– No, eso es lo que dice Fulvia.
– ¡Tengo que verla inmediatamente! -gritó Cicerón al tiempo que se ponía en pie.
– Déjamelo a mí, enviaré a buscarla -dijo Terencia.
Cosa que significaba, desde luego, que no pensaba permitirle que hablase a solas con Fulvia Nobilioris; Terenciá tenía intención de estar presente y de mantenerse pendiente de cada palabra… y de cada mirada.
El problema Fue que Fulvia Nobilioris aportó muy poca información más a lo que Terencia le había contado a Cicerón; la diferencia fue que expresó el relato de un modo emocional y atolondrado. Curio estaba de deudas hasta las orejas, se jugaba fuertes cantidades de dinero, bebía en abundancia; siempre estaba encerrado con Catilina, Lucio Casio y sus amigotes, y solía volver a casa después de alguna de aquellas sesiones prometiéndole a su amante toda clase de prosperidad para el futuro.
– ¿Por qué me lo cuentas a mí, Fulvia? -le preguntó Cicerón, tan desorientado como parecía estarlo ella, pues no acertaba a comprender por qué aquella mujer se mostraba tan aterrorizada. Una cancelación general de deudas era una mala noticia, pero…
– ¡Porque tú eres el cónsul senior! -lloriqueó Fulvia entre sollozos mientras se daba golpes en el pecho-. ¡Tenía que contárselo a alguien!
– El problema es, Fulvia, que no me has proporcionado ni una sola prueba de que Catilina planee llevar a cabo una cancelación general de deudas. ¡Necesito alguna prueba, un testigo fiable! Todo lo que tú me proporcionas es una historia, y yo no puedo ir al Senado sin algo más tangible que lo que me ha contado una mujer.
– Pero está mal, ¿no? -le preguntó ella al tiempo que se limpiaba los ojos.
– Sí, muy mal, y tú has actuado del modo correcto al acudir a mí. Pero necesito pruebas -dijo Cicerón.
– Lo único que puedo ofrecerte son algunos nombres.
– Pues dámelos.
– Hay dos hombres que fueron centuriones bajo las órdenes de Sila: Cayo Manlio y Publio Furio. Poseen tierras en Etruria. Y han estado diciéndole a la gente que tiene planeado venir a Roma para las elecciones que si Catilina y Casio son elegidos cónsules, las deudas dejarán de existir.
– ¿Y, cómo, Fulvia, voy yo a relacionar a dos antiguos centuriones de las legiones de Sila con Catilina y Casio? -No lo sé!
Cicerón dejó escapar un suspiro y se puso en pie.
– Bien, Fulvia, te agradezco sinceramente que hayas venido a verme -dijo-. Signe intentando averiguar qué es lo que ocurre exactamente, y cuando encuentres una evidencia de que el olor de pescado de los mercados se está acercando al Campo de Marte en el momento de las elecciones, dímelo.
– Le sonrió, y confió en que hubiera sido una sonrisa platónica-. Sigue trabajando a través de mi esposa, ella me tendrá informado.
Cuando Terencia acompañó a la visitante fuera de la habitación, Cicerón volvió a sentarse para meditar. Pero durante un buen rato no se pudo permitir aquel lujo: Terencia entró, muy enérgica, unos instantes después.
– ¿Qué te parece? -le preguntó ella.
– Ojalá lo supiera, querida mía.
– Bueno -dijo Terencia al tiempo que se inclinaba ansiosamente hacia adelante, pues no había cosa que más le gustase que darle a su marido consejos sobre política-. ¡Pues te diré lo que me parece a mí! Creo que Catilina está tramando una revolución.
Cicerón abrió la boca.
– ¿Una revolución? -preguntó con un graznido.
– Eso mismo; una revolución.
– ¡Terencia, poco tiene que ver una política electoral basada en una cancelación general de las deudas con una revolución! -protestó Cicerón.
– No, no tiene poco que ver, Cicerón. ¿Cómo pueden unos cónsules legalmente elegidos iniciar una medida tan revolucionaria como es una cancelación general de deudas? Tú sabes bien que es la estratagema de los hombres que derrocan al Estado. Saturnino. Sertorio. Ello significa dictadores y dueños del caballo. ¿Cómo podrían unos cónsules elegidos tener esperanzas de legislar una medida como ésa? Aunque la presentaran ante el pueblo en las tribus, por lo menos uno de los tribunos de la plebe votaría en contra, y no digamos ya en la promulgación oficial. ¿Y crees que los que están a favor de una cancelación general de las deudas no comprenden claramente todo eso? ¡Por supuesto que sí! Cualquiera que esté dispuesto a votar a unos cónsules que abogan por una política así se está pintando a sí mismo de color revolucionario.
– Que es el rojo -dijo Cicerón pausadamente-. El color de la sangre. ¡Oh, Terencia, durante mi consulado no!
– Tú puedes impedir que Catilina se presente a cónsul -le dijo Terencia.
– No puedo hacerlo a menos que tenga pruebas.
– Entonces lo único que tenemos que hacer es encontrar esas pruebas.
– Se levantó y se dirigió a la puerta-. ¿Quién sabe? Quizás Fulvia y yo seamos capaces entre las dos de convencer a Quinto Curio para que testifique.
– Eso serviría de gran ayuda -dijo Cicerón en un tono bastante seco.
La semilla estaba sembrada; Catilina planeaba una revolución, tenía que estar planeando un revolución. Y aunque los acontecimientos que tuvieron lugar en los meses siguientes al parecer lo confirmaban, Cicerón nunca habría de saber a ciencia cierta si el concepto de revolución se le ocurrió a Catilina antes o después de aquellas fatídicas elecciones.
Una vez sembrada la semilla, el cónsul senior se puso a trabajar para sacar a la luz cuanta información pudiera. Envió agentes a Etruria, y también a aquel otro núcleo tradicional de revolución, Apulia Samnita. Y desde luego, cuando regresaron todos informaron de que, en efecto, por todas partes se rumoreaba que si Catilina y Lucio Casio eran elegidos cónsules, llevarían a cabo una cancelación general de deudas. En cuanto a pruebas que pusiesen en evidencia una revolución, como el acopio de armas o el reclutamiento encubierto de fuerzas, no pudo hallarse ninguna. No obstante, se dijo Cicerón a sí mismo, sí tenía suficientes pruebas para procesarlo.
Las elecciones curules para cónsules y pretores habían de celebrarse el décimo día de quintilis; el día noveno Cicerón las aplazó inesperadamente hasta el día undécimo, y convocó una sesión del Senado el día décimo. La asistencia de los senadores a la sesión fue espléndida, por supuesto; espoleados por la curiosidad, todos aquellos que no estaban postrados por la enfermedad o ausentes de Roma acudieron con tiempo suficiente como para ver por sus propios ojos que el muy admirado Catón estaba realmente sentado allí; había un montón de rollos a sus pies y tenía uno de ellos, que leía lenta y cuidadosamente, abierto entre las manos.
– Padres conscriptos -dijo el cónsul senior una vez que hubieron concluido los ritos y el resto de las formalidades-, os he convocado aquí en vez de acudir a las elecciones en los saepta para que me ayudéis a descifrar un misterio. Pido disculpas a aquellos de vosotros a quienes haya causado inconvenientes con esta sesión, y sólo me queda la esperanza de que el resultado de la misma permita que las elecciones se lleven a cabo mañana.
Los senadores estaban ávidos de alguna explicación, eso era fácil de ver, pero por una vez Cicerón no se sentía de humor para juguetear con la audiencia. Lo que quería era airear el asunto, hacerles ver a Catilina y a Lucio Casio que su estratagema se había hecho inútil ahora que era de todos conocida, y cortar de esa manera, cuando aún era sólo un brote, cualquier plan que Catilina estuviera alimentando. Nunca había creído verdaderamente que hubiera más en las sospechas de revolución de Terencia que un poco de charla ociosa alrededor de varias jarras de vino y algunas medidas económicas que solían asociarse más con la revolución que con los cónsules observantes de la ley. Después de Mario, Cinna, Carbón, Sila, Sertorio y Lépido, hasta Catilina tenía que haber aprendido por fuerza que a la República no se la destruía tan fácilmente. Catilina era un mal hombre -eso lo sabían todos-, pero hasta que fuera elegido cónsul no ostentaba ninguna magistratura, por lo que no estaba en posesión de imperium ni disponía de un ejército ya formado, y el número de clientes que tenía en Etruria no era ni parecido al de un Mario o un Lépido. Por lo tanto, lo que Catilina necesitaba era que le dieran un susto para meterlo en cintura.