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Eché un vistazo alrededor pero Nadia no estaba. Me sentí un poco mal por eso y estuve a punto de preguntar por ella a la de la barra, pero su expresión, tan cordial como un cabezazo en la nariz, me disuadió de ello.

Así pues, me senté, comí un plato de orecchiette con chantarelas y me tomé un vaso de primitivo, logrando concentrarme exclusivamente en la comida y la bebida.

Nadia llegó justo cuando yo ya me iba.

– Hola, Guido -dijo alegremente -. He tenido que ir al cumpleaños de una amiga. Una chica muy maja, pero con los amigos más aburridos del mundo. Había un catering alucinante, con timbales de pasta al horno en moldes de estaño. Un colega tuyo, uno con caspa y su buena curva de la felicidad, me ha tirado los tejos. ¿Te vas ya?

– Bueno, sí, son las doce y media.

Me di cuenta de que mi tono de voz acusaba un ligero resentimiento, como si el que ella no estuviera allí cuando yo había llegado hubiese sido una deliberada falta de cortesía hacia mi persona. Ella, por suerte, no se dio cuenta.

– Ya, siempre se me olvida que los demás trabajan por la mañana y que tienen que levantarse temprano.

– En realidad, mañana puedo levantarme más tarde. Voy a Roma, por un tema de trabajo, y el avión sale a las once.

– Entonces quédate un poco, anda… Tengo que recuperarme de la fiesta. Te daré para que pruebes algo.

– ¿Una nueva marca de absenta?

– Algo mejor. Dame unos minutos para ver si necesitan ayuda por aquí, aunque yo diría que no, y me siento un rato contigo.

Cinco minutos después estaba sentada en mi mesa con dos vasos y una botella con la etiqueta anticuada y atractiva.

– Has cenado, ¿no? Esto no se puede beber en ayunas.

– ¿Qué es?

– Un whisky irlandés. Se llama Knot. Pruébalo y dime qué te parece.

No parecía un whisky. Estaba perfumado como un ron y recordaba, sin ser empalagoso, al Southern Confort.

– Está bueno -dije después de vaciar el vaso.

Ella me lo rellenó y se sirvió a su vez una dosis generosa.

– A veces pienso que esto me gusta demasiado.

– A veces yo pienso lo mismo.

– Está bien, nos plantearemos el problema otra noche. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Así que mañana te vas a Roma… Una de estas semanas iré yo también. A saludar a alguna amiga y a gastar un poco de dinero.

Me pregunté cómo podía sacar el tema de mi investigación y de las preguntas que quería hacerle, pero no daba con las palabras apropiadas. Fingí que estaba concentrado en el whisky y en su color oro pálido, pero evidentemente debía parecer más falso que un billete del Monopoly.

– ¿Quieres preguntarme algo? -dijo ella, ahorrándome, al menos, una parte del trabajo. Me pregunté durante unos instantes si debía contarle una mentira, una cualquiera; me respondí a mí mismo que era una pésima idea.

– Sí, la verdad es que sí.

– Dime entonces.

Le conté, sintetizando todo lo que pude, la historia completa, aunque omití los detalles que, a mi juicio, no eran fundamentales. Entre estos detalles no fundamentales y, por lo tanto, dignos de ser omitidos, incluí la modalidad de mi viaje a Roma. Vamos, que no le dije que no iba a ir solo.

Cuando llegó el momento de hacerle la pregunta por la que estaba allí no conseguí evitar mirar alrededor con aire circunspecto.

– Así que me preguntaba si entre los clientes del Chelsea no habrá alguno que esté relacionado con ese mundo, con la cocaína y el tráfico de drogas, quiero decir. Que quede claro: no tengo ninguna idea concreta. Cuando mi cliente me ha dicho que había recabado información de un amigo suyo gay se me ha ocurrido que podía preguntarte a ti y ver si, por un casual, salía a relucir algo que me fuera útil.

– No sé cómo ayudarte, la verdad. Si alguno de mis clientes tiene algo que ver con la droga (algo bastante probable), yo no sé nada. Aquí, obviamente, no la consumen (tendrían que vérselas con Hans y con Pino), y nunca hemos notado actividades sospechosas, como alguien vendiéndola fuera del local. Ya no sé nada de ese tema.

– ¿Por qué has dicho «ya»?

– Bueno, en mi otra vida era frecuente ver farlopa. Varios clientes la consumían y yo conocía a alguno que la vendía, aunque no la he esnifado nunca, menos aún comprado. Te estoy hablando de hace mucho, en cualquier caso. Es un mundo que sólo rocé y del que ahora estoy alejadísima. Siento no poder ayudarte.

– No te preocupes. Era una idea estúpida, de detective aficionado.

Seguimos charlando mientras el local se iba quedando vacío. Luego se fueron también los empleados, uno por uno, y nos quedamos solos, con la mayoría de luces apagadas y la música escuchándose aún, a un volumen bajo. Ella fue a recoger a Pino-Baskerville del coche y lo metió dentro para que estuviera con nosotros. Pareció acordarse de mí porque se me acercó, se dejó acariciar, y luego se tumbó debajo de la mesa.

– A veces me gusta quedarme aquí sola con Pino, después de cerrar. El local se transforma, se vuelve distinto. Y, además, puedo fumar porque cuando está cerrado ya no es un lugar público. Es mi casa, y en mi casa hago lo que quiero. Pino no tiene problemas con el tabaco y no protesta.

– ¿Puedo soltar una idiotez?

– Suéltala. Tú mismo.

– ¿Sabes que me parece increíble que hasta hace unos pocos años se pudiese fumar en los bares y los restaurantes? Me cuesta hasta recordarlo, tengo que hacer un esfuerzo y repetirme que el tabaco existía y que había lugares donde el aire era irrespirable. Es como si la prohibición interfiriese en mis recuerdos, manipulándolos.

– No sé si eso último lo he entendido muy bien.

– Te lo explico con un ejemplo. Hoy por la tarde estaba sentado en un bar, esperando a una persona. Mientras estaba allí, solo, me he acordado de una vez en la que, hace muchos años, estuve en ese mismo bar con unos amigos. Era la época de la universidad y al menos tres de nosotros fumábamos, seguro. Y, seguramente, durante aquella tarde de hace muchos años, nos fumamos varios cigarrillos. Sin embargo, en la escena que me ha venido a la cabeza no había tabaco, como si la prohibición tuviese una especie de efecto retroactivo sobre los recuerdos.

– Efecto retroactivo sobre los recuerdos. Dices cosas extrañas. Pero bonitas. ¿Por qué te has acordado justo de esa tarde?

– Hablábamos de novelas y de sus personajes. Cada uno de nosotros iba diciendo con qué personaje de novela se identificaba más.

– ¿Y tú, con qué personaje te identificabas?

– Con el Capitán Fracassa.

– ¿Ahora también?

– No, no creo. El Capitán Fracassa sigue siendo uno de mis personajes preferidos, pero si hoy jugase a lo mismo diría otro.

– ¿O sea?

– Charlie Brown, Carlitos, sin ninguna duda.

Soltó una carcajada repentina, como una pequeña explosión.

– Venga, en serio, dime tu personaje.

– Charlie Brown, de verdad.

Dejó de reírse y me miró a la cara para comprobar si estaba bromeando o hablaba en serio. Llegó a la conclusión de que no bromeaba.

– Hemos dicho personajes literarios.

– ¿Sabes lo que dice Umberto Eco de Schulz?

– ¿Qué?

– No estoy seguro de reproducir la cita exacta, pero la idea es ésta: si poesía quiere decir capacidad para llevar la ternura, la piedad, la maldad a niveles de extrema transparencia, como si una luz pasase a través, entonces Schulz es un poeta. Y yo añado: Schulz es un genio.

– ¿Por qué Charlie Brown?

– Como sabes, Charlie Brown es el prototipo del perdedor. Su equipo de béisbol no gana jamás un partido, los otros niños se burlan de él, y él está perdidamente enamorado de una niña (la niña pelirroja) a la que nunca se ha atrevido a dirigirle la palabra y que ignora hasta que Charlie existe…