– Quería ser independiente, quería irme de casa, odiaba la mediocridad de mi vida familiar. No soportaba aquel piso modesto, tres habitaciones, cocina y servicio, repleto de objetos de pésimo gusto, y el olor a naftalina que salía de la habitación de mis padres. No soportaba sus conversaciones insignificantes y sus miserables planes de futuro: pagar los plazos del coche, encontrar un hotel de dos estrellas para pasar las vacaciones, contar los años que faltaban para que mi padre se jubilase. No soportaba las cuentas para que cuadrase el presupuesto familiar, la pasta recalentada de por las noches, los vestidos viejos y dados de sí de mi hermana, el mantel de hule de la cocina. Pero había algo que detestaba por encima de todo.
– ¿El qué?
– Mi padre tomaba un poco de vino, en la comida y en la cena. Poco, pero todos los días. Obviamente, no podíamos permitirnos vinos caros, así que, al hacer la compra, comprábamos vino en tetra-brick. En la mesa siempre había uno, y recuerdo la siguiente secuencia de gestos: mi madre abría el tetra-brick con las tijeras; mi padre se echaba vino hasta llenar la mitad del vaso y el resto lo llenaba con agua; al final de la comida, mi madre cerraba el tetra-brick con una pinza de la ropa y luego, a la hora de la cena, volvía a ponerlo encima de la mesa. ¡Dios, cómo lo odiaba! Hay veces en las que revivo esa sensación y me quema como entonces. Otras, en cambio, me devora el sentimiento de culpa.
– Es inevitable, creo.
– Ya, yo también creo que es inevitable. En cualquier caso, yo era una chica guapa y empecé a trabajar como azafata en una agencia que ofrecía personal para congresos, reuniones políticas, espectáculos. Una vez, uno de los organizadores de una convención de asesores de productos farmacéuticos me preguntó si me apetecía acompañarle a cenar, cuando terminase de trabajar. Era un señor de unos cincuenta años, muy distinguido, con unos modales exquisitos. Acepté, quedé con él lejos de mi casa porque me daba vergüenza que viera dónde vivía.
– ¿Dónde vivías?
– En un bloque de barrio, por la zona del Redentore, ya sabes, el Instituto de los Salesianos.
– Voy por esa zona a practicar boxeo.
– ¿Boxeo? ¿Puñetazos y todo eso?
– Sí.
– No es que seas muy normal, lo sabes, ¿no?
– Anda, sigue…
– Él vino a buscarme en un Thema Ferrari y me llevó a cenar a un restaurante famoso, uno de esos con los que siempre había soñado. Lo recuerdo como si lo viese. Todo: el mantel, los cubiertos de plata, los vasos, los camareros tratándome como a una señora, aunque fuese una cría. Y recuerdo todo lo que comimos y el vino que tomamos. Un Brunello, la botella debía costar una fortuna, y aún me parece estar apreciando su sabor, su aroma, ahora mismo, aquí, mientras te hablo.
– ¿Qué restaurante era?
Me dijo su nombre. Lo recordaba bien, era uno de los restaurantes de moda de hacía veinte años, en la provincia: un sitio al que no había ido nunca. No fui de joven porque entonces no podía permitírmelo y no fui más tarde, cuando ya habría podido hacerlo, porque había cerrado, esfumándose en la nada, como tantas otras cosas de aquellos años.
– Después de cenar me propuso que fuéramos a tomar una copa a su casa.
El tono era neutro, pero en el relato se percibía que la tensión iba in crescendo. La tensión de las historias cuyo final ya te sabes. Un final que no te gusta, pero que no puedes hacer nada para evitarlo o cambiarlo.
– Pensé que viviría solo y que me llevaría a su casa. En realidad estaba casado y tenía un hijo de mi edad. Me llevó a una especie de apartamento de soltero, y todo se desarrolló de forma natural. Al irnos me dio trescientas mil liras.
Hizo una pausa y me miró durante unos segundos antes de proseguir, con un tono en el que se advertía un imperceptible matiz de desafío.
– ¿Y sabes qué? Me gustó mucho coger aquel dinero. Tuve la sensación de que estaba a punto de alcanzar el control de mi vida.
– ¿No te disgustó la experiencia?
– Sé que parece increíble, pero no. Ya había tenido mis novios, a decir verdad, tenía uno también en esa época. Aquella situación fue distinta y, sin embargo, como ya te he dicho, fue todo muy natural. No habíamos hablado de dinero, pero, no sé explicarte cómo, estuvo muy claro desde el principio que se trataba de una especie de trabajo. Algo que no era divertido, pero tampoco repugnante.
Hizo una pausa de nuevo. Yo estaba allí sin saber qué decirle, ni siquiera qué pensar.
– A partir de aquella noche salí más veces con aquel señor. Vito, se llamaba. Me enteré de que murió hacía unos años, y lo sentí. Salir con él no era del todo como ser una puta. Me explico: quedábamos, íbamos a cenar, teníamos relaciones sexuales y luego él me hacía un regalo. Nunca me he casado, pero creo que muchos matrimonios funcionan igual.
Esas palabras permanecieron suspendidas en el aire durante un rato. El cielo empezaba a clarear en algunos puntos. Me hubiese gustado sentarme en un banco para seguir hablando pero estaba todo mojado. Así pues, seguimos caminando, junto a Pino, aunque éste no participaba mucho en la conversación.
– Luego, se produjo un vuelco.
– ¿Es decir?
– Una noche, cuando nos estábamos yendo de su pisito, Vito me dijo que si quería hacerle un favor.
– ¿Qué favor?
– Me pidió que saliera con otro hombre. Un señor con el que tenía importantes relaciones de trabajo, y que iba a llegar a la ciudad al día siguiente. Dijo que era un señor muy distinguido, también sumamente atractivo. Vito quería que se sintiera a gusto porque iba a ayudarle a cerrar un negocio importante. No recuerdo si dije algo o me quedé callada. En el siguiente fotograma ya sale él otra vez, sonriendo, sacando la cartera, contando diez billetes de cien mil liras y dándomelos. Luego recuerdo un pellizco en la mejilla, que me dio con el dedo índice y el medio. Era una buena chica, me había portado muy bien.
Estuve a punto de decirle que no quería conocer el resto. Luego me di cuenta de que no quería oírlo pero que, al mismo tiempo, sí que quería. Una sensación que a veces experimento con las novelas o las películas, cuando tratan temas que me molestan y que preferiría ignorar.
– Desde entonces él me pidió más veces que quedara con algún amigo suyo, aunque en estos casos ya no pagaba él. Luego, cómo decirlo, empecé a hacerme una clientela autónoma. Por el boca oreja. Entre mis clientes había también dos jueces. Uno ha muerto; el otro es un personaje importante y a veces veo su foto en los periódicos. En las fotos tiene siempre una expresión muy seria.
Dejó la frase suspendida en el aire; el sentido era, claramente, que ese juez no era siempre tan serio como parecía por las fotos. No me dijo quién era y se lo agradecí, aunque tuve que hacer un pequeño esfuerzo para no preguntárselo.
– Sé que todo esto parece triste, y probablemente lo es. Pero, cómo decirlo, era difícil darse cuenta de ello. Mis encuentros con los clientes eran muy parecidos a una cita de verdad. Muchos de ellos me llevaban a cenar, al cine o al teatro, y muchos querían hablar. Con el tiempo me di cuenta de que para algunos estas cosas accesorias eran tan importantes como el sexo.
»Una cosa que dicen las putas con frecuencia es que muchos hombres las buscan porque quieren a una mujer con la que follar en paz y hablar en paz. Sin sentirse juzgados por cómo hacen lo uno y lo otro. Basándome en mi experiencia, puedo decir que es cierto. En estos casos es cuando surgen los problemas.
– ¿En qué sentido?
– A veces ocurre que un cliente confunde el plano de la realidad con el de la ficción, en resumen, que se enamora de ti. Cuando pasaba eso, cortaba de raíz. Me parecía más justo, más ético. Lo sé, suena raro oírle hablar de ética a una puta, pero creo que todos nos aferramos a un sistema de reglas para no hacernos migajas, sea cual sea nuestro oficio. En cualquier caso, ética aparte, romper de raíz con aquellas relaciones era prudente. Nunca se sabe lo que le puede pasar a la gente por la cabeza. A una amiga mía un cliente que se había enamorado de ella no dejaba de perseguirla y casi la mata de una paliza porque ella le había rechazado.