Dios sabe cómo John Polidori alcanzó la orilla opuesta del lago. Por completo ajeno a su propia epopeya, reptaba sobre las rocas que, verdes de musgo, eran tan inasibles como su propio juicio. Ni siquiera había reparado en que acababa de rebatir la segunda afirmación de su Lord: ciertamente, cruzar un apacible río a nado era poca cosa en comparación con su reciente proeza. Estaba, por fin, al pie de la montaña. Entre dos rocas y más allá de los restos negruzcos y todavía erguidos de un árbol incinerado por un rayo, se iniciaba un camino tortuoso que trepaba por la falda de la montaña. Ni siquiera se detuvo a respirar. Con paso firme, ascendía por el pequeño sendero de lajas a cuya vera se doblaban, a causa del viento, unos pinos funerarios. Desde su perspectiva, John Polidori no alcanzaba a divisar la cima, sino el oblicuo muro de la ladera entre cuyas rocas caían furiosas columnas de agua que, como rápidos, arrastraban todo cuanto osaba interponerse a su paso. Al otro lado estaba el abismo. John Polidori ni siquiera había reparado en que más allá de los arbustos que se agitaban a su diestra se iniciaba un precipicio cuyo fondo quedaba oculto bajo las nubes que la montaña atravesaba. Las piedras que pisaba rodaban hasta el extremo de la cornisa y se caían al abismo hasta perderse en aquella negrura de profundidades inconmensurables. El lago era ahora una lejana pradera gris y fantasmagórica que, como un enorme cadáver, yacía bajo un sudario de nubes. El secretario había alcanzado la cima de la montaña.
La luz que veía Polidori desde su habitación provenía de un ventanuco que brillaba en lo alto. La casa resultó ser un pequeño y antiguo castillo ganado a la roca, una diminuta acrópolis horadada en la piedra que, como un alcázar, dominaba los cuatro vientos de Ginebra hasta sus confines. Unas enormes puertas cuyos herrajes medievales se afirmaban a la roca precedían a una suerte de nave principal que se unía a la ladera de la montaña. John Polidori no tuvo más que empujar una de las hojas para deslizarse hasta el interior. Cerró la puerta a sus espaldas. Tuvo que acostumbrarse a la oscuridad para ver, apenas, por dónde caminaba. A tientas llegó hasta un recinto a través del cual corría un viento más fuerte aún que el del exterior. Conforme sus retinas se iban adecuando a la penumbra, empezó a configurarse frente a sus ojos un paisaje desolador: como una ciudadela diezmada por la peste, aquel sitio había sido recientemente abandonado. Aquí y allá se esparcían prendas femeninas, restos de comida y papeles que no habían llegado a consumirse por el rescoldo de las brasas de la hoguera. Reinaba un hedor confuso hecho de antagónicos aromas provenientes de distintos sectores de la casa que parecían converger en aquella sala. John Polidori pudo distinguir un perfume. Caminó tras su huella hasta llegar a una habitación: dos camas idénticas cubiertas de idénticas cobijas, sobre cuyas idénticas cabeceras velaban dos idénticos Cristos. Dos mesas de noche -idénticas también- con idénticos candelabros cuyas velas estaban idénticamente consumidas.
John Polidori salió de la habitación tratando de identificar la procedencia de aquel hedor acre. Era, se dijo, un olor nauseabundo semejante al que se respiraba en los baños públicos de los figones o, más precisamente, en los prostíbulos más sórdidos de Grecia. Y creyó reconocer en esa pestilencia el aroma del fondillo de sus propios pantalones. Caminaba por un estrecho pasillo ascendente que pronto se convirtió en una escalera de dispares peldaños, que a su vez concluía en una puertecita de diminuto dintel. Aquella habitación, la que estaba tras la puerta, era sin duda la fuente de aquel olor irrespirable. Tuvo que agacharse para no darse la frente contra el travesaño. El cuarto era de un tamaño mínimo y, por cierto, inhabitable hasta para un animal. Un pequeñísimo lecho de paja y un mínimo pupitre bajo la ventana: eso era todo. El resto de una vela todavía ardía. Se acercó hasta la ventana y allí, al otro lado del lago, pudo ver la totalidad de la Villa Diodati y, exactamente en el centro, la ventana de su habitación. Bajo el pupitre había un pequeño arcón. Polidori lo tomó por una de las asas y lo abrió con avidez.
Vio centenares de papeles prolijamente acomodados. El primero, comprobó, era su propia carta, la misma que escribiera el día anterior. Más abajo había unas cuartillas: los apuntes para El vampiro. Extrajo el cuaderno y entonces, debajo, apareció un grueso atado de cartas. Reconoció inmediatamente la letra de la primera, pero tardó en creerlo. Cuando leyó la rúbrica, creyó morir de espanto. Y aún no había leído el contenido.
11
Conocía la letra de su Lord mejor que la de su propio puño. ¿Pero qué hacía una carta de Byron allí, en los repugnantes antros del monstruo sólo conocido por él, el sombrío Polidori? Y cuanto más leía y releía el encabezamiento, tanto menos podía entender, como si aquellas letras claras y redondas fuesen incomprensibles caracteres de un idioma desconocido.
Abominable musa de las tinieblas:
Acabo de leer la segunda parte de vuestro Manfred -o acaso debería decir "mi" Manfred y debo confesaros que, si los primeros versos eran alentadores, los siguientes son sencillamente cautivantes. Tienen un decidido tono byroniano, lo cual, por cierto, los hace verdaderamente exquisitos. Espero que os hayáis alimentado con provecho (no podríais quejaros de la abundancia de vuestra última cena) y, a juzgar por vuestra producción literaria, mi fluido vital parece haberos llenado de mi primorosa inspiración. El niño Manfred tiene las cualidades de su noble padre. En verdad me gusta. Si continuáis por el mismo camino, acabaré por enamorarme. Ignoro de dónde proviene vuestro maléfico talento, de dónde habéis tomado la voz de Manfred que, entre las heladas paredes de aquella catedral gótica, sin duda, resuena desterrada y dramática, idéntica a la mía. Aquella culpa, infinita e irremisible, es el remordimiento anticipado que, lo sé, habrá de atormentarme hasta el último de mis días. No hace falta que os diga por qué. No he leído el Fausto -ignoro el alemán-, pero casualmente hace muy poco tiempo mi amigo Matthew Lewis me tradujo, viva voce, un largo fragmento y no he podido evitarla misma viva impresión que me produjo la lectura de Manfred. ¡Cuánto desearía ser como vuestro héroe y tener su mismo temple ante las tentaciones! Pero como veis, ni siquiera puedo resistirme a la de aceptar la paternidad de Manfred.
John Polidori no pudo evitar sentirse el más imbécil de los hombres. Tenía la misma amarga e inconsolable desazón del marido engañado.
Este fragmento es casi literal respecto de otro que aparece en las cartas de Lord Byron a Murray. Solamente lo confortaba la idea de que su Lord, aquel magnánimo poeta, era tan miserable como él mismo.