– El despacho de Stokes está allí.
La condujo hasta una puerta abierta; su mano le acarició la cintura cuando la hizo pasar, causándole un estremecimiento de lo más inoportuno.
Afortunadamente, el hombre (¿caballero?) sentado al escritorio le dio otras cosas en que pensar. Levantó la vista al entrar ella, dejó la pluma a un lado y se levantó en todo su imponente metro ochenta y cinco de estatura.
A su regreso de Glossup Hall, Portia le había descrito a Stokes, pero como entonces Portia acababa de comprometerse con Simon Cynster, su descripción, ahora lo veía Penelope, había sido más bien somera.
Stokes era bastante fascinante, aunque no del mismo modo que Adair, ahora pegado a su derecha, gracias a Dios. De inmediato percibió que había algo enigmático en el inspector; si bien su mente captó en el acto ese dato estimulante, sus sentidos y sus nervios no se vieron afectados en absoluto.
Se adentró en el despacho, sonrió y le tendió la mano con gesto amable.
– Inspector Stokes.
El la estudió un instante antes de estrechársela. Lanzó una mirada rápida a Barnaby.
– La señorita Ashford, supongo.
– En efecto. El señor Adair y yo hemos venido para hablar con usted sobre nuestros niños desaparecidos.
El inspector titubeó y miró a su amigo, que no tuvo dificultad para descifrar las preguntas que asomaban a sus ojos.
– Esta señorita Ashford es incluso menos convencional que su hermana -explicó, dejando que Stokes entendiera su resignación, que no la había llevado allí de buen grado. Luego le ofreció una silla a su acompañante.
Penelope se sentó, sonriendo afablemente. Stokes hizo lo propio en su silla. Tras colocar otra junto a la de Penelope, Barnaby se sentó y cruzó las piernas. No albergaba dudas de que Penelope estaba resuelta a meterse de lleno en todos los aspectos de la investigación. Él y Stokes, llegado un momento, tendrían que trazar una línea y restringir su implicación, aunque todavía no había cavilado como hacerlo exactamente.
Por otra parte, hasta que llegara a un punto donde fuera peligro que ella prosiguiera, Barnaby no acertaba a ver ningún beneficio real en tratar de refrenarla.
– Recibí tu mensaje acerca de los Carter -le dijo el inspector. -Ésta mañana tuve que ir por otros asuntos al puesto de policía de Aldgate y comenté el asunto con el sargento de allí. -Miró a Penelope. Hemos de ser muy cautos para no poner sobre aviso a quienes nos interesa vigilar; si lo hacemos, perderemos toda posibilidad de rescatar a esos niños. Si la muerte de la señora Carter fuera inminente, montar guardia veinticuatro horas al día quizá merecería la pena. -Buscó los ojos de Penelope. -¿Sabe si se espera que fallezca pronto?
Penelope le sostuvo la mirada y luego miró a Barnaby.
– Después de haberla visto, más bien diría que no -dijo por fin.
– ¿De modo que quizá podrían pasar semanas, incluso meses, antes de que este niño, Jemmie, pase a ser un objetivo? -aventuró Stokes.
Penelope suspiró.
– Lo consulté con la señora Keggs, la gobernanta del orfanato, después de visitar a los Carter ayer. La señora Keggs ha estudiado enfermería. Hace poco fue a ver a los Carter y, en su opinión, confirmada por el médico que la asiste, a la señora Carter le quedan al menos tres meses de vida.
El inspector asintió.
– De modo que Jemmie Carter no corre un peligro inmediato, y montar un dispositivo de guardia para vigilarlo podría volverse contra nosotros. Sin embargo, si nuestras vías de investigación más directas fracasan, quizá debamos recurrir a él y a otros en su situación para encontrar una pista.
Recordando a Jemmie, viéndolo en su mente, Barnaby asintió a su pesar.
– Así es; montar guardia demasiado tiempo podría poner a los niños raptados en una situación más peligrosa. -Mirando a Stokes a los ojos, preguntó: -Si esta mañana has ido a un puesto de policía del East End «por otros asuntos», ¿debo colegir que has encontrado otra pista?
Stokes vaciló. Para Barnaby estaba claro que tanteaba cómo proceder ante Penelope; no sabía hasta qué punto debía hablar delante de ella. Penelope se le adelantó.
– Tenga la seguridad, inspector, de que nada de lo que diga me va a impresionar. He venido para ayudar en lo que esté en mi mano y estoy decidida a ver rescatados a nuestros cuatro niños y a los villanos desenmascarados.
Stokes enarcó una pizca las cejas pero inclinó la cabeza.
– Una postura digna de encomio, señorita Ashford.
Barnaby disimuló una sonrisa, estaba claro que su amigo había refinado su tacto.
– Muy bien. -Stokes apoyó los brazos sobre el escritorio y juntó las manos. Miró a Penelope y Barnaby. -Como dije ayer, tenía un contacto que esperaba pudiera ayudarme a establecer mejoría identidad y el paradero de maestros de ladrones que pudieran estar en activo actualmente en el East End. A través de mi contacto, me presentaron a un hombre que ha vivido toda su vida en la zona. Me dio ocho nombres, junto con algunas direcciones, aunque por la naturaleza de sus negocios estos delincuentes se trasladan sin parar, por lo que dudo que las direcciones vayan a sernos de utilidad.
Stokes sacó una hoja de un montón que tenía junto al secante.
– Esta mañana visité el puesto de Aldgate. La policía local verificó mi lista y añadió un nombre más. -Miró a Barnaby. -De modo que tenemos a nueve individuos que investigar. -Pasó la mirada a Penelope. -Pero de momento no hay ninguna garantía de que estos hombres estén implicados en el caso que nos ocupa.
Siguiendo la mirada de Stokes, Barnaby vio que Penelope asentía con expresión satisfecha.
– Ha hecho grandes progresos, inspector; ha ido más deprisa de lo que me habría atrevido a esperar. Entiendo que por el momento no hay nada seguro, pero ahora tenemos un sitio por dónde empezar, una vía para averiguar más sobre escuelas de ladrones en activo. Su contacto sin duda ha hecho avanzar nuestra causa, ¿puedo preguntarle el nombre? Me gustaría enviarle una nota del orfanato expresando nuestra gratitud. Nunca está de más alentar a las personas que te ayudan.
Barnaby hizo una mueca para sus adentros. Se irguió en el asiento, dispuesto a explicarle a Penelope que revelar contactos era algo que un investigador nunca hacía, cuando vio algo que le dejó sin habla.
Las enjutas mejillas de Stokes se estaban sonrojando.
Atento al fenómeno, fijándose en que Penelope ladeaba la cabeza por la misma razón, Barnaby volvió a apoyarse contra el respaldo y dejó a Stokes a su merced.
Enarcando las cejas, Penelope insistió:
– ¿Inspector?
Stokes lanzó una mirada a Barnaby, tan sólo para ver que no recibiría ayuda de su parte. Ahora estaba tan intrigado como Penelope. Apretando los labios, el inspector carraspeó y miró de hito en hito a Penelope.
– La señorita Martin, una sombrerera de St. John's Wood High Street, es originaria del East End. La conocí mientras investigaba otro crimen del que ella fue testigo. Cuando le presenté nuestro caso, me propuso presentarme a su padre; ha vivido en la zona toda su vida y ahora que está postrado en cama pasa la mayor parte de los días escuchando y hablando sobre lo que sucede en el barrio.
– ¿Él le dio los nombres? -preguntó Penelope.
Stokes asintió.
– No obstante, como he dicho, no hay garantías de que esa lista nos conduzca a los cuatro niños.
– Pero esos individuos, aunque no tengan ninguna relación con el caso, seguro que estarán al corriente de si hay alguien en activo en su negocio. Cabe que puedan ayudarnos a localizar a nuestro villano y así rescatar a los niños.
Stokes negó con la cabeza.
– No, no será tan fácil. Piénselo.
Barnaby se dio cuenta de que su amigo estaba perdiendo deprisa su renuencia a dialogar con Penelope; igual que Barnaby, estaba comenzando a tratarla como a una investigadora de su equipo.
– Si entramos en el East End -prosiguió Stokes- y preguntamos abiertamente si alguno de estos hombres actualmente tiene montada una escuela de ladrones, nadie lo admitirá. En cambio, al cuanto nos marchemos, cualquiera a quien hayamos interrogado mandará aviso a esos hombres de que andamos preguntando por ellos. Así es como funciona el East End. Es una zona con reglas propias que no alientan las intromisiones desde el exterior, menos aún de la pasma, que es como nos llaman. El resultado final de investigar abiertamente será que los delincuentes, sean los de nuestra lista u otros, cierren el negocio y se muden, llevándose a los niños consigo y poniendo aún más cuidado en no dejar rastro. -Echándose hacia atrás en la silla, Stokes negó con la cabeza. -Nunca los atraparemos si vamos por ahí haciendo preguntas.