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– Lo siento, perdóname, ha sido una salida de tono totalmente fuera de lugar.

– Eh, despacio, despacio. No tienes nada de qué disculparte. Es más, debería ser yo la que te pidiera perdón porque no había ninguna razón para que te contase eso y abrumarte, sin previo aviso, con mis problemas.

Me quedé sin saber qué decir. Ella observó durante un breve rato su vaso vacío. Luego decidió que le apetecía seguir bebiendo y se preparó una tercera absenta. Diluyéndola con tres partes de agua, quizá menos. Se la bebió lentamente, con método. Cuando terminó, se dirigió hacia mí.

– ¿Nos vamos ya? Tengo ganas de fumar un cigarro. Podemos dar una vuelta, antes de volver a casa. Hans y Matilde se ocuparán de cerrar.

Cinco minutos después estábamos ya en la calle, bajo la lluvia.

Nadia tenía un pequeño monovolumen en el que me deslicé rápidamente, sin que me diera tiempo a identificar siquiera de qué marca. Mientras Nadia entraba también en el coche me pareció notar que algo se movía en la parte de atrás. Me di la vuelta y, en la oscuridad, vi un resplandor blanco en medio de una enorme masa oscura. Miré mejor y me di cuenta de que provenía de un par de ojos cuyo propietario era un perro negro del tamaño de un ternero.

– Muy mono. ¿Cómo se llama, Nosferatu?

Ella se rió.

– Pino, se llama Pino.

– ¿Pino? ¿Pino el Asesino, quieres decir? ¿Te parece un nombre apropiado para semejante fiera?

Otra carcajada.

– Nunca hubiera dicho que eras divertido. Buena persona, serio, incluso agradable, eso sí. Pero jamás hubiera pensado que eres de los que te hacen reír.

– Pues espera a verme bailar.

Tercera carcajada. Puso el coche en marcha y nos fuimos. Yo miraba hacia delante, pero sabía que Pino el Asesino me estaba observando, meditando sobre cómo devorarme.

– ¿De qué raza es ese bicho?

– De la única raza reconocida de origen pullés.

– ¿Y qué raza pullesa es ésa? ¿El demonio de Las Murgas?

– Es un perro corso.

– Es decir…

– …, lo que no significa que sea originario de Córcega. Corso viene del latín cohors, que quiere decir 'patio', 'recinto'. El perro corso desciende de los antiguos molosos pulleses. Los antepasados de Pino guardaban los patios de las fincas, en Puglia, Basilicata, Molise. O peleaban contra los osos y los jabalíes.

– Estoy seguro de que los osos y los jabalíes no estaban lo que se dice encantados ante esa oportunidad. ¿Lo tienes porque te gustan los perritos falderos?

– Bobo. Me lo ha regalado una amiga que es adiestradora y reeducadora de perros.

– ¿Reeducadora de perros?

– Sí, Pino era un perro de pelea. Lo rescataron los carabinieri, junto a otros muchos, durante una investigación sobre apuestas clandestinas.

– Una vez tuve un juicio por una historia de peleas de perros clandestinas.

– ¿Defiendes a los hijos de puta que torturan a los perros?

– No, lo cierto es que defendí a una asociación de defensa de los animales que se había constituido como la parte civil.

– ¡Ah, menos mal! Estaba ya pensando en soltar a Pino para que discutieras el asunto directamente con él.

– ¿Estás segura de que es prudente ir por ahí con un perro de pelea?

– Mi amiga Daniela reeduca a estos perros. Se los dejan en custodia (ella tiene un refugio canino) y ella los decondiciona, los transforma en perros de compañía.

– ¿Los decondiciona? ¿El trabajo de tu amiga es decondicionar perros?

– Tiene una residencia y una escuela para perros: los adiestra. Las órdenes básicas (sit, plash, juntos) o adiestramiento para guarda y defensa. Y luego reeduca a los perros criminales, como ella los llama.

– Perro criminal me parece una buena definición para ese pedazo de bicho.

– Pino es ahora buenísimo. No le haría daño ni a una mosca.

– Estoy seguro de que no está muy interesado en las moscas -dije, echándole una ojeada al monstruo negro que seguía mirándome como si yo fuera un filete.

Habíamos llegado ya al paseo marítimo, por la zona de mi casa. Nadia paró el coche en la rotonda que está al lado del Hotel de las Naciones y bajó la ventanilla. No hacía viento y parecía que la lluvia iba a menos. Encendió un cigarro y se lo fumó de una forma que me hizo lamentar el haberlo dejado. Luego empezó a hablar, sin mirarme.

– Puede que te haya puesto en un compromiso al decirte que nos fuéramos juntos. Puede que no te apetezca mucho darte un paseo con una ex puta. Además, que en esto nunca se es ex. Si has sido puta, vas a ser una puta hasta que te mueras.

– Otra salida como ésa y me voy.

Se volvió hacia mí. Le dio una última calada al cigarro y tiró fuera la colilla.

– ¿He dicho una gilipollez?

– Me temo que sí.

Ella anotó mentalmente mi respuesta. Luego sacó otro cigarro de la cajetilla, pero no lo encendió.

– Está dejando de llover.

– Bien. No me gusta la lluvia.

– ¿Te apetece andar un poco? Así Pino también estira las patas.

– Con tal de que no estire también las mandíbulas…

Bajamos del coche. Nadia abrió la puerta del portaequipajes y dejó salir al Asesino. Suelto, y sin bozal.

– ¿Te parece una buena idea que vaya suelto? Vale, hoy en día hacen milagros con las prótesis pero, de todas formas, si hace pedazos a un niño o a una ancianita, será un coñazo.

Nadia no me contestó. En cambio, le susurró algo al perro que no logré oír. Lo cierto es que, cuando empezamos a andar, aquella fiera nos siguió, pegado a la pierna izquierda de su dueña, como si estuviera unida a ella por una traílla tensa e invisible.

Caminaba de forma casi hipnótica y su paso se parecía más al de un gran felino que al de un perro.

La cabeza, en la que le faltaba casi del todo una oreja, tenía el tamaño de una sandía y, bajo el pelaje negro y brillante, restallaban unos músculos duros como cordones. El conjunto transmitía la idea de una fuerza disciplinada y letal.

Recorrimos en silencio unos cien metros mientras dejaban de caer las últimas gotas de lluvia.

– ¿Por qué le has puesto Pino? No es un nombre de perro, menos aún para un perro así.

– Fue Daniela la que le puso ese nombre. Siempre les pone nombres de personas a los perros a los que reeduca. Creo que le simplifica psicológicamente el trabajo.

– ¿Cuántos años tiene?

– Tres. ¿Sabes por qué me gusta que esté conmigo?

– Dímelo.

– Me recuerda que siempre es posible cambiar y convertirse en algo completamente distinto de lo que eras.

Asentí. Ella se detuvo y el perro, obedeciendo a una orden silenciosa, se puso disciplinadamente en sit a su lado.

– ¿Quieres acariciarlo?

Estaba a punto de hacer la enésima broma acerca de la peligrosidad del perro, pero me contuve en el último momento y, simplemente, dije que sí. Ella se dirigió al Asesino, le dijo que yo era un amigo y tuve la impresión de que el perro asentía con la cabeza.

– Antes de acariciarlo, debo decirte que me niego a llamarlo Pino. Comprendo los motivos por los que tu amiga elige los nombres, pero yo no puedo, de verdad.

– ¿Y cómo quieres llamarlo?

– Le hubiese gustado a Conan Doyle. Lo llamaré Baskerville, si no tienes nada en contra.

Ella se encogió de hombros y enarcó las cejas, como se hace siempre que se trata con alguien al que le falta un tornillo.

Me acerqué al perrazo y le acaricié la cabeza: era sólida como una roca y no conseguía cubrirla entera con la mano.

– Hola, Baskerville. Así que no eres tan fiero como pareces, ¿eh?

Pino-Baskerville me miró con aquellos ojos que a distancia parecían temibles pero que, de cerca, estaban llenos de una triste dulzura. Le rasqué detrás de la oreja que le quedaba, luego bajé la mano hasta su garganta negra, brillante y suave. Entonces el perro entrecerró los ojos y, lentamente, levantó la cabeza, como si fuera a lanzar un aullido melancólico, y me ofreció su garganta, al descubierto e indefensa.