Los hombres imperiosos, concluyó, tenían su lugar… incluso para ella.
La música los envolvía. La magia del momento se prolongaba, el sutil placer le calaba los huesos, adueñándose de ella y aliviándola de un modo inexplicable. Como si una mano cálida le acariciara los sentidos.
Se sentía como un gato satisfecho. De haber podido, habría ronroneado, pero sí podía sonreír, y lo hacía con dulzura y delicadeza, mientras evolucionaban y ella flotaba en una nube de deleite.
Al cabo de un rato también él sonrió con el mismo aire de silenciosa satisfacción. No necesitaban palabras para comunicarse el placer compartido que sentían.
Los músicos llegaron al final de la pieza demasiado pronto para su gusto. Barnaby se detuvo con una floritura. Se inclinó; ella correspondió con la debida reverencia y, suspirando para sus adentros, regresó al mundo real.
Barnaby le tomó la mano, la apoyó en su brazo y se encaminaron hacia el salón.
Los sentidos de Penelope aún bailaban el vals pero la mente volvía a funcionarle, al menos lo bastante como para recordar el motivo de la presencia de Barnaby allí: debía de tener preguntas que hacerle.
Lo miró a la cara y aguardó, pero él no parecía tener prisa por seguir con sus pesquisas. Volvió la vista al frente y fue sonriendo a los conocidos con que se cruzaban. Le agradaba que el momento se prolongara, estar juntos sin más, él y ella, sin que ninguna investigación se entrometiera, e incluso imaginar, al menos por un momento, que la investigación no era la causa de que él estuviera allí.
Pero lo era, y ahora que lo pensaba… Suspirando en su fuero interno, preguntó:
– Así pues, ¿qué quería saber?
Barnaby bajó la mirada hacia ella con gesto de desconcierto.
– La investigación -aclaró Penelope. -¿Qué ha venido a preguntarme?
Los ojos de Barnaby perdieron toda expresión, luego apretó los labios y miró al frente; tras localizar a la madre de la joven, giró hacia ella.
– ¿Y bien? -insistió Penelope, esperando que tuviera presente que su madre desconocía la situación en que se hallaba el orfanato, como tampoco sabía que lo hubiese reclutado para investigar y mucho menos que ella misma estuviera investigando también.
– Concédame un momento para pensar -murmuró Barnaby, sin apartar la vista del frente. Sin mirarla.
Penelope parpadeó. Tal vez se le había olvidado lo que quería preguntarle. Tal vez el vals también lo había distraído a él.
O tal vez…
La condujo cerca de la butaca de su madre, que conversaba con lady Horatia Cynster. Ambas damas sonrieron con benevolencia al verlos aproximarse, pero siguieron enfrascadas en su charla.
De repente, Penelope necesitó saber con certeza qué había llevado a Barnaby a casa de lady Moffat. Retiró la mano de su brazo, se volvió hacia él y le lanzó una mirada inquisitiva.
Barnaby se la sostuvo. Apretó los labios e improvisó:
– Stokes no estaba cuando fui a verle esta tarde. Le dejé una nota explicándole la situación de Jemmie Carter. Seguro que ordenará poner vigilancia, pero de todos modos mañana iré a verle otra vez. Sin duda ya está trabajando en este caso. Tenemos que intercambiar información y decidir el paso siguiente.
A Penelope se le iluminaron los ojos.
– Yo también iré.
Barnaby maldijo para sus adentros; le había dicho aquello para justificar su presencia, no para tentarla. No hay ninguna necesidad de…
– Por supuesto que la hay. Soy quien más sabe acerca de esos niños; los cuatro que se han llevado y Jemmie. -Sus ojos oscuros se oscurecieron aún más; Barnaby tuvo la impresión de que estaba haciendo un esfuerzo para no fruncir el ceño. -Además -añadió con cierta sequedad, -fui yo quien propició la investigación; tengo derecho a saber qué se está haciendo.
Barnaby discutió, con contundencia pero sin levantar la voz.
Penelope lo miró testaruda sin dar su brazo a torcer. Cuando él se quedó sin argumentos, ella comentó con aspereza:
– No entiendo por qué se toma la molestia. Sabe perfectamente que no cambiaré de opinión; y si decido ir a ver al inspector Stokes, no puede hacer nada para impedírmelo.
A Barnaby se le ocurrieron unas cuantas cosas, pero todas conllevaban el uso de una cuerda. Exasperado, resopló entre los dientes.
– De acuerdo.
Ella le obsequió con una sonrisa, aunque tensa.
– ¿Lo ve? Si no cuesta nada…
– Y que lo diga.
Penelope le oyó rezongar pero se guardó mucho de comentar nada. Miró a la concurrencia.
– ¿A qué hora tiene previsto ir a ver a Stokes?
Con los labios prietos, él se dio por vencido.
– Pasaré a recogerla a las diez.
Ella tardó un momento en reaccionar y luego inclinó la cabeza.
– Le estaré aguardando.
Una advertencia, aunque no esperaba menos. Una vez que se proponía algo era tan ingobernable como él. Oía a su madre desternillarse de risa.
Estaba pensando en retirarse; despedirse y marcharse. Por el modo en que se conducía Penelope, un tanto envarada a su lado, y las miraditas de reojo que le lanzaba, se diría que contaba con que lo hiciera. Cortar por lo sano y huir.
Pero esa noche ya había perdido cuanto podía perder; no le quedaban concesiones que hacer.
Y la noche aún era joven; seguramente tocarían uno o dos valses más, y en aquella clase de veladas no había casamenteras tomando buena nota de quién bailaba cuantas veces con quién.
Miró a lady Calverton, todavía enfrascada con lady Cynster.
Quizá podría salvar algo más de aquella velada; bien podía quedarse un rato y recoger los beneficios que pudiera.
Si a eso iba, el primer paso a dar era derretir a la doncella de hielo que tenía a su vera. Mirándole el claro perfil, preguntó:
– ¿Rigby siempre es tan pedante?
Penelope lo miró recelosa pero al cabo de un instante contestó.
Después de eso, gracias a la cuidadosa atención que prestó, suficiente para sujetar las riendas con firmeza, el resto de la velada transcurrió en su favor.
– Buenas noches, Smythe.
El caballero que se hacía llamar señor Alert -se enorgullecía de estar siempre alerta a las posibilidades que le ofrecía el destino -observó mientras su esbirro, perfilado contra la luz de la luna en la puerta ventana abierta, recorría con la vista la sala sin iluminar.
La casa pareada de St. John's Wood Terrace había demostrado ser muy útil para Alert. Como siempre que se reunía con sus colegas más rudos, la única fuente de luz en la sala eran las brasas de un fuego mortecino.
– Pase y tome asiento. -Alert hablaba arrastrando las palabras como dictaba la moda, sabiendo que así recalcaba la distinción entre él y Smythe. Amo y sirviente. -Creo que no necesitamos mucha más luz para concluir nuestro asunto, ¿verdad?
Smythe le lanzó una mirada dura pero poniendo cuidado en que no fuera desafiante.
– Como guste.
Una bestia de hombre, sorprendentemente rápido y ágil para su (nano, cruzó el umbral, cerró la puerta y se abrió paso entre los muebles en sombra hasta el sillón situado frente al que ocupaba Alert junto al fuego.
Relajado en su asiento, las piernas cruzadas, el vivo retrato de un caballero a sus anchas, Alert sonrió alentadoramente mientras Smythe se sentaba.
– Estupendo. Sacó una hoja de un bolsillo de la chaqueta. -Tengo una lista de casas para visitar. Ocho direcciones en total, todas en Mayfair. Tal como dejé claro en nuestra última reunión, es imperativo, absolutamente esencial que robemos en todas la misma noche. -Clavó sus ojos en Smythe. -Me figuro que usted y Grimsby habrán hecho los preparativos pertinentes. Smythe asintió.
– A Grimsby aún le falta algún niño, pero dice que pronto tendrá los ocho.