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Llovía.

John Polidori acarició los folios que contenían el principio del cuento, se reclinó en la silla y estiró las piernas sobre el secrétaire. Se abandonó a un sosegado reposo y entonces dejó que el humo se deslizara por su garganta con la misma morosidad que gobernaba su aliento. Inspiraba los mágicos espíritus que, a su paso, iban adormeciendo la materia sufriente y vil. Exhalaba y entonces, junto con el humo azulado, se despojaba, como en un íntimo exorcismo, de los horribles demonios de la cotidianidad. Se abrazó a los folios.

John Polidori entraba en un extraño umbral, una lúcida duermevela que lo transportaba a alturas nunca transitadas. Ascendía por una espiral de piedra. Inmediatamente reconoció en aquella construcción la mágica Rundetaam. Tenía la inequívoca certeza de que esa torre redonda, desprovista de escaleras, no podía ser sino aquella cuya cima alcanzaba el Rey Christian IV montado en su caballo. Entonces John Polidori cabalgaba un alazán de crines de bronce hasta llegar a la cúspide, desde donde dominaba todos los reinos a uno y otro lado del Báltico. Con rictus magnánimo, parsimonioso, aspiraba la segunda bocanada. Ahora cruzaba un monte de árboles negros; sobre las ramas acechaban calaveras desde cuyas cuencas asomaban ojos de búho. No sentía el menor temor. Al galope, entraba en un sendero precedido por un cartel en el cual se leía: "Villa Diodati". Trepaba las escaleras del atrio montado en el caballo y entraba en un gran salón: desde sus alturas ecuestres contemplaba, con una mezcla de compasión y repugnancia, cómo aquellos seres minúsculos fornicaban en confuso montón cual miserable jauría de hienas. Lord Byron, de rodillas, bañado en un sudor hediondo, lamía la lengua de Percy Shelley al tiempo que penetraba a Mary, quien, a su vez, mordisqueaba los pezones de su hermana Claire hasta hacerlos sangrar. Entonces él, el humillado secretario, el hijo del escribiente, el medicastro hipocondríaco, el ridículo Polly Dolly, era ahora la mano de Dios. Ungido de esa misma piadosa ira, elevaba la diestra hacia el cielo y de la nada hacía hierro y del hierro una espada. El caballo, rampante, se erguía sobre las patas traseras y de inmediato iniciaba una veloz carrera sobre la alfombra roja. Polidori cabalgaba alrededor de aquel grupo de animales que, aterrados, imploraban clemencia. Al galope, con la destreza de un cosaco, con una mano tomaba a Lord Byron por los cabellos y, con la otra, empuñaba la espada. Un único y exacto golpe de sable y la cabeza de Byron pendía ahora, gesticulante y locuaz, de la diestra de John William Polidori. Los ojos miraban alternativamente hacia arriba y hacia abajo, a izquierda y derecha, hasta que se topaban con la imagen de su cuerpo que, ajeno a su nueva condición, no dejaba de fornicar con Mary. La cabeza de Byron, suspendida por los cabellos, iniciaba un enloquecido soliloquio: suplicaba, maldecía, lloraba, daba unos desgarradores alaridos o bien se reía con unas demenciales carcajadas. Polidori, harto de escucharlo, tomaba un pañuelo, lo metía dentro de la boca de su Lord e inmediatamente guardaba la cabeza en la alforja de la montura.

Desde la planta superior llegaban unas voces que le resultaban extrañamente familiares. Polidori se apeaba, se cruzaba la talega al hombro y subía las escaleras.

Los gemidos provenían -ahora lo podía discernir- de su propio cuarto. Entraba pero no veía a nadie.

– Os estaba esperando -decía una ardiente voz femenina. De pronto, la silla de su escritorio giraba sobre su eje y entonces, frente a los ojos ensoñados de John Polidori, se presentaba una mujer de una hermosura como jamás había visto. Estaba completamente desnuda, una pierna descansaba sobre el brazo de la silla y la otra sobre el pie giratorio. John Polidori no tenía una especial predilección por las mujeres; sin embargo, se dijo, era un ser más bello que el propio Percy Shelley, cuya hermosura, según se lo había confesado a sí mismo con derrotada resignación hecha de objetividad, envidia y lujuriosa apetencia, no tenía igual. Era, exactamente, la perfecta versión femenina de Shelley.

– Soy Annette Legrand -decía y le extendía la mano cuyo índice descansaba hasta recién sobre sus labios.

John Polidori se arrodillaba a sus pies y besaba su mano con devoción. Desde el interior de la alforja que colgaba de su hombro llegaba el lamento en sordina de la cabeza de Byron que se agitaba como un pescado agonizante.

Annette Legrand se humedecía el índice entre sus labios y así, con la yema del dedo anegada en una saliva dulce y transparente, trazaba un sendero que se iniciaba en su pezón -rosado y turgente- y finalizaba en el rubio vellón del pubis.

Sin decir palabra, Annette Legrand se incorporaba, besaba largamente los labios de John Polidori y tomándolo suavemente por debajo de las axilas le cedía la silla. La talega se agitaba en el suelo y ahora la voz suplicante de Byron empezaba a hacerse inteligible, como si de a poco se fuera liberando de la mordaza del pañuelo. Sin dejar de mirar a su amante, Polidori tomaba el candelabro que descansaba sobre el escritorio y lo arrojaba, con vigorosa puntería, hacia la alforja. El golpe sonaba a hueso partiéndose. Annette Legrand desabrochaba, uno a uno, los botones de la bragueta de Polidori y extraía de su interior el magro, aunque gracioso, trofeo que presentaba la apariencia de un tímido champiñón. Annette Legrand se incorporaba, se alejaba unos pasos sin darse vuelta y le extendía a John William Polidori unas cuartillas manuscritas en cuya portada se leía: EL VAMPIRO, y más abajo, Segunda parte.

– Ésta es mi parte del pacto -decía con una voz que a Polidori se le antojaba la cuerda de un cello.

El secretario de Byron abrazaba las cuartillas, cerraba los ojos y posaba su mejilla sobre el lomo.

– ¿No vais a leerlo?

– No es necesario, me bastó con leer la primera parte.

Annette Legrand se arrodillaba a los pies de Polidori y se disponía a cobrar su parte del contrato.

5

John Polidori, sin dejar de abrazar las cuartillas, las piernas abiertas, tembloroso y jadeante, contempló su pequeño miembro mientras Annette Legrand lo recorría con la punta de la lengua. La alforja que contenía la cabeza de Lord Byron -en apariencia definitivamente exánime junto a la puerta de la habitación- comenzó nuevamente a dar unas sacudidas convulsivas acompañadas de un sordo farfullido. John Polidori disfrutaba postergando el pago, cosa que se manifestaba en unas breves convulsiones que inflamaban el glande violáceo. Annette Legrand sintió entre sus dedos los fluidos que iban y venían, lo cual, se diría, no parecía provocarle más que una desesperante ansiedad que pronto habría de convertirse en fastidio. Y cuanto más conminaba a su amante a que de una vez por todas le entregara su parte del pacto, John Polidori, en la misma proporción, tanto más demoraba su cumplimiento.

Como contra su voluntad, el secretario finalmente pagó. Fue una retribución voluptuosa, volcánica, copiosa. Una remuneración que a Polidori le pareció excesiva. Annette Legrand bebía de aquella fuente con una sed que se diría desértica. Trasegaba con la misma voracidad que un animal, los ojos en blanco, extasiada.

John Polidori permanecía abrazado a las cuartillas, los párpados fuertemente apretados, temblando como una hoja.

No habían cesado aún los estertores paroxísticos, cuando escuchó una voz áspera, aguardentosa, que parecía provenir del fondo de una caverna. Abrió los ojos y entonces John Polidori presenció el espectáculo más horrendo que jamás viera: aquella mujer que hacía unos instantes había rendido toda su hermosura a sus pies, se incorporó súbitamente. Con espanto, John Polidori vio erguirse frente a sí una suerte de reptil aproximadamente antropomorfo, una pequeña figura cubierta de una pelambre arratonada. Annette Legrand se alejó con movimientos de roedor hacia una rejilla que se abría en la pared por encima del zócalo. Levantó la tapa y, con la misma presteza de una rata, se perdió hacia las oscuras oquedades del ignoto desagüe. Polidori se miró a sí mismo con repugnancia. Vomitó sobre sus pies todo cuanto albergaban sus tripas.