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– ¿Dónde me llevas?

– ¿Dónde te gustaría ir?

– ¿Te apetece que vayamos a comer erizos de mar a la Forcatella?

La Forcatella es un barrio de pescadores en la costa sur, apenas pasado el límite entre las provincias de Bari y Brindisi. Es una localidad famosa por sus erizos de mar, riquísimos.

El coche se deslizó, ágil y silencioso, por la autopista rodeada de campos. Las nubes eran blancas y grandiosas como en las fotos de Ansel Adams. La primavera parecía a punto de inundarlo todo y producía una sensación de euforia exultante y peligrosa. Yo intentaba concentrarme en la conducción y en sus gestos específicos -cambiar de marchas, tomar despacio las curvas, mirar por el espejo retrovisor- y no pensar.

Había poca gente y conseguimos mesa cerquísima del mar. Con sólo dar dos o tres pasos se podía tocar las olas, que rompían delicadamente contra la escollera, el aire estaba inundado de olores y, en el horizonte, el azul del mar marcaba una frontera nítida, perfecta y necesaria con el azul del cielo.

Maldita sea, exclamé mentalmente mientras me sentaba frente a ella.

Pedimos cincuenta erizos y una garrafa de vino helado. Poco después, otros cincuenta y otra garrafa. Los erizos eran grandes y llenos: pulpas naranja de sabor misterioso. Junto al vino frío y ligero, se subían suavemente a la cabeza.

Caterina hablaba, pero yo no prestaba atención a sus palabras. Sólo escuchaba el sonido de su voz, observaba los movimientos de su rostro, miraba sus labios. Pensé que me gustaría tener una foto suya para conservarla.

Una idea absurda que, sin embargo, provocó otras muchas, entre ellas la de olvidarlo todo. Es más, durante unos minutos, me pareció que era eso lo que había decidido, olvidarlo todo, y durante esos minutos experimenté una sensación de dominio absoluto, de equilibrio inestable y perfecto. La perfección que sólo tienen las cosas provisionales, destinadas a acabar pronto.

Me acordé de unas vacaciones que pasé recorriendo Francia en coche, con Sara y unos amigos, ya hacía muchos años. Llegamos a Biarritz, la atmósfera como de otra época de aquel sitio nos gustó mucho y decidimos quedarnos unos días. Allí tomé algunas clases de surf y, después de innumerables intentos fallidos, conseguí mantenerme de pie sobre la tabla tres, cuatro segundos. En ese momento entendí por qué los surfistas -los verdaderos surfistas- están tan locos y por qué lo único que les interesa en la vida es coger una ola y permanecer allí el mayor tiempo posible. El resto se la suda. No hay nada tan perfecto como esa provisionalidad.

Mientras escuchaba el sonido de la voz de Caterina y sentía en la boca el sabor dulce y salado de los últimos erizos, me pareció estar sobre una tabla de surf que cabalgaba sobre la ola del tiempo, en un instante interminable y perfecto.

Me pregunté cómo recordaría ese instante. Fue entonces cuando me caí de la ola y recordé el motivo por el que estaba allí.

Poco después nos levantamos de la mesa.

– ¿Qué piensas hacer? -me preguntó mientras nos dirigíamos hacia el coche.

– ¿Con respecto a qué?

– A tu investigación. Me hablaste de un camello al que querías enseñarle una foto de Michele.

– Ah, sí. Todavía estoy dándole vueltas a eso. Puede que, al final, no haga falta. Se me ha ocurrido otra idea.

– ¿Cuál?

– Venga, vamos al coche y ahora te la cuento.

El coche, con el morro dirigido hacia el mar, estaba en una explanada que en verano está siempre llena pero que esa tarde, en cambio, estaba desierta.

– Espera, quiero fumarme antes un cigarro -dijo ella, sacando su pitillera de colores del bolso.

– Puedes fumar en el coche, si quieres.

– No, odio que mi coche huela a tabaco, así que me imagino lo inaguantable que debe ser para alguien que no fuma, como tú.

Estuve a punto de decirle que yo también había sido fumador, durante muchos años, y que yo también detestaba, ya entonces, el pestazo a tabaco dentro del coche. Pero luego pensé que ya había llegado el momento de dejar de prolongar la situación. Tenía que coger el toro por los cuernos. Así de simple.

– Hay una cosa que me gustaría preguntarte.

– Dime -dijo ella, exhalando el humo de la primera calada.

– ¿Sabes si Manuela tenía dos móviles?

35

La sorpresa hizo que el humo se le atravesara en la garganta y rompió a toser violentamente. Igual que en una comedia mediocre.

– ¿Qué quieres decir con eso de dos móviles?

– ¿Manuela tenía un solo teléfono o más de uno?

– No sé…, creo que sólo uno. ¿Por qué me lo preguntas?

En su voz vibraba ahora una nota de impaciencia que viraba hacia la agresividad.

– Me han dicho que Manuela, probablemente, tenía dos teléfonos, y he pensado que tú deberías saber si eso era así.

– ¿Quién te lo ha dicho?

– ¿Qué importa eso? ¿Sabes si tenía dos números de teléfono, sí o no?

– No lo sé. Yo sólo hablaba con ella por un número.

– ¿Te lo sabes de memoria?

– No, ¿para qué? Lo tenía en la memoria de mi móvil, ¿para qué iba a aprendérmelo?

– ¿Lo tienes todavía?

– ¿El qué?

– El número de Manuela. ¿Lo tienes todavía en la memoria del móvil?

Me miró con los ojos desorbitados. No sabía qué era lo que estaba pasando exactamente, pero comprendía que no era nada bueno, así que se puso agresiva.

– ¿Se puede saber qué coño quieres? ¿A qué coño vienen estas preguntas?

– ¿Has cambiado de teléfono después de la desaparición de Manuela?

– No. Puedes decirme…

– ¿Has borrado el nombre de Manuela de tu teléfono?

– No, claro.

– ¿Me dejas que vea la memoria de tu móvil?

Me miró con una expresión perpleja que se deformó rápidamente en una mueca de rabia mientras tiraba al suelo lo que le quedaba del cigarro.

– Vete a tomar por culo. Abre el coche, arranca y llévame a casa.

Apreté el botón del mando a distancia y el coche se abrió, con un clic suave e inevitable. Caterina se metió dentro en el acto; yo me reuní con ella apenas unos segundos después, pero me hubiera gustado estar en otra parte. Muy lejos.

Durante un minuto, quizá más, ninguno de los dos dijo una sola palabra.

– ¿Se puede saber por qué no arrancas?

– Necesito que me hables del segundo móvil de Manuela.

– Y yo necesito que me dejes en paz de una puta vez y que me lleves a casa. No pienso decirte nada.

– Si quieres, te llevo a casa, pero inmediatamente después iré a los carabinieri, eso lo sabes, ¿verdad?

– Por mí, como si te tiras debajo de un coche, es más, es lo mejor que puedes hacer.

Su voz se estaba quebrando. Por los nervios, cierto, pero también por el miedo, que estaba empezando a desbordarse.

– Si acudo a los carabinieri tendré que contarles que Manuela tenía un segundo teléfono del que nadie sabía nada. Ellos localizarán rápidamente el número de ese teléfono y conseguirán el listado de las llamadas. Y entonces habrá que explicar un montón de cosas, en condiciones mucho más desagradables que éstas.

No respondió. Bajó su ventanilla, cogió un cigarro y lo encendió. Sin preguntarme si podía hacerlo, sin preocuparse por el mal olor. Fumaba y miraba hacia delante, hacia el mar. Yo pensaba que era increíble cómo el miedo y la rabia podían deformar un rostro tan hermoso, hasta volverlo feo.

– Creo que será mejor que me cuentes todo lo que no me has dicho hasta ahora. Y creo que será mejor que me lo cuentes a mí, ahora, y no a los carabinieri y al fiscal, en condiciones muy distintas. Puede que así haya forma de limitar los daños.