

Como sencillamente no acababa de comprenderlo, Aurelia dejó correr aquel tema.

– Que tengas éxito, queridísimo hijo -le dijo besándole en la frente-. Yo no acudiré al Foro. Te esperaré aquí.

– Si pierdo, mater -dijo César esbozando la más hermosa de sus sonrisas- tendrás que esperar mucho tiempo, porque no seré capaz de volver a casa. Y se marchó, ataviado con su toga de sacerdote a rayas de colores escarlata y púrpura, con cientos de clientes y todos los hombres de Subura afluyendo como un torrente tras él por el Vicus Patricii; de cada ventana asomaba una cabeza para desearle buena suerte.

Aurelia oía débilmente como él les decía a las que le deseaban buena suerte desde las ventanas:

– ¡Algún día la buena suerte de César será proverbial!

Después de lo cual Aurelia se sentó ante el escritorio y comenzó a sumar interminables columnas de cifras en su ábaco de marfil, aunque no apuntó ninguna respuesta ni recordaba después que hubiera trabajado tan diligentemente sin dejar constancia de ello por escrito.

En realidad no dio la impresión de que César estuviera ausente mucho tiempo; luego se enteró de que habían sido nada menos que seis primaverales horas. Y cuando oyó la jubilosa voz de su hijo procedente de la sala de recepción, Aurelia no tuvo fuerzas para levantarse; César tuvo que ir a buscarla.

– ¡Estás delante del nuevo pontífice máximo! -le gritó desde la puerta al tiempo que levantaba las manos entrelazadas por encima de la cabeza.

– ¡Oh, César! -exclamó ella; y se echó a llorar.

Ninguna otra cosa hubiera podido acobardar más a César, porque en toda su vida no recordaba haberla visto nunca derramar una lágrima. Tragó saliva, el rostro se le descompuso, entró a trompicones en la habitación y la ayudó a ponerse de pie rodeándola con sus brazos, y ella a él con los suyos; ambos lloraban.

– Ni siquiera lloraste por Cinnilla -le dijo César cuando fue capaz de hablar.

– Lloré, pero no delante de ti.

César usó el pañuelo para enjugarse el rostro, y luego le hizo lo mismo a ella.

– ¡Hemos ganado, mater, hemos ganado! Todavía estoy en la arena con una espada en la mano.

La sonrisa de Aurelia era temblorosa, pero era una sonrisa.

– ¿Cuántas personas hay ahí fuera, en la sala de recepción? -le preguntó ella.

– Lo único que sé es que hay un montón de gente.

– ¿Has ganado por mucho?

– En las diecisiete tribus.

– ¿Incluso en la de Catulo? ¿Y en la de Vatia?

– Saqué más votos en sus dos tribus que ellos dos juntos. ¿Te lo imaginas?

– Esta es una victoria muy dulce -dijo Aurelia en un susurro-. Pero, ¿por qué?

– Habría tenido que retirarse uno de los dos. Al presentarse los dos sólo han conseguido dividir los votos -dijo César empezando a pensar que podría enfrentarse a una sala atestada de gente-.

– Además, yo fui sacerdote de Júpiter Óptimo Máximo cuando era joven, y Sila me despojó del cargo. El pontífice máximo también le pertenece al Gran Dios. Mis clientes hablaron mucho en el Foso de los Comicios antes de que se recogieran los votos, y siguieron haciéndolo hasta que votó la última tribu.