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Martin Harry Greenberg, Carol Lynn Rössel Waugh, John Lutz, Stuart M. Kaminsky, Gary Alan Ruse, Edward D. Hoch, Jon L. Breen, Michael Harrison, Barry Jones, Joyce Harrington, Loren D. Estleman, Michael Gilbert, Dorothy B. Hughes, Peter Lovesey, Lillian de la Torre, Edward Wellen, Stephen King, John Gardner, Enrique Jardiel Poncela

Las Nuevas Aventuras De Sherlock Holmes

Colección LOS ARCHIVOS DE BAKER STREET Nº7

Editadas por Martin Harry Greenberg y Carol Lynn Rössel Waugh

Las historias contenidas en este volumen tienen los siguientes copyrights:

Preámbulo © The State of Sir Arthur Conan Doyle

Poema titulado «221B» © Mollie Hardwick 1987

La Máquina Infernal © John Lutz 1987

El Último Brindis © Stuart M. Kaminsky 1987

La Habitación Fantasma © Gary Alan Ruse 1987

El Regreso de la Banda de Lunares © Edward D. Hoch 1987

La Aventura del Incomparable Holmes © Lon L. Breen 1987

Sherlock Holmes y «La Mujer» © Michael Harrison 1987

Las Sombras en el Prado © Barry Jones 1987

La Aventura del Secuestro Gowanus © Joyce Harrington 1987

El Doctor y la Señora Watson en Casa © Loren D. Estleman 1984.

Reimpreso con el permiso del autor.

Los Dos Lacayos © Michael Gilbert 1987

Sherlock Holmes y Muffin © Dorothy B. Hugues 1987

El Curioso Ordenador © Peter Lovesey 1987

La Aventura del Francotirador Persistente © Lillian de la Torre 1987

La Casa que Jack Construyó © Edward Wellen 1987

El Caso del Doctor © Stephen King 1987

Moriarty y el Auténtico Mundo del Hampa© John Gardner 1976.

Reimpreso con el permiso del autor.

Título originaclass="underline" The New Adventures of Sherlock Holmes

Traducción del Inglés: Lorenzo Díaz©

PREÁMBULO

El difunto Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, escribió cuatro novelas y cincuenta y seis relatos cortos sobre el gran detective, empezando con «Un Estudio en Escarlata», que se publicó por primera vez en el Beeton´s Christmas Annual de 1887. Arrasando en popularidad durante toda la década de 1890 y los primeros años del siglo XX, Sherlock Holmes se convirtió rápidamente en el punto de partida de una enorme cantidad de ficción de misterio que vendría después de él, y sigue siendo el ejemplo definitivo con el que se miden hoy en día los demás detectives de la literatura. Esta colección de nuevas historias de Sherlock Holmes, debida a conocidos autores ingleses y americanos de historias de misterio, es un homenaje sin precedentes por parte de los maestros modernos al talento de Sir Arthur, realizado y compilado con la aprobación y el consentimiento de Lady Jean Conan Doyle, hija y heredera de Sir Arthur.

John Lellenberg,

en nombre del patrimonio

de Sir Arthur Conan Doyle.

221 B

(1887-1987)

Nuestra moneda jamás podrá pagar un rescate

para recuperar aquellos años ahora presos del tiempo:

El autobús ruge ahora donde antes el cabriolé

trotaba tras la pista del crimen.

Ya no se oye un Stradivarius

tocado por largos y ágiles dedos

entonando un canto fúnebre por los nefandos planes

frustrados por El desde Baker Street.

¿Podríamos, acaso, con ojo clarividente,

encontrar la puerta recordada con cariño,

ante la que, temblando, se pararon

tantos clientes (hermosos o famosos)?

En este lugar, Roylott, a la fuerza

entró, como un oso salvaje;

en este lugar, los brillantes ojos de Mary Morstan

cayeron presos de la ardiente mirada de Watson.

Si a ese tiempo pudiera haber un viaje

otorgado por la gracia del cielo,

quién no cambiaría esta cansada era

por una noche del ochenta y siete,

en la que, como niebla que atraviesa cristal y cortinas

y se arrastra hasta nosotros suave y gris,

el sabio, inmortal, extraño y certero

Sherlock toca su violín.

MOLLIE HARDWICK

1987

LA MÁQUINA INFERNAL – John Lutz

No es que mi amigo y asociado Sherlock Holmes no supiera tocar en ocasiones espléndidamente el violín, pero en aquel momento la discordante y fluctuante melancolía producida por el estridente instrumento estaba empezando a afectarme los nervios.

– Holmes, ¿debe ser tan repetitivo en la elección de notas? -dije, abandonando la lectura de mi ejemplar del Times.

– Es en esa misma repetición donde espero encontrar alguna semblanza de orden y sentido.

Mantuvo erguido su perfil aguileño, encajó con seguridad el violín bajo su afilada barbilla y continuó emitiendo aquel chirrido, ciertamente de un modo mucho más penetrante que antes.

– ¡Holmes!

– Muy bien, Watson.

Sonrió y devolvió el violín a su estuche. A continuación se desplomó en el sillón que tenía frente a mí, rellenó de tabaco su pipa de arcilla y asumió la actitud de un niño malcriado al que le han quitado un trozo de pastel por motivos disciplinarios. Yo sabía a lo que se dedicaría a continuación, al no encontrar consuelo en el violín, y debo confesar que me sentí culpable por haber sido duro con él.

Cuando actuaba como un cazador en su capacidad de detective consultor, ningún hombre vibraba con más intensidad que Holmes. Pero cuando llevaba varias semanas sin un caso, y no había ninguno a la vista, era como un zombie que se retraía en el aburrimiento. Hacía ya casi un mes desde que concluyó con éxito el caso del sello humedecido dos veces.

Al oír un ruido de pisadas en la escalera al otro lado de la puerta, Holmes movió bruscamente la cabeza a un lado, casi como un pájaro que espera coger a un gusano.

La voz de la señora Hudson llegó hasta nosotros junto con sus pisadas ligeras y medidas. Una voz de hombre respondía a sus comentarios. Ninguna de las voces se oía lo bastante alto como para que pudiera entenderse.

– Visitas, Watson.

En el momento en que Holmes habló llamaron con firmeza a la puerta. Me levanté, crucé la abarrotada habitación y abrí.

– Un tal señor Edgewick quiere ver al señor Holmes -dijo la señora Hudson, retirándose a continuación.

Hice entrar a Edgewick y le rogué que se sentara en la silla donde yo había estado hojeando el Times. Era un hombre alto y bien parecido, entrado en la treintena, que llevaba un traje bien cortado y unas botas lustradas, cuyas suelas estaban manchadas con un barro rojizo. Tenía el cabello rubio y un bigote recortado más rubio aún. Me miró con expresión preocupada.

– ¿Señor Holmes? -me dijo.

– Viene de Northwood -dije, sonriendo-. Está soltero y le preocupa el bienestar de una mujer.

Holmes también sonrió.

– Asombroso, Watson. Por favor, díganos cómo lo ha hecho.

– Desde luego. La arcilla roja de las botas del señor Edgewick se encuentra principalmente en Northwood. No lleva alianza, por lo que no está casado. Y como es un hombre guapo y, obviamente, con preocupaciones personales, hay grandes probabilidades de que haya una joven implicada en todo esto.

La mirada divertida de Holmes se clavó en Edgewick, que parecía confundido por mi agudeza.

– La verdad es que estoy casado -dijo-. Tengo el anillo en el joyero para que le corrijan el tamaño. El asunto que me trae aquí sólo está relacionado indirectamente con una mujer. Y hace años que no voy a Northwood.

– El coche de punto en el que ha venido debió llevar antes un pasajero de Northwood -dijo Holmes-. Con este día tan caluroso, el barro seguramente se secará mientras le espera abajo.

Debo admitir que, al igual que Edgewick, me quedé boquiabierto.