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¿Considerar la idea de cortejarte? ¿Contemplar la perspectiva de que entre nosotros pueda ocurrir algo?

Guerrieri, ¿cómo coño estás hablando? ¿La próxima vez que salgas con una mujer le vas a preguntar si se siente proclive a tomar en consideración la posibilidad de instaurar entre nosotros una relación que incluya la eventualidad de practicar entretenimientos sexuales? Así, con estas palabras, que quede claro, y haciendo salvedad del derecho potestativo a anular el contrato.

– ¿Por qué?

– Para empezar porque esto, para mí, es un asunto de trabajo y nunca hay que mezclar el trabajo con la vida privada.

Bien dicho, Guerrieri, una gran verdad. Qué pena que, en un pasado no tan lejano, te hayas atenido a esta regla de forma, cómo decirlo, más que flexible.

– ¿Y luego?

– Luego está el hecho de que, aunque no estuviese el trabajo entre medias, tú tienes veinte años menos que yo.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Pues quiere decir que no está bien. Quiere decir que cuando existe una diferencia tan grande de edad y de experiencias se corre el riesgo de que uno de los dos resulte herido.

– ¿Quieres decir que existe el riesgo de que yo resulte herida?

– Cabe la posibilidad.

– Eres un pedazo de vanidoso, aunque lo ocultes bien. ¿Y si fueras tú el que resultara herido?

– Es otra posibilidad muy poco deseable. En cualquier caso, se mire desde donde se mire, hay motivos de sobra para que nos olvidemos del tema. Y, ahora, yo diría que va siendo hora de que nos vayamos.

Me pareció que había salido dignamente del asunto, pero ella, al levantarse, me sacó la lengua y yo tuve de nuevo la ambigua sensación de que formaba parte de un juego que escapaba a mi control.

Nicoletta tardó casi un minuto en llegar para abrirnos la puerta.

Era una joven alta y delgada, de tez pálida, guapa pero de una belleza desvaída. La típica mujer que mejora mucho con la ropa y el maquillaje adecuados. No tenía una expresión simpática ni tampoco excesivamente inteligente. Caterina la abrazó, permaneció un buen rato estrechándola contra sí, y luego hizo las presentaciones. Nicoletta daba la mano lánguidamente, y la casa, en la que no parecía que viviera nadie más, olía a naftalina.

Atravesamos un pasillo poco luminoso y llegamos a la cocina, donde nos sentamos alrededor de una mesa de formica. Había algo impersonal y un poco rancio en aquella casa. Y había algo desagradable en su inquilina, aunque era difícil descifrar el qué. Pensé que, como buen investigador, debería pedir que me enseñara la habitación de Manuela, aunque lo más probable era que ya se hubieran llevado todas sus cosas y que ahora la ocupase otra inquilina.

– ¿Queréis un café? -dijo Nicoletta, con el tono de quien se ve casi obligado a garantizar el mínimo de hospitalidad exigido por el sindicato. Dijimos que sí, y al poco nos lo sirvió en unas tacitas viejas y desconchadas, parecidas a las de los bares. Caterina, después de tomarse el café, se encendió un cigarro, dejando la pitillera sobre la mesa. Nicoletta cogió también un pitillo y lo encendió con un gesto muy femenino, a tono con la manera con la que estrechaba -es una forma de hablar- la mano.

– Nico, el abogado Guerrieri te va a hacer ahora unas preguntas. Tú contéstale con toda tranquilidad. No tendrás ningún tipo de problema. Al abogado Guerrieri, como ya te dije, lo han contratado los padres de Manuela para que compruebe que a los carabinieri y a la fiscalía no se les ha escapado nada. Como es lógico, ha hablado conmigo y ahora va a hacerlo contigo, igual que con todas las personas cercanas a Manu. Pero, te repito, no tienes de qué preocuparte.

Caterina había adoptado la postura y hasta el tono de un policía cuando le toma declaración a un testigo. El hecho me produjo una cierta impresión.

– ¿De acuerdo?

– De acuerdo -dijo Nicoletta con una expresión poco entusiasta. Era mi turno.

– Ante todo, gracias por haber aceptado el hablar conmigo. Espero no hacerle perder mucho tiempo.

Ella asintió, sin que quedase muy claro si se trataba de un gesto de mera cortesía o si quería confirmar que lo de no hacerle perder mucho tiempo era una buena idea. Le hice, más o menos, las mismas preguntas que le había hecho a Caterina y ella me contestó, más o menos, de la misma forma. Luego llegamos al quid de la cuestión.

– Ahora, Nicoletta, si no le importa, me gustaría que me hablara un poco del ex novio de Manuela, de Michele Cantalupi.

– ¿Qué quiere saber de él?

Me pregunté si sería conveniente dar algún rodeo, acercarme poco a poco a lo que me interesaba. Me respondí que no existía razón alguna para hacerlo.

– Todo lo que usted pueda decirme de su relación con las drogas. Antes de que empiece, le recuerdo que esta conversación es absolutamente confidencial y que no referiré a nadie (y menos a la policía) lo que usted me cuente. Lo único que me interesa es saber si Michele Cantalupi ha tenido algo que ver, directa o indirectamente, con la desaparición de Manuela, y cómo.

– No tengo ni idea de si Michele tiene algo que ver con la desaparición de Manuela.

– Hábleme de la cocaína.

Nicoletta vaciló, luego miró a Caterina que le hizo una señal de asentimiento con la cabeza. Suspiró, y me contestó.

– Ante todo, lo único que sé es de la época en la que Michele y Manuela estaban juntos.

– ¿Quiere decir: lo único que sabe sobre la cocaína?

– Sí.

– Cuénteme.

– Él siempre tenía coca.

– ¿Mucha?

– Nunca vi cuánta cantidad, pero siempre llevaba.

Hubo algo en su forma de responder a esa pregunta que me indicó que no estaba contándome la verdad. Estuve seguro de que Nicoletta había visto la cocaína y había visto que no era una cantidad escasa.

– ¿Traía coca también aquí, a su casa?

Vaciló de nuevo, y luego asintió con la cabeza.

– ¿Manuela consumía?

– Creo que sí…

– ¿Sólo lo cree?

– Alguna vez esnifaba.

– ¿También aquí?

– Un par de veces.

– ¿Con Michele?

– Sí.

Por la forma en la que estaba contestando, por la tensión, que notaba cómo iba en aumento, pensé que era conveniente cambiar de tema durante unos minutos.

– Cuando se acabó la historia con Michele, Manuela tuvo un novio aquí, en Roma, ¿no es así?

Esa pregunta la relajó visiblemente.

– Salió algunas semanas con un tío, pero fue un rollete sin importancia.

– ¿Conoció a ese joven?

– Sólo lo vi una vez. Vino a cenar una noche.

– ¿Hasta cuándo estuvieron saliendo juntos?

– Lo dejaron antes del verano. A Manuela, en realidad, no le gustaba. Salía con él porque se aburría, para pasar el rato.

– ¿La ruptura tuvo consecuencias?

– ¿En qué sentido?

– ¿Lo dejaron amistosamente o hubo problemas, como con Michele?

– Es que ni siquiera eran novios, novios. Quedaron unas cuantas veces, y ya está. Fue un rollo sin importancia, creo que a las pocas semanas ella le dijo que no le apetecía seguir con la historia y, bueno, la cosa acabó ahí, sin problemas.

– Cuando Caterina y usted hablaron por teléfono barajaron la posibilidad de que Michele tuviese algo que ver con la desaparición de Manuela, ¿es así?

Nicoletta miró a Caterina que volvió a asentir, dándole permiso para contestar.

– Sí, pero fue algo que dijimos, no sé, por decir algo… Michele es un tío muy violento, su historia acabó muy mal…

– ¿Michele trafica con droga, además de consumirla?

– No lo sé, lo juro.

Tuve una idea inesperada.

– ¿Manuela tenía cocaína, al margen de Cantalupi? ¿Trajo aquí drogas, incluso cuando él no estaba en Roma?

Caterina cambió de postura y por el rabillo del ojo vi que no parecía sentirse tan cómoda como lo había estado hasta ahora. El rostro de Nicoletta expresaba con toda claridad lo que pensaba: ya sabía ella que no tenía que haber aceptado hablar conmigo. Había sido un error del que se estaba arrepintiendo.