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El farfullo de la cabeza de Byron de súbito se hizo completamente inteligible, como si se hubiese liberado por completo de la mordaza. El secretario pudo escuchar una carcajada hecha de malicia. Abrió los ojos y entonces, de pie junto al vano de la puerta, vio a su Lord, de cuerpo entero, con la cabeza puesta donde habitualmente solía llevarla.

– Mi pobre Polly Dolly… -repetía Byron sin poder concluir la frase a causa de los incontenibles accesos de risa.

Lord Byron abrió la puerta y, por encima de sus hombros, Polidori pudo ver a Mary, Claire y Percy Shelley que, riéndose al borde de la asfixia, contemplaban su patética humanidad: doblado sobre sí mismo abrazado a una carpeta, desnudo y emporcado con el contenido de sus propias tripas.

6

Tres días permaneció John Polidori encerrado en su habitación. Annette Legrand había tenido la infinita benevolencia de procurarle tres botellines que, con puntual cumplimiento, pasaba a recoger durante la noche mientras Polidori dormía luego del fatigoso y vergonzante trámite que le demandaba llenarlos. A cambio, y con simétrica honradez, la trilliza le dejaba las cuartillas correspondientes sobre el escritorio, junto al candil. Cuando finalizó el contrato, John Polidori presentaba un aspecto lamentable.

Por cierto el volumen de los botellines -que, según habían estipulado, debían estar llenos hasta el tope- era lo suficientemente generoso como para que el secretario quedara por completo asténico. Pálido, con unas profundas ojeras violáceas y un temblor incontrolable en la diestra, John Polidori tenía, por fin, su relato concluido.

Leyó y releyó "su" obra. Con letra redonda y femenina transcribió, palabra por palabra, el manuscrito y, para que no quedara una sola duda sobre su autoría, se aseguró de hacer un cuaderno en cuya tapa escribió: "El vampiro, apuntes preliminares para un relato". Eran cincuenta folios de anotaciones escritas con escrupulosa desprolijidad, con una letra perfectamente ininteligible -a lo cual, desde luego, contribuyó el involuntario temblor-. Y tanta era la convicción que había puesto, que hasta llegó a persuadirse de la paternidad del manuscrito. Hacía correcciones que luego, con idéntico empeño, deshacía hasta volver al texto original.

Luego de tres días y tres noches de trabajo de corrección sobre corrección, de idas y vueltas, el texto final de El vampiro no difería en un punto ni una coma de los manuscritos primigenios. Cuando estuvo completamente terminado, se aseguró de destruir, sin ningún remordimiento, las pruebas de la ignominia: fiel a las enseñanzas de la autora, se devoró las cuartillas, página por página, de modo que el texto se hiciera carne.

7

Al cuarto día, John William Polidori salió de su habitación. Estaba impecable. Aquélla era la noche en la que, según lo estipulado, cada uno debía leer, a las doce en punto, la historia prometida. Desde lo alto de la escalera, John Polidori pudo ver el salón especialmente preparado para el acontecimiento: cuatro candelabros ubicados en los ángulos del salón proyectaban una luz mortecina que apenas iluminaba la mesa. A través de los ventanales entraba el resplandor de un cielo gris hecho de nubes que, filtrado por las cortinas purpúreas, le confería a la sala un sino de recinto mortuorio. Lord Byron y Percy Shelley ocupaban sendas cabeceras. Mary y Claire, los laterales. Todos con sus respectivos manuscritos delante de sí. Nadie había percibido la omnisciente mirada de Polidori, quien, en lo alto de la escalera, quedaba envuelto en la más absoluta penumbra. En rigor, nadie esperaba que el secretario acudiera a la cita. Polidori tardó en percatarse de que ni siquiera le habían reservado un lugar en la mesa. Una indignación corrosiva le atravesó la garganta. Sin embargo, aquel original que traía bajo el brazo era suficientemente disuasivo: no valía la pena descargar su ira en esos pobres engreídos.

– Veo que no me esperaban -se limitó a decir amablemente mientras bajaba las escaleras con paso afectado.

Lord Byron no atinó a articular palabra y le cedió su propia silla. Polidori le rogó que volviera a tomar asiento. Prefería permanecer de pie. Se dijo que así resultaría mucho más elocuente. Las normas indicaban que alguna de las dos mujeres debía iniciar la lectura. Pero era tal la excitación de Polidori que, sin que nadie le cediera la palabra, abrió el cuaderno y empezó a leer:

En aquel tiempo apareció, en medio de las frivolidades invernales de Londres, en las numerosas reuniones a que la moda obliga en esta época, un lord más notable aun por su singularidad que por su alcurnia…

John Polidori leía con pausa y, alternativamente, posaba su mirada maliciosa sobre los azorados rostros del reducido auditorio. Sin levantar la vista de su Lord, continuaba:

Su originalidad hacía que fuera invitado a todas partes. Todos querían conocerlo y aquellos a quienes, habituados desde siempre a las emociones violentas, la saciedad les hacía por fin sentir el peso del tedio, se felicitaban de encontrar algo que de nuevo despertase su interés adormecido.

El oscuro secretario caminaba alrededor de la mesa mientras leía. Y a la vez que con sus arteras miradas buscaba multiplicar el impacto de las palabras, comprobaba que estaba suscitando el exacto efecto buscado: su auditorio estaba cautivado. Las alusiones a los presentes eran de una sutileza tal que, si alguien se hubiese ofendido, habría pasado por un verdadero idiota.

Aubrey -leyó mirando fijo a los ojos de Shelley-, tendido en su lecho de dolor y poseído de una fiebre devoradora, llamaba, en los accesos de delirio, a Lord Ruthwen -y entonces clavaba sus ojos en Byron- ya Ianthe -leía y desplazaba la mirada hacia Claire-. A veces suplicaba a su antiguo compañero de viajes que perdonase a su amada…

Polidori leyó ininterrumpidamente, frente a las atónitas miradas del auditorio, hasta el final del relato:

…Lord Ruthwen había desaparecido y la sangre de su infortunada compañera había aplacado la sed de un vampiro -concluyó.

Polidori cerró el cuaderno. Se produjo un silencio sepulcral hecho de miedo, asombro y respeto.

– Bien, estoy ansioso por escuchar vuestros relatos dijo el secretario.

Byron se puso de pie, tomó sus cuartillas y las arrojó al fuego. Claire y Shelley lo imitaron. Polidori intentó un estudiado gesto de contrariedad. Entonces Mary abrió su cuaderno y se dispuso a leer. En el preciso momento en que estaba por pronunciar el título, John Polidori, con deliberado desinterés y el propósito avieso de resultar ofensivo, interrumpió:

– Debo disculparme, me retiro a mi habitación. Tengo cosas importantes que hacer.

En el momento en que cerraba la puerta de su cuarto, creyó escuchar que Mary pronunciaba "Frankenstein". Se rió con ganas del error de percepción.

8

John William Polidori era el hombre más feliz del mundo. No bien llegara a Londres, entregaría al editor de Byron -nada más humillante para su Lord- los manuscritos de El vampiro. Sin embargo, de pronto se dio cuenta de que el texto -que estaba llamado a abrir caminos- resultaba, pese a su genialidad y oscura luminosidad, escaso para que su nombre ascendiera a la gloria de la posteridad. Y mientras contemplaba el raquítico cuaderno -que no excedía los cincuenta folios- se dijo que un solo cuento, por más sublime, original y novedoso que fuera, era nada comparado, por ejemplo, con la obra de su Lord. Ya podía imaginar las ironías de Byron acerca de las Obras completas de su secretario. De pronto lo invadió una desazón más profunda que el lago que ahora contemplaba a través de la ventana. Miraba más allá de la cortina de agua que caía, oblicua e incesante, y trataba de distinguir la pequeña luz sobre la montaña. Pero no pudo percibir ningún indicio. Pese a la repugnancia, se dijo que estaría dispuesto a dar cualquier cosa a cambio de un nuevo libro.