Выбрать главу

Griselda tardó un poco en salir de su asombro, en darse cuenta de que sí, en efecto le había hecho un cumplido, y no precisamente baladí. Sintiéndose súbitamente desnuda, entró en la tienda, cerró la puerta y entonces vaciló. Con la punta de un dedo apartó un poco la persiana y observó cómo se alejaba Stokes, recreándose en su elegante silueta, el musculoso garbo de sus pasos, hasta que subió al coche de punto y cerró la portezuela.

Con un suspiro acallado, soltó la persiana y escuchó el chacoloteo del caballo alejándose despacio.

Esa noche, Barnaby hizo algo que no había hecho nunca. A poyó un hombro contra una pared del salón de una elegante matrona y estudió a una joven dama por encima de las cabezas de los invitados.

Por una vez agradeció que la matrona en cuestión, lady Moffat, tuviera un salón cuyo reducido tamaño no diese cabida a su larga lista de amigos y conocidos. Pese al éxodo constante de familias de buen tono que abandonaban la capital, aún quedaban suficientes para garantizar que el gentío que atestaba aquella estancia limitada le prestara un buen amparo.

En las altas esferas, dicho amparo menguaba día tras día. Justo cuando, por primera vez en su vida, tenía necesidad de él. Su madre se desternillaría de risa si supiera que se hallaba en tales apuros.

Aún se reiría más si le viera.

No tenía ninguna pregunta que hacer a Penelope y sin embargo, allí estaba, observándola. Había decidido que, puestos a obsesionarse con ella, más valía hacerlo en persona que quedarse en casa mirando el fuego y viendo su rostro en las llamas. A solas, no apartaría su pensamiento de ella; ningún otro tema, ni siquiera el desconcertante caso que le había planteado, servía para romper el hechizo.

La parte más cuerda y racional de su ser opinaba que debía resistir con tesón a su atractivo. El resto de él, movido por una faceta más primitiva que hasta entonces creía no poseer, ya se había rendido a sus encantos. Como si la idea que revoloteaba por los recovecos de su mente fuera inevitable. Como si hubiera una verdad que no podía, que no sería capaz de negar por más que se empeñara.

Su yo más sofisticado se mofaba y le aseguraba que la dama simplemente le intrigaba por ser tan distinta a las demás que había conocido. Su yo más primitivo hacía caso omiso. Su yo más primitivo observaba, entornando cada vez más los ojos, a los hombres que pululaban en torno a ella. Cuando Hellicar se sumó a ellos pavoneándose, Barnaby renegó para sus adentros, se apartó de la pared y fue a su encuentro.

Penelope se mantenía en sus trece ante el fastidioso puñado de pretendientes cuando entrevió a Barnaby entre el gentío. El torbellino de emociones que sintió al ver que se dirigía hacia ella fue toda una advertencia: excitación, temor y seductor estremecimiento, toda una novedosa y perturbadora mezcla.

Ordenando con severidad a sus estúpidos sentidos que aguantaran, volvió a centrarse en el aristocrático semblante de Harlan Rigby. En ese momento estaba perorando sobre los placeres de la caza, actividad con la que Penelope estaba muy familiarizada, habiéndose criado en Leicestershire con hermanos muy aficionados a las cacerías. Por desgracia, a Rigby no le entraba en la cabeza que una mera mujer pudiera saber nada al respecto. Aún era más lamentable, dado que poseía una considerable fortuna junto con un aspecto pasable, que ni siquiera Hellicar en sus momentos más corrosivos hubiese minado la seguridad en sí mismo de Rigby y mucho menos le hubiese abierto los ojos al simple hecho de que la senda hacia sus favores no pasaba por menospreciar su inteligencia.

Rigby era un problema que aún tenía que aprender a tratar.

Barnaby apareció, y por arte de magia convenció a los caballeros más jóvenes para que le hicieran un sitio a su lado. Eso la dejó flanqueada por él y Hellicar, pero aún de cara a Rigby.

Con una cordial sonrisa, dio su mano a Barnaby. Rigby interrumpió su pesado discurso mientras Barnaby hacía una reverencia e intercambiaba saludos con ella, pero entonces Rigby tomó aire y abrió su bocaza…

– El ambiente parece muy cargado. -Aparentemente ajeno a Rigby, Barnaby retuvo su mirada. No le había soltado la mano y le estrechó suavemente los dedos. -Hace frío para pasear por la terraza, pero quizá le apetezca dar una vuelta por el salón. -Enarcó las cejas. -Creo que está comenzando un vals, ¿me haría usted el honor?

Penelope sonrió encantada. Cualquiera que la salvara de Rigby y sus opiniones sobre la mejor manera de cruzar perros de caza merecía su eterna gratitud.

– Gracias. Resulta bastante opresivo. Un vals será lo más indicado.

Inclinando la cabeza, Barnaby puso la mano de Penelope en su brazo, cubriéndola con sus dedos.

Con los nervios de punta por el sutil contacto, ella se volvió hacia su círculo de superfluos admiradores.

– Si nos excusan, caballeros.

La mayoría había observado con interés el jueguecito entre ella y Barnaby, y no tardarían en imitar la técnica de este último.

Todos salvo Rigby. Frunciendo el ceño, clavó en Penelope una mirada perpleja.

– Pero, señorita Ashford, aún no le he contado el éxito que obtuve cruzando galgos ingleses.

Su tono dejaba claro que no podía creer que no quisiera enterarse de hasta el último detalle. Penelope no supo qué contestar; la mera idea de que la supusiera interesada en oír semejante cosa la sacaba de quicio. Su caballero andante tomó cartas en el asunto.

– Me resulta difícil creer, Rigby, que no esté enterado de que Calverton, el hermano de la señorita Ashford, es un afamado criador de sabuesos muy apreciados. -Barnaby torció los labios. -¿Acaso intenta atosigarla con sus procedimientos esperando arrancarle secretos de familia?

Rigby pestañeó.

– ¿Cómo dice?

Sonó un resoplido a la derecha de Penelope: Hellicar reprimiendo una carcajada. Los demás caballeros procuraron disimular sus sonrisas.

Barnaby adoptó una expresión contrita. Lanzó una mirada a Penelope y acto seguido dedicó una inclinación de cabeza a Rigby.

– Lamento abreviar de este modo el tiempo para interrogar a la señorita, viejo amigo, pero la dama tiene ganas de bailar. -Con una inclinación de cabeza dirigida al grupo en general, la apartó del círculo. Si nos disculpan.

Todos los demás correspondieron al saludo, divertidos. Rigby se quedó mirándola fijamente como si no diera crédito a que Penelope le dejara con la palabra en la boca.

Pero lo estaba haciendo por una propuesta mucho más estimulante. Barnaby la condujo a la arcada que separaba aquel salón del Moliente, donde las parejas bailaban. Un cuarteto de cuerda ocupaba un hueco en un extremo, aunque le costaba hacerse oír por encima de las conversaciones. En efecto, estaban interpretando los efímeros compases de un vals.

– Sabía que mis oídos no me engañaban. -Barnaby buscó sus rijos. -¿Iba en serio lo de bailar o sólo aprovechaba la oportunidad para escapar de Rigby?

Le estaba ofreciendo la oportunidad de evitar los efectos que le provocaría bailar con él. Si fuera sensata, la aceptaría… pero no era una cobarde.

– Me gustaría bailar. -«Con usted.» No lo dijo, pero la súbita decisión que brilló en los ojos de Barnaby la llevó a preguntarse si él lo había oído o adivinado.

Sin decir palabra, la atrajo hacia la pista, la rodeó con sus brazos y la hizo girar para incorporarse a la multitud que bailaba.

Igual que la vez anterior, las evoluciones del vals se adueñaron de ella, le aturdieron los sentidos y le embotaron lamente.

Agradablemente.

No volvieron a hablar, no intercambiaron una sola palabra, al menos no en voz alta. Pero se sostenían la mirada y la comunicación parecía fluir sin palabras, en otro plano, en una dimensión distinta. En un idioma diferente.

Un lenguaje de los sentidos.

Una mano grande, cálida y fuerte en su espalda, la otra sujetándole los dedos con firmeza, Barnaby la sostenía con tal seguridad que le permitía relajarse, prescindir de la acostumbrada desconfianza que le inspiraban sus parejas y deleitarse en el movimiento de la danza, en los giros rápidos y seguidos, en los cambios de sentido y las paradas, en la maestría con que él la conducía por la pista.