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Al cabo de un momento, Griselda asintió.

– Gracias. Lo que dice tiene sentido. -Sonrió. -Ahora la entiendo. Me alegra que Stokes se acordara de mí y me pidiera ayuda.

– Hablando del rey de Roma… -Penelope levantó un dedo. Ambas prestaron atención y oyeron, amortiguado pero discernible, el tintineo de la campanilla de la puerta.

– Qué puntualidad -dijo Griselda mientras se ponía una chaqueta holgada con un bolsillo rasgado. Acto seguido cogió una mugrienta gorra escocesa y se la puso encima del pelo. Oyeron las pesadas botas de Barnaby dirigirse a la escalera y bajar. Mirándose al espejo por encima de Penelope, Griselda se encasquetó la gorra y asintió complacida.

– Lista. Reunámonos con ellos.

Griselda bajó primero. Cuando iba a correr la cortina, Penelope la retuvo un momento.

– ¿Y sus aprendizas? ¿No pensarán que todo esto es bastante raro?

– Sin duda; más que raro. -Griselda le sonrió con tranquilidad. -Pero son buenas chicas y les he dicho que mantengan los ojos abiertos pero la boca bien cerrada. Aquí tienen un buen empleo y lo saben; no se arriesgarán a perderlo por cotillear más de la cuenta.

Penelope asintió y tomó aire para darse aplomo; estaba tan nerviosa como si fuese a salir a un escenario.

Griselda pasó delante. Penelope vio a Barnaby y Stokes conversando en medio de la tienda, dos personajes oscuros y peligrosos incongruentemente rodeados de plumas y fruslerías. No pudo reprimir una sonrisa.

Griselda se detuvo junto al mostrador para hablar con las aprendizas. Stokes, de cara al mostrador, la vio y se quedó sin habla.

Alertado por la repentina palidez de Stokes, Barnaby giró en redondo. Y la vio: Penelope Ashford, hija menor del vizconde Calverton, emparentada por sangre y matrimonio con numerosas familias de la alta sociedad, transformada, con gafas y todo, en la mujerzuela más atractiva y simpática que jamás hubiese paseado por las aceras de Covent Garden. Faltó poco para que cerrase los ojos y gruñera.

Stokes farfulló algo ininteligible entre dientes; Barnaby no necesitó oírlo para saber que pasaría cada minuto del resto del día pegado a Penelope.

Ésta fue a su encuentro, sonriendo encantada con su nueva imagen.

Mirando sus ojos castaños, una insistente advertencia tomó forma en la mente de Barnaby. Cuando lo tocaba fingir ser alguien de posición muy baja, como ahora, le resultaba muy fácil hacer caso omiso de las limitaciones sociales que debía observar un caballero de su clase. Y Penelope estaba demostrando ser muy parecida a él.

Apretó tanto la mandíbula que temió que se le fuera a romper.

Ella lo miró pestañeando.

– ¿Y bien? ¿Aprobada?

Barnaby precisó un segundo para dominar las ganas de gruñir.

– De sobra. -Mirando por encima de la cabeza de Penelope, vio que Griselda se acercaba. -Nos vamos. -Fue a coger del brazo a Penelope pero rectificó a tiempo y se limitó a asirla de la mano.

Ella se sobresaltó ante el inesperado contacto pero enseguida le sonrió, claramente encantada, y se la estrechó.

Tragándose una maldición, Barnaby se volvió y la arrastró hacia la puerta.

Llamaron un coche para el trayecto a Petticoat Lane. Mataron el tiempo comentando en qué orden abordarían los nombres de la lista de Stokes y haciendo planes por si decidían separarse, decisión que postergaron hasta que se hallaran sobre el terreno y hubiesen sopesado la posibilidad.

Tras apearse en un extremo de la larga calle, se zambulleron en la ingente masa humana que llenaba la calzada entre las dos hileras de tenderetes montados en las aceras. A ningún conductor en su sano juicio se le ocurriría meter el coche en aquella calle con el mercado en pleno auge.

Los asaltaban ruidos y olores de todas clases. Barnaby miró a Penelope, preguntándose si flaquearía, pero su expresión daba a entender que estaba impaciente por comenzar. Parecía no tener la menor dificultad en obviar lo que no quería ver y empaparse de toda lo que veía por primera vez.

Barnaby dudaba seriamente que la hija de cualquier otro vizconde alguna vez se hubiese codeado con los moradores de Petticoat Lane.

Por su parte, dichos moradores le lanzaban miradas sagaces pero todos daban la impresión de tomarla por lo que aparentaba. Con el dobladillo de la falda bastante más corto de lo exigido en cualquier reunión de buen tono -revoloteando en torno a las canas de sus botines gastados y su esbelta figura realzada por la chaqueta entallada -cuyas solapas se abrían provocativamente sobre sus pechos, -además de su innata confianza y el sincero deleite en todo lo que veía, su acento barriobajero poniendo el broche final a su papel, no era de extrañarse que los vecinos del lugar se tragaran su disfraz a pies juntillas.

Y también se tragaron el de Barnaby. Con una expresión adusta a modo de clara advertencia, andaba alrededor de Penelope como demonio presto a vengarse. Ningún ángel había tenido jamás un aspecto tan malvado y amenazante como él, ni siquiera Lucifer. Le costaba poco proyectar esa imagen porque así era precisamente como se sentía.

Cuando un carterista zarrapastroso se arrimó demasiado a ella, se topó con el hombro de Barnaby y una fulminante mirada azul. Con los ojos muy abiertos, el hombre se enderezó y se escabulló entre la multitud.

Stokes se acercó a su amigo. Delante de ellos, Penelope y Griselda examinaban un surtido de cuencos expuestos en un tenderete destartalado.

Mirando en torno por encima del mar de cabezas, Stokes dijo: ¿Por qué no os quedáis Penelope y tú en este lado mientras nosotros recorremos el otro?

Con la mirada fija en la hija del vizconde, Barnaby asintió.

– Figgs, Jessup, Sid Lewis y Joe Gannon; éstos son los cuatro que buscamos hoy.

Stokes asintió.

En esta calle o en Brick Lane, deberíamos poder ubicarlos. Estamos en su terreno; la gente los conocerá. Pero no insistas demasiado; y procura que tu acompañante tampoco lo haga.

Barnaby contestó con un gruñido. Le encantaría saber cómo se figuraba Stokes que conseguiría eso último. Penelope escapaba por completo a cualquier control.

La idea, o mejor dicho, la idea de controlar a una mujer con el disfraz que llevaban uno y otra, le dio una ocurrencia, el atisbo de un posible medio de supervivencia. Cuando Stokes se alejó para llevarse a Griselda consigo, Barnaby tomó a Penelope de la mano y la arrastró hasta el tenderete siguiente.

Ella lo miró.

– ¿Qué pasa?

Barnaby le explicó el plan de Stokes y luego señaló la hilera de puestos.

– Éste es nuestro lado, y tenemos mucho que hacer. No obstante, ahora que nos hemos separado, usted y yo tendremos que permanecer juntos, de modo que voy a interpretar el papel de un amante celoso contrariado por el tiempo que su amada pierde mirando bibelots.

Ella lo miró aún con más fijeza.

– ¿Porqué?

– Porque es un papel que los vecinos del lugar reconocerán como normal. -Y a él no iba costarle ningún esfuerzo interpretarlo.

– Ya, ya… -repuso Penelope no muy convencida.

Él respondió rodeándole la cintura con un brazo y la atrajo hacia sí. Ella se puso tensa y quiso fulminarlo con la mirada, pero él sonrió con malicia y le tocó la nariz, sacándola de quicio.

– Ninguna florista de Covent Carden reaccionaría así -murmuró Barnaby. -Usted quiso el papel, ahora toca interpretarlo.

Penelope tuvo que hacer un esfuerzo para serenarse. Siguieron avanzando por la hilera de tenderetes, deteniéndose a charlar aquí y allá, dejando caer los nombres de su lista cada vez que se topaban con alguien que a su juicio podía saber algo.