Los largos muslos enfundados en pantalones de obrero; los pies calzados con unas botas raídas. Era el vivo retrato de un tosco patán, de un peón que trabajara en los muelles y almacenes haciendo lo que estuviera mejor pagado en cada momento.
Irradiaba cierta sensación de peligro. El aura de un varón a quien era mejor no contrariar. Demasiado peligroso.
– ¿Qué pasa? -espetó Barnaby desafiante, entornando los ojos.
Penelope le sostuvo la mirada y supo que bajo la ropa tosca y los modales igualmente toscos seguía siendo el mismo hombre. Tranquilizada, esbozó una sonrisa y meneó la cabeza.
– Está perfecto para el papel. -«De acompañante de una florista de Covent Garden», se abstuvo de comentar, pero si la agudeza de su mirada servía de guía, él la entendió perfectamente.
Barnaby soltó un bufido, cruzó los brazos, apoyó la cabeza en el respaldo y se sumió en un reservado silencio.
Como se le estaba escapando una sonrisa, Penelope miró por la ventanilla para que él no la viera.
Mientras el carruaje traqueteaba por las calles, caviló sobre la peligrosidad que había percibido en él; no era un rasgo que impostara para el papel sino algo intrínseco, inherente a su persona.
Sus pensamientos de antes acudieron de nuevo, ahora influidos por una comprensión más profunda. Visto que se confirmaban sus sospechas de que Adair era igual que su hermano, su primo, su cuñado y otros hombres de ese tipo, parecía evidente, según demostraba la situación presente, que en tales hombres la sofisticación de que hacían gala en su vida mundana era el auténtico disfraz. Sólo cuando se despojaban de los símbolos y el boato de su refinada educación, tal como Barnaby había hecho ahora, podía entreverse la realidad oculta. Y dado que esa realidad… no estaba demasiado segura de qué hacer con aquella revelación, de cómo debía reaccionar. ¿Debía reaccionar o en cambio fingir que no se había dado cuenta de nada?
El trayecto transcurrió en silencio, ella sumida en sus pensamientos, alimentados por una creciente curiosidad.
Finalmente el carruaje se detuvo delante de la sombrerería. Barnaby descruzó sus largas piernas, abrió la portezuela y se apeó. Rebuscó en los bolsillos y dio unas monedas al cochero, dejando que Penelope bajara del carruaje por su cuenta.
Así lo hizo, y luego cerró la portezuela. Barnaby le lanzó una mirada severa para comprobar que estuviera bien y acto seguido, metiéndose las manos en los bolsillos, subió los escalones de la tienda da con los hombros caídos, abrió la puerta de par en par, aguardó a Penelope y, de repente, saliéndose del personaje, hizo una exagerada reverencia para invitarla a pasar.
– ¡Por Dios! ¡Si es un encopetado! -masculló el cochero desde el pescante.
Penelope se detuvo en el umbral y observó el rostro de Barnaby cuando éste fulminó con la mirada al cochero; las magras facciones se veían más duras, más perfiladas que nunca, y aquellos ojos azules se achicaron hasta semejar dos esquirlas de pedernal. El cochero fustigó al caballo y masculló una maldición que fue seguida por un chacoloteo de cascos.
Sin cruzar una mirada con Barnaby, Penelope entró a refugiarse en la tienda. No estaba muy segura de no compartir las reservas del cochero a propósito del hombre que la seguía pisándole los talones.
Griselda había oído la campanilla. Salió de la trastienda y, al ver a Barnaby, faltó poco para que retrocediera. Abrió los ojos como, platos, al igual que sus dos aprendizas, que estaban trabajando en la mesa situada entre el mostrador y la cortina y se habían quedado paralizadas, con sendas agujas en el aire.
Tras una fracción de segundo, la sombrerera dirigió la mirada a Penelope, que sonrió.
– Buenos días, señorita Martin. Creo que nos estaba esperando.
Griselda pestañeó.
– Oh… sí, claro, por supuesto. -Ruborizándose levemente, descorrió la cortina. -Pasen, por favor.
Entraron, Barnaby pegado al hombro de Penelope, quien reparó en que él incluso se movía de manera diferente, más agresiva. Pasaron junto a las chicas, que bajaron la mirada.
Sin salir de su asombro, Griselda miró a Barnaby meneando la cabeza cuando éste se detuvo delante de ella. Con un ademán les indicó que siguieran.
– Vayan arriba. Enseguida subo.
Penelope comenzó a subir la escalera. A sus espaldas oyó la voz de Griselda, amortiguada por la cortina, dando instrucciones a las aprendizas.
Una vez en la salita, Penelope se detuvo. Barnaby se acercó a la ventana para echar un vistazo a la calle. Ella aprovechó la ocasión para estudiarlo, para examinar otra vez la dureza esencial que su disfraz dejaba entrever.
Al cabo de un momento llegó Griselda.
– Bien. -Ella también escrutó la figura apostada junto a la ventana. -Desde luego, usted pasa la inspección.
Barnaby volvió la cabeza y las miró. Con el mentón, señaló a Penelope.
– Veamos qué puede hacer su magia con ella.
Griselda leyó la mirada de Penelope. Ladeó la cabeza hacia su dormitorio.
– Venga conmigo. Tengo la ropa a punto.
Cuando la espalda a Barnaby, Penelope siguió a Griselda.
Llevó algo de tiempo, y no poca hilaridad, transformar a Penelope en una florista de Covent Garden. Griselda cerró la puerta del dormitorio para trabajar con tranquilidad.
Una vez satisfecha con el aspecto que presentaba Penelope, ella también decidió cambiarse de ropa.
– He pensado que si aparento estar pasando una mala racha será más fácil que quienes me reconozcan me hablen sin tapujos-explicó. -Exhibirme como una sombrerera de éxito quizá me granjee respeto, pero no simpatías.
Sentada ante el tocador de Griselda, Penelope se sirvió del espejo para ajustar la inclinación de su sombrero. Era un viejo gorro de terciopelo azul oscuro que había conocido tiempos mejores, pero con un ramillete de flores de seda prendido a la cinta parecía exactamente lo que luciría una florista de las calles adyacentes al Covent Garden.
Su atuendo consistía en una amplia falda de satén barato azul brillante, una blusa otrora blanca y ahora de un desvaído gris y una chaqueta entallada de sarga negra con grandes botones.
Habían envuelto con cinta las patillas de las gafas y frotado con cera la montura de oro para desmerecerla. Se habían planteado que llevara una canasta ovalada, sello distintivo de su oficio, pero optaron por descartarla: hoy no estaba Interesada en vender nada.
Asintiendo, Penelope dijo:
– Un disfraz perfecto; gracias por su ayuda.
Mientras se ataba los cordones de una vieja enagua a la cintura, Griselda le echó un vistazo. Vaciló un instante y luego dijo:
– Si quiere devolverme el favor, podría satisfacer mi curiosidad.
Penelope giró en redondo en el taburete y sonrió.
– Pregunte lo que quiera.
Griselda cogió la falda que había elegido.
– He oído hablar del orfanato y los niños que van allí; la educación que reciben. A decir de todos, usted y otras damas, entre ellas sus hermanas, lo han organizado todo. Y usted sigue al frente de la casa. -Hizo una pausa. -Mi pregunta es: ¿por qué lo hace? Una dama como usted no necesita mancharse las manos con gente como ésa.
Penelope enarcó las cejas. Tardó en contestar; la pregunta era sincera y merecía una respuesta meditada e igualmente sincera. Griselda la miró a la cara, vio que estaba pensando y le dio tiempo.
Finalmente, Penelope dijo:
– Soy hija de un vizconde, ahora hermana de uno muy rico. He vivido una vida de lujo, protegida de la realidad y con todas mis necesidades cubiertas sin mover un dedo. Y aunque faltaría a la verdad si sostuviera que eso no es cómodo, desde luego no constituye un desafío. -Levantando la vista, miró a Griselda a los ojos. -Si me cruzo de brazos y dejo que mi vida de hija de vizconde transcurra tal como se espera, ¿qué satisfacción obtendría? -Abrió las manos. -¿Qué conseguiría en la vida? -Dejó caer las manos en el regazo. -Ser rica es agradable, pero estar ociosa y no lograr nada no lo es. No satisface, no… llena. -Respiró hondo, sabiendo que estaba siendo sincera. -Por eso hago lo que hago. Por eso otras damas de mi posición hacen lo que hacen. La gente lo llama beneficencia y para los beneficiados supongo que lo es, pero a nosotras también nos sirve de mucho. Nos da algo que de otro modo no tendríamos: satisfacción, plenitud y una meta en la vida.