Quintavalle llegó al bufete a las ocho en punto. Me levanté de forma espontánea -reconozco que no lo hago con todos los clientes- para saludarle y estrecharle la mano.
– Buenas tardes, abogado, ¿qué tal está?
– Bien, ¿y tú?
– Bastante bien, aunque no atravieso un momento fácil.
– ¿Por qué?
– Ni idea, la verdad. Puede que me esté haciendo viejo, pero tengo la sensación de que me amenaza algo, un peligro inminente.
Ésas fueron sus palabras: peligro inminente. No es una expresión que empleen habitualmente los camellos profesionales.
– Me siento como si en cualquier momento pudiese ocurrirme una desgracia. Que me arresten con pruebas aplastantes de todo lo que he hecho estos años. O que (más probable) uno de los mafiosos que ahora mandan en la ciudad me diga que no puedo seguir trabajando por libre y que tengo que ponerme a sus órdenes.
– ¿Mafiosos?
– Sí, usted no defiende a sujetos del crimen organizado y no lo sabe, pero las cosas se están poniendo muy feas. Han aparecido nuevos grupos que quieren el mando de toda la ciudad, se han aliado para controlar todos los barrios, sobre todo las extorsiones, la usura y, por supuesto, el tráfico de drogas. Y si alguien llega y me dice que tengo que ponerme a sus órdenes, bueno, creo que habrá llegado el momento de dejarlo y de buscarme un trabajo honrado.
– No sería mala idea. Puede que no esté pasando nada grave, que sea tu subconsciente el que te está diciendo que harías mejor en dejarlo.
– Ya. Mi mujer me dice también algo parecido. El problema es que con un trabajo normal se gana muy poco, y yo estoy ya muy mal acostumbrado.
– Tenéis la tienda, no os arriesgáis a pasar hambre. Y, además, tu hijo ya se está haciendo un hombre.
– Ya, puede que ése sea el auténtico motivo de todo esto. No me da miedo el trullo, pero me aterra que mi hijo se entere de lo que hago para ganarme la vida. Pero no creo que me haya dicho que venga a verle para hablar de mi futuro. ¿En qué puedo ayudarle?
– A decir verdad, no estoy muy seguro de para qué te necesito. No sé por dónde empezar.
– Inténtelo por el principio.
Era un buen consejo. Lo seguí y le conté toda la historia. Le dije que estaba intentando descubrir qué le había ocurrido a Manuela (de la que él no había ni oído hablar) y que las únicas perspectivas de conseguirlo estaban ligadas a Michele Cantalupi, un consumidor habitual y tirando a consistente de cocaína. ¿Conocía a Cantalupi? ¿Había sido alguna vez cliente suyo o había oído hablar de él por ahí?
– ¿Ha dicho Michele Cantalupi?
– Sí. No sé si el dato te será de ayuda, pero parece ser que es un tipo muy guapo.
– Michele. Me suena, pero tampoco es que sea un nombre muy raro. No tendrá una foto, ¿no?
– No, no tengo ninguna. Puedo intentar conseguir una. Pero, fotos aparte, me gustaría que me aclararas una cosa. Si este tipo traficara en ambientes bien, ¿tú lo conocerías?
– No tiene por qué. Obviamente, conozco a un montón de gente, pero la ciudad es muy grande y hay más gente que consume de la que usted se imagina. Hay veces en las que llevo cincuenta gramos a una fiesta y luego me entero de que se los han esnifado todos. En una sola noche, no sé si se hace cargo.
– ¿Te molesta si te pregunto algunas cosas sobre cómo funciona el sistema?
– No, claro. Usted es mi abogado y, además, es para algo importante. Pregúnteme todo lo que quiera, sin cortarse.
– ¿Cómo es posible que un chico que asiste a estas fiestas pase de ser un simple consumidor a…?
Me di cuenta de que emplear la palabra camello me costaba trabajo, como si me diese miedo ofender a Quintavalle que, de hecho, se dedicaba a ese oficio, definido con una palabra un tanto asquerosa. Él se dio cuenta de lo incómodo que me sentía.
– A convertirse en un camello. No se preocupe, abogado, no crea que me siento ofendido. El asunto sigue un mecanismo bastante típico. Imagine que un grupo de gente quiere comprar una cierta cantidad, para repartirla o para consumirla, todos juntos. Hacen una colecta y luego alguien se encarga de ir a comprarla. Entre otras cosas, la ley dice que comprar para el consumo propio no es delito y…, pero bueno, estas cosas no se las tengo que explicar a usted. Resumiendo, este chico, el que se encarga de comprar para su panda de amigos, se da cuenta en un momento dado de que puede sacarse un dinero. Así que empieza a comprar la farlopa por su cuenta y a revendérsela a los amigos un poco más cara. Luego, se corre la voz: ese chico puede conseguir droga rápidamente, siempre que haga falta puede recurrirse a él. Poco a poco, se va haciendo una clientela, conoce a más de un tío que le suministre, puede que fuera de la ciudad, que siempre es más seguro, y, bueno, así es cómo uno termina haciéndose camello.
– ¿Fue lo que te pasó a ti?
– Más o menos. A mí me pasaron también otras cosas, pero no creo que eso le interese ahora.
Asentí, como haciéndome cargo. En realidad, era para darme un respiro, porque después de la conversación estaba exactamente igual que antes. Durante unos segundos me sentí, con una intensidad insoportable, un perfecto e injustificable canalla. Luego, la sensación fue pasando, dejándome sólo una náusea de fondo, leve pero inexorable.
– Está bien, Damiano, gracias. Intento conseguir una foto del tipo este y te llamo.
– Yo, mientras, empiezo a hacer preguntas por ahí.
– Con cuidado, por favor, no corras riesgos.
Quintavalle me sonrió, mientras se ponía de pie para despedirse.
Su sonrisa quería decir que agradecía mi recomendación, pero que era totalmente innecesaria. No correr riesgos formaba parte de su forma de vida y de su trabajo desde hacía muchos años.
20
Llegado a este punto, me planteé cómo pedirle a Fornelli una foto de Cantalupi, y el asunto me pareció absurdamente difícil.
Apenas se lo pidiera, él, justamente, me preguntaría que para qué. No tenía ganas de responder a esa pregunta y de explicarle qué estaba haciendo. No de momento, al menos. Quizá me intimidaba decirle que me había puesto a hurgar en el ambiente de los traficantes, en el que evidentemente contaba con buenos contactos. Quizá no quería que mis veleidades de investigador se concretaran difamando objetivamente a alguien -Cantalupi- que lo mismo no tenía nada que ver ni con la desaparición de Manuela ni con el tráfico de drogas. Quizá me producía malestar la idea de que acudiese a los padres de Manuela y, para justificar la petición, les dijese que había buenas noticias y que el sabueso de Guerrieri estaba en la pista correcta, dándoles falsas esperanzas. O quizá, más sencillo, no quería que Quintavalle, al ver la foto, me dijese que no conocía de nada a ese tipo, acabando de golpe con mi brillante pista.
En vista de eso, me limité, simplemente, a dejar que pasara todo el fin de semana sin hacer la llamada.
El lunes siguiente fui al bufete después de una audiencia que se había alargado mucho. Era ya demasiado tarde como para ir a comer, pero también era demasiado pronto como para acudir a la primera cita. Así pues, me tomé un capuchino en la librería Feltrinelli y me compré un libro. Se titulaba Los misterios de Bari y la contraportada prometía el relato de algunas de las leyendas ciudadanas más impresionantes de Bari, con la reseña de los inquietantes hechos históricos que las habían originado.
Al salir de la librería, con la idea de estar todavía otra media hora a mis anchas, vi llegar al señor Ferraro, el padre de Manuela.
Caminaba con paso decidido, la vista al frente, justo en dirección hacia mí, y durante unos segundos pensé que estaba allí porque iba a verme y decirme algo. Preparé la cara para una expresión de saludo y los músculos del brazo para extenderle la mano y estrechar la suya.