– ¿Y usted confía no sólo en que pueda suministrar el número y el tipo correcto de niño, sino que el entrenamiento que les dé tenga el nivel requerido?
– Sí. Conoce el percal, y ya he usado niños suyos.
– Me consta. Pero esta vez usted trabaja para mí. Tal como creo haber señalado, en esta partida las apuestas son muy altas, mucho más que en cualquiera que haya jugado hasta ahora. -Alert le sostuvo la mirada. -Tiene que estar seguro, de hecho tiene que poder asegurarme, que sus herramientas estarán a la altura.
Smythe no pestañeó.
– Lo estarán. -Cuando la expresión de Alert dejó claro que esperaba más, agregó a regañadientes: -Me aseguraré de ello.
– ¿Y cómo se propone hacerlo?
– Sé de dónde saca los niños. Con la fecha que usted me ha dado, hay tiempo para asegurarnos de contar con el número necesario y de que están bien entrenados. -Smythe vaciló como si, finalmente, tomara en consideración las eventualidades, y luego prosiguió: -Iré a ver a Grimsby para asegurarme de que entiende lo serio que es este asunto.
Alert se permitió esbozar una sonrisa.
– Hágalo. No admitiré que nos encontremos en dificultades porque Grimsby no haya comprendido adecuadamente, tal como usted lo ha expresado, la seriedad de nuestro empeño.
La vista de Smythe bajó a la lista que Alert sostenía.
– Necesitaré esas direcciones.
Las direcciones eran la principal aportación de Alert a la delictiva empresa, junto con la lista de objetos a robar (él prefería el término «liberar») de cada casa.
– Todavía no. -Al levantar la mirada se encontró con el ceño de Smythe. -Se la entregaré con tiempo pata que pueda reconocer el terreno pero, como bien ha dicho, aún tenemos mucho tiempo.
Smythe no era tan estúpido como pare no entender que Alert desconfiaba de él. Se levantó.
– Pues entonces me voy.
Alert permaneció sentado y le autorizó a retirarse con un gesto de asentimiento.
– Organizaré nuestro próximo encuentro igual que éste. Salvo indicación en contrario, nos veremos aquí.
Con una cortante inclinación de la cabeza, Smythe se marchó.
Alert sonrió. Todo estaba marchando con arreglo a su plan. Su necesidad de dinero no había menguado; en realidad, gracias a la visita que había soportado la víspera del enemigo en cuyas garras había caído sin darse cuenta, y al último acuerdo de devolución que le había obligado a aceptar, esa necesidad no haría sino ir en aumento día tras día. No obstante, su salvación estaba en camino. Existía, según había descubierto, cierta satisfacción, bastante excitante en realidad, en lo de engañar al destino y a la sociedad sirviéndose sólo de su astucia.
Estaba convencido de que, con lo que él sabía, el talento de Smythe y las herramientas de Grimsby, su situación cambiaría con crecientes beneficios. Además de librarse de los grilletes de los usureros con peor reputación de Londres, su plan acrecentaría significativamente su inexistente fortuna.
El destino, como bien sabía, favorecía a los audaces.
Bajó la vista a la lista de casas que aún sostenía en la mano y quedó pensativo; y vio sobreimpresa la otra lista, todavía más importante, con la que iba emparejada: la lista de objetos a liberar de cada casa.
Había elegido con sumo cuidado. Sólo un artículo en cada domicilio… Era probable que ni siquiera los echaran en falta, no hasta que las familias regresaran en marzo, y posiblemente ni siquiera entonces. En cualquier caso, las sospechas recaerían sobre el personal de las casas.
A decir de todos, Smythe era un maestro en su oficio. Él, o mejor los niños que utilizaba, entrarían y saldrían sin dejar rastro.
Y no habría ningún perista implicado que luego pudiera ayudar a las autoridades. Había eliminado esa necesidad. Conociendo el mundo de las altas esferas como lo conocía, y Dios sabía que lo había estudiado con avidez, se había dado cuenta de que una juiciosa selección de artículos le garantizaría una reventa inmediata.
Ya contaba con coleccionistas ansiosos por adquirir dichos artículos sin hacer preguntas. Vender a tales personas garantizaba que nunca se plantearan la opción de denunciarle. Y los precios que estaban dispuestos a pagar le liberarían holgadamente de la deuda que pesaba sobre él, incluso a pesar de que el montante estuviera ascendiendo continuamente.
Se metió la lista en el bolsillo y sonrió más abiertamente. Por supuesto, los artículos eran mucho más valiosos de lo que le había confiado a Smythe, pero dudaba que un ladrón del East End llegara a adivinar su auténtico valor.
Tendría que andarse con cuidado, pero sabría manejar a Smythe, y Smythe manejaría a Grimsby.
Todo estaba yendo exactamente como deseaba. Y pronto sería tan rico como creían todos los que formaban parte de su vida.
CAPÍTULO 07
A la mañana siguiente, del brazo de Barnaby Adair, Penelope subió la escalinata de un edificio anodino sito en Great Scotland Yard. Le picaba la curiosidad. Había oído las opiniones generalizadas sobre el Cuerpo de Policía de Peel, los murmullos de la buena sociedad que acompañaron a su establecimiento y posterior desarrollo durante los últimos años, pero aquélla era la primera vez que se relacionaría con miembros de dicho cuerpo. Más aún, aparte de Adair, no conocía a nadie que hubiese visitado el cuartel general; se moría de curiosidad por ver cómo era el lugar.
Cuando él la hizo pasar al vestíbulo principal, un espacio deprimentemente ordinario donde predominaban aburridos tonos de gris, giró en derredor, ansiosa por ver cuánto hubiera que ver. Además de apaciguar su carácter inquisitivo, concentrarse en asimilar cuanto pudiera sobre el Cuerpo de Policía la ayudaba a no seguir absorta en Adair; su proximidad, su fuerza, su innegable atractivo, aspectos sobre los que sus díscolos sentidos se negaban a ser distraídos.
Sermoneándose para sus adentros, estudió la única distracción que ofrecía el vestíbulo, un hombrecillo con un uniforme azul sentido en un taburete alto tras un mostrador situado a un lado. Éste levantó la vista, la vio a ella y luego a Adair, a quien saludó con la mano para acto seguido reanudar lo que estuviera haciendo.
Penelope frunció el ceño y miró en derredor. Aparte de algún que otro discreto oficinista no había nadie más a la vista.
– ¿Aquí es donde tratan con los criminales? Hay una calma espantosa.
– No. Este edificio alberga los despachos de los inspectores. Hay agentes en el edificio anejo y un puesto de policía en la calle. -Ella notó la mirada de Adair en el rostro. -Hoy no vamos a toparnos con ningún delincuente.
Penelope hizo una mueca en su fuero interno y rezó para que Stokes resultara alguien interesante. Después de la noche anterior y de los temerarios valses que habían bailado, necesitaba algo en lo que centrarse, algo que no fuese Barnaby. La creciente intensidad de su reacción ante él la perturbaba de un modo tan seductor como fastidioso.
Barnaby la condujo a la escalera del fondo del vestíbulo. Mientras subían, se recordó a sí misma que pensar en él como Adair en vez de como Barnaby la ayudaría a mantenerlo a una distancia prudente. A pesar de su resolución, aún no había definido un modo de proceder, un modo de tratar con él que anulara el efecto que causaba sobre sus nervios, sobre sus sentidos y, para su suprema irritación, a veces sobre su raciocinio.
Por desgracia, el no haber concebido un plan eficaz había dado plena libertad a sus sentidos para aprovechar el día, zafarse de la traílla y regodearse a su antojo. Tal como habían hecho durante los valses de la víspera. Tal como habían hecho cuando aquella mañana había llegado a la hora convenida para acompañarla allí.
Tal como seguían haciendo.
Apretando los dientes mentalmente, prometió que en cuanto tuviera un momento libre hallaría una manera u otra de llamarlos al orden.
Al final de la escalera Adair la guió hacia la derecha por un largo pasillo.