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El coche de punto estaba aguardando para llevar a Barnaby y Penelope de regreso a Mayfair; él la ayudó a subir, montó y cerró la portezuela.

Se dejó caer en el asiento al lado de ella y mantuvo la vista al frente, reflexionando, sin tenerlas todas consigo, sobre qué les iba a deparar el día siguiente.

A su lado Penelope continuaba radiante, irradiando un impaciente entusiasmo.

– Los disfraces darán buen resultado, no hay de qué preocuparse.

Barnaby cruzó los brazos.

– No estoy preocupado -repuso, pero su tono dio a entender que estaba mucho más que eso.

– No tiene por qué venir si no quiere. Estaré a salvo con Griselda y Stokes. Al fin y al cabo, es policía.

El se las arregló para no gruñir.

– No faltaré. -Tras un momento de silencio, añadió cansinamente: -De hecho, iré pegado a usted. -Se fue poniendo furioso a medida que pensaba en el asunto. -¿Se imagina lo que diría su hermano si supiera que vamos a entrar en tropel en el East End con usted disfrazada como una «florista» de Covent Garden? -Dichas floristas solían calificarse con más exactitud como «furcias» de Covent Garden.

– Pues lo cierto es que sí-contestó Penelope, impasible. -Se pondría pálido, como hace siempre que refrena su genio, luego discutiría con esa voz tensa y espantosamente controlada que tiene, y después, tras perder la discusión, levantaría los brazos al cielo y se marcharía hecho una furia.

Penelope lo miró de reojo; aunque Barnaby se negó a volverse, adivinó que aquello le parecía gracioso.

– ¿Es lo mismo que va a hacer usted?

Apretando los labios y la mandíbula, Barnaby reflexionó y luego contestó sin alterarse.

– No. Discutir con usted es una pérdida de tiempo.

Tratar a Penelope como él prefería, sobre una base lógica, racional, nunca le resultaría ventajoso. Con otras damas, los planteamientos lógicos y racionales le dejaban con la sartén por el mango, pero con ella no. Era una maestra consumada en el uso de la lógica y la razón para sus propios fines, tal como acababa de demostrar.

Cruzado de brazos, mantuvo la expresión ceñuda mirando al I rente, ignorando el efervescente triunfo que borboteaba a su lado.

Tanto él como Stokes habían sucumbido al deseo de Penelope de conocer a Griselda contando con que, en el mejor de los casos, habría cierta tirantez entre ambas. En cambio, Penelope había tendido puentes sin el menor esfuerzo para salvar el abismo social que las separaba; y había sido ella quien lo había hecho, no Griselda. Ésta había observado y aguardado, pero la joven había hecho el esfuerzo necesario, de modo que ahora había una amistad en ciernes, una relación que nadie podría haber predicho.

Así pues, donde él y Stokes habían sido un equipo de dos ahora había un equipo de cuatro.

Se había hecho a la idea de ir al East End con su amigo; ambos habían trabajado disfrazados con anterioridad. Pero siendo cuatro… La búsqueda sería más rápida, eso sí. La impostación de Penelope del acento del East End había sido asombrosamente buena. Desde luego podía pasar por una lugareña incluso mejor que él. Si los cuatro se separaban, liquidarían la lista de Stokes más deprisa.

Tener a Penelope y Griselda en el equipo les ayudaría a localizar a los cuatro niños desaparecidos mucho antes.

Y, dejando a un lado las discusiones, aquél era su objetivo común.

Levantó la vista cuando el carruaje se inclinó al doblar una esquina; ya habían llegado a Mount Street. Con la mirada en las fachadas mientras el coche aminoraba, dijo:

Mañana por la mañana pida a su lacayo que llame a un coche de punto a las ocho y media. Cuando llegue, dé la dirección de Griselda al conductor y monte.

El coche se detuvo. Al incorporarse para abrir la portezuela, miró a Penelope a los ojos.

Yo me reuniré con usted en el mismo coche.

Enarcando las cejas, ella le estudió el semblante. Barnaby pasó delante, se apeó, la ayudó a bajar, pagó al cochero y la acompañó hasta la puerta de casa de su hermano.

Esperaba que ella le preguntara, que le exigiera saber qué tenía en mente. En cambio, se volvió hacia él con una sonrisa confiada y le dio la mano.

– Hasta mañana, pues. Buenas tardes, señor Adair.

Sintiéndose engañado sin saber por qué, él hizo la preceptiva reverencia. El ayuda de cámara abrió la puerta; dedicó una inclinación de cabeza a tan ilustre personaje, dio media vuelta, bajó la escalinata y se marchó a grandes zancadas.

CAPÍTULO 08

Penelope había aprendido tiempo atrás que nunca era sensato alentar a un caballero a creer que ella necesitaba protección. Sobre todo si dicho caballero era como su hermano Luc, su primo Martin o su cuñado Simon Cynster. Simplemente, había hombres de quienes una no podía esperar que supieran trazar la línea, o siquiera reconocer que dicha línea existía, entre envolver a una dama entre algodones y ser un caballero andante razonable. El resultado inevitable de que una dama aceptara su protección era una batalla incesante, batalla que la dama se veía obligada a librar para conservar cierto grado de independencia.

Tal había sido la conclusión a que había llegado en el caso de los tres hombres antedichos. Mientras se daba prisa para estar lista a las ocho y media de la mañana siguiente, cada vez estaba más segura de que Barnaby Adair, pese a su excéntrico pasatiempo, pertenecía al mismo grupo.

Los hombres autoritarios, advertía la voz de la experiencia, eran autoritarios en todo.

No sabían, no podían cambiar sus galones aunque a veces los disimularan.

Con esa sabiduría resonando en su cabeza, reforzó su entusiasmo con un desayuno rápido pero sustancioso y corrió a ponerse la capa. Llegó a la puerta principal al mismo tiempo que el coche de punto que había pedido.

Se despidió de Leighton, el ayuda de cámara, y miró a derecha e izquierda mientras bajaba la escalinata pero no vio a nadie que pudiera ser Barnaby, es decir, Adair. Un lacayo sostenía abierta la portezuela del carruaje, aguardando para ayudarla a subir.

– Vamos a St. John's Wood High Street -ordenó al cochero -a la sombrerería.

Una vez acomodada en el asiento, autorizó al lacayo a retirarse. Este cerró la puerta y regresó a la casa.

La portezuela del otro lado se abrió y el carruaje se inclinó al subir un hombre.

Penelope se quedó boquiabierta. Lo único que reconoció del hombre que cerró la portezuela y se dejó caer en el asiento de enfrente fue el intenso azul de sus ojos.

El carruaje arrancó y paró bruscamente; el cochero se había dado cuenta de que un hombre se había unido a su pasajera.

– ¿Señorita? ¿Va todo bien?

Con los ojos abiertos de asombro todavía fijos en el rostro de Barnaby, Penelope se limitó a seguir mirando. El frunció el ceño y señaló hacia el pescante, haciendo que Penelope volviera en sí y farfullara:

– Sí, sí… Todo en orden. Sigamos.

El cochero murmuró algo y acto seguido el carruaje reanudó la marcha. Al doblar la esquina de Mount Street, Penelope fue bajando la vista, asimilando aquella sorprendente versión de Barnaby Adair. Por regla general los disfraces ocultaban, pero a veces revelaban. Estaba un tanto perpleja, y un poco recelosa, de lo que, gracias al disfraz que llevaba, ahora veía en él.

Barnaby le puso cara de pocos amigos, ceñuda, expresión que por alguna razón encajaba en su nuevo semblante, los rasgos austeros manchados de hollín, la enjuta mandíbula un tanto más dominante bajo la barba sin afeitar. La barba hacía más ásperas sus mejillas. El pelo era una maraña de rizos dorados sin peinar; normalmente nunca llevaba flequillo ni la ropa arrugada, pero ese día sí.

Como si acabara de levantarse de la cama de una amante.

La idea pasó fugazmente por la cabeza de Penelope, que la desterró al instante. Apretó los labios y se dio cuenta de que necesitabas tragar; tenía la garganta extrañamente seca. Siguió pasando revista a Barnaby, desde los hombros al pecho, cubiertos por una chaqueta raída con una lacia camisa de algodón debajo, sin corbata ni cualquier otra prenda que le ocultara la esbeltez del cuello.