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La domus publica era extremadamente vieja y nunca había sufrido ningún incendio. Generaciones de acaudalados pontífices máximos habían invertido en ella dinero y cuidados a raudales, aun a sabiendas de que todo bien mueble que dieran, desde mesas preciosas hasta canapés egipcios, no podría sacarse de allí luego para beneficio de sus familias o herederos.

Como todos los edificios del Foro de la primera época de la República, la domus publica se alzaba formando un extraño ángulo con el eje vertical del propio Foro, porque en la época en que éste se había construido todos los edificios sagrados o públicos tenían que estar orientados entre norte y sur; el Foro, un declive natural, estaba orientado de nordeste a sudoeste. Edificios posteriores se erigieron en la línea del Foro, lo cual hacía que el paisaje fuera más ordenado y atractivo. Como uno de los edificios mayores del Foro, la domus publica también llamaba la atención, aunque no alegraba la vista. En parte oculta por la Regia y por las oficinas del pontífice máximo, la alta fachada de la planta baja estaba construida a base de bloques de toba sin enlucir y dotada con ventanas rectangulares; el piso alto, añadido por aquel estrafalario pontífice máximo que había sido Ahenobarbo, era una opus incertum de ladrillo con ventanas de arco. Una desgraciada combinación que sería ampliamente mejorada -por lo menos desde el aspecto frontal desde la vía Sacra- por medio de la adición de un apropiado e imponente pórtico y un frontón de templo. O eso creía César, que decidió en aquel momento cuál iba a ser su aportación a la domus publica. Era un templo inaugurado, por lo tanto no había ninguna ley que le impidiera hacer lo que se le había ocurrido.

En cuanto a la forma, el edificio era más o menos cuadrado, aunque tenía a cada lado un saliente que lo hacía más ancho. Detrás del edificio había un pequeño precipicio de treinta pies de altura que formaba las gradas inferiores del Palatino. En lo alto de aquel precipicio estaba la vía Nova, una calle muy frecuentada llena de tabernas, tiendas e ínsulas; un callejón recorría la parte trasera de la domus publica y daba acceso a la infraestructura de edificios de la vía Nova. Todas estas instalaciones se alzaban muy por encima del nivel del precipicio, de manera que las ventanas traseras de las casas de la vía Nova tenían una maravillosa vista de lo que ocurría en los patios de la domus publica. Y además bloqueaban por completo el sol por las tardes en la residencia del pontífice máximo y de las vestales.

Las vírgenes habían aceptado, lo cual significaba que la domus publica, que ya tenía el inconveniente de su bajo emplazamiento, con toda seguridad sería un lugar frío para vivir. El pórtico Margaritaria, una galería comercial rectangular de gran tamaño situada más arriba en la falda de la colina y orientada hacia el eje del Foro, lindaba de hecho con la parte trasera, a la que le rebanaba una esquina.

No obstante, ningún romano -ni siquiera uno tan lógico como César- encontraba nada raro en aquellos edificios de peculiar forma, a los que les faltaba una esquina aquí, o les sobresalía una protuberancia allá; lo que podía construirse en línea recta se construía en línea recta, y lo que tenía que rodear los edificios adyacentes que ya estaban allí, o desviarse a causa de linderos tan antiguos que los sacerdotes que los habían establecido se habían guiado probablemente por el camino trazado por un pájaro saltarín, se construía dando un rodeo. Si uno consideraba la domus publica desde ese punto de vista, en realidad no era muy irregular. Sólo enorme, fea, fría y húmeda.

Su escolta de clientes se detuvo con pavoroso respeto cuando César se acercó a largos pasos a las puertas principales, construidas con bronce fundido que recubría unos paneles esculpidos en los que se contaba la historia de Cloelia. En circunstancias normales estas puertas no se utilizaban, pues ambos laterales del edificio tenían sus propias entradas. Pero aquél no era un día cualquiera. Aquel día el nuevo pontífice máximo tomaba posesión de sus dominios, y aquél era un acto revestido de gran formalidad. César golpeó con fuerza tres veces con la palma de la mano derecha en la hoja derecha de la puerta, la cual se abrió inmediatamente. La superiora de las vestales le franqueó la entrada y le hizo una profunda reverencia; luego cerró la puerta y dejó fuera a la horda de clientes que suspiraban y tenían los ojos llorosos, los cuales ahora se preparaban para una larga espera en el exterior, y empezaban a pensar en comida y cotilleos.

Perpenia y Fonteya llevaban ya algunos años retiradas; la mujer que era ahora la jefa de las vestales era Licinia, prima camal de Murena y prima lejana de Craso.

– Pero tengo intención de retirarme en cuanto me sea posible -le explicó ésta a César mientras lo conducía por la curva rampa central del vestíbulo hasta otro juego de hermosas puertas de bronce que había al final de la misma-. Mi primo Murena se presenta para el cargo de cónsul este año, y me ha rogado que me quede como vestal jefe el tiempo suficiente para ayudarle en su campaña de solicitud de votos.

Licinia era una mujer llana y agradable, aunque no lo suficientemente fuerte como para cumplir con el cargo de forma adecuada, César lo sabía. Como pontífice había tenido trato con las vestales adultas durante años, y como pontífice había deplorado el destino que les tocó desde el día en que Metelo Pío el Cochinillo se había convenido en su paterfamilias. Primero Metelo Pío se había pasado diez años luchando contra Sertorio en Hispania, después había regresado mucho más envejecido de lo que le correspondía de acuerdo con su edad y no estaba de humor para preocuparse de seis mujeres a las que se suponía que había de proteger, supervisar, instruir y aconsejar. Y tampoco había servido de mucha ayuda su esposa, una mujer triste y pesimista. Y, tal como suelen ocurrir las cosas, ninguna de las tres mujeres que sucesivamente habían sido jefa de las vestales pudieron arreglárselas sin una firme guía. En consecuencia, el Colegio de las Vírgenes estaba en decadencia. Oh sí, el fuego sagrado se atendía rigurosamente, y las distintas festividades y ceremonias se habían llevado a cabo como era debido. Pero el escándalo de las acusaciones de impureza que les había hecho Publio Clodio todavía flotaba como un manto sobre las seis mujeres a las que se consideraba que habían de ser la personificación de la buena suerte de Roma, y a pesar de no ser ninguna de ellas lo bastante mayor como para estar en el colegio cuando aquello había ocurrido, no habían logrado salir del trance sin terribles cicatrices.

Licinia golpeó tres veces la puerta derecha con la palma de la mano derecha, y Fabia les franqueó la entrada al templo con una profunda reverencia. Allí, dentro de aquellas puertas sagradas e imponentes, las vírgenes vestales se habían reunido para saludar a su nuevo paterfamilias en el único terreno dentro de la domus publica que era común para los dos grupos de inquilinos.

Así que, ¿qué fue lo que hizo el nuevo paterfamilias? ¡Pues les dedicó una alegre sonrisa, muy poco religiosa, y se puso a caminar en medio de ellas en dirección a un tercer juego de puertas dobles que estaba situado en el extremo del fondo del escasamente iluminado salón!

– ¡Fuera, chicas! -les dijo por encima del hombro.

En el helado recinto del jardín peristilo César halló un lugar resguardado donde tres bancos de piedra se alineaban uno al lado de otro en la columnata; luego -al parecer sin esfuerzo- levantó uno de los bancos y lo colocó mirando de frente a los otros dos. Se sentó en aquel banco con su hermosa toga a rayas escarlatas y púrpura, bajo la cual llevaba ahora la túnica de pontífice máximo, también a rayas de colores escarlata y púrpura, y con un desenfadado movimiento de la mano les indicó a las vestales que se sentasen. Se hizo un aterrorizado silencio durante el cual César repasó con la mirada a sus nuevas mujeres.