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Barnaby dejó que Penelope decidiera a qué vendedores abordar, parecía tener buen ojo para saber con quién entablar una conversación quizá provechosa. Dejó que hablara ella, su acento era perfecto, y él se limitó mayormente a dar gruñidos, resoplidos y respuestas monosilábicas.

Penelope tuvo que admitir que la estratagema de Barnaby daba resultado, alentando a quienes reparaban en ellos a reconocerlos como una pareja normal en aquel barrio, lo cual les permitía formular preguntas sobre sus objetivos en medio de conversaciones más generales.

Por desgracia, tenía su coste. La proximidad de Barnaby, la firmeza de su cuerpo cada vez que la atraía hacia sí, la compacta musculatura contra la que se apretaba cada vez que el gentío la empujaba hacia él, la creciente actitud posesiva de la fuerte mano que le envolvía la cintura o sujetaba la suya… Todo ello desató un torrente de sentimientos encontrados, una perturbadora mezcla de excitación y cautela, el sutil estremecimiento del miedo rociado con una desconcertante dosis de placer. No obstante, a medida que pasaba el tiempo se sentía más y más tentada por el papel asumido.

Además, gracias a sus aptitudes histriónicas, averiguaron el posible paradero de dos de los hombres que buscaban. Así pues, Penelope consideró los perjuicios causados a sus nervios y su genio como un intercambio justo.

Llegaron a la esquina del estrecho callejón donde supuestamente vivía Sid Lewis. Barnaby escudriñó la calle tratando de localizar a Stokes y Griselda mientras Penelope estudiaba el callejón.

– La quinta puerta del lado norte. La veo. -Agarró el abrigo de Barnaby, que le rodeaba la cintura con el brazo, reteniéndola a su vera, y tiró para llamarle la atención. -La puerta está abierta. Hay gente dentro.

Él le cubrió la mano con la suya.

– No veo a Stokes. -Escrutó el callejón. -De acuerdo. Echemos un vistazo. Pero no olvide su papel e interprete al personaje; lo cual significa que hará lo que yo le diga.

– ¿Está seguro de que todos los hombres del East End son tan dictatoriales?

– Considérese afortunada. Que yo sepa, son peores.

Ella rezongó para sus adentros pero lo siguió cuando se adentró en el callejón a la sombra de las fachadas del lado sur.

A la altura de la quinta casucha contando desde la esquina Penelope distinguió, por la puerta abierta, movimiento en el interior. Pero había muy pocos transeúntes en la callejuela; si se quedaban merodeando atraerían la atención, y alguien estaba saliendo de la casa.

Barnaby se arrimó a la puerta contigua, arrastrando consigo a Penelope y abrazándola.

– Sígame el juego -susurró.

Agachó la cabeza y le recorrió el cuello con los labios.

Penelope necesitó un momento para recuperar la respiración… y encontrarse con que todos sus sentidos estaban embriagados por él. Su calor la envolvió y empezó a derretirle los huesos. Por alguna razón, deseó apoyarse en él, hundirse contra la pura tentación masculina de aquel pecho musculoso.

Su reacción era tan inesperada como innegable.

Se tambaleaba algo más que su conciencia: sus sentidos se estaban dando un verdadero festín. Por dentro temblaba, aguardando anhelante la siguiente caricia fugaz de sus labios. Era una suerte que la estuviera sosteniendo, pues se sentía extrañamente débil.

Entonces se dio cuenta de que Barnaby estaba observando la actividad del otro lado del callejón por el borde de su sombrero.

La estaba utilizando de escudo.

Entornó los ojos. La furia era un sentimiento que conocía y entendía; se aferró a él y lo usó para recobrar la compostura.

Barnaby percibió el instante en que se liberó; tuvo que reprimir el impulso de mover los labios a la izquierda para que se encontraran con los suyos, con aquellos labios tan carnosos, tan lozanos, que le obsesionaban. En cambio, sus labios le acariciaron el lóbulo de la oreja y notó el estremecimiento sensual que recorrió el espinazo de ella, captó su momentánea parálisis, el instante en que logró volver a sobornar el raciocinio de aquella joven.

La sensación de tenerla en sus brazos, tierna y femenina pero rebosante de vida, escultural pero maleable, era perturbadora, algo con lo que no había contado. La perfección con que encajaba en' su cuerpo, como si estuviese hecha ex profeso para él, alimentaba aquella sensación que se cernía en los confines de su conciencia, dándole más sustancia, más vida.

Habida cuenta de sus disfraces, de los papeles que interpretaban; y de aquella sensación, tuvo que combatir la necesidad compulsiva de tomar lo que su personaje habría tomado: sus labios, su boca. A ella por entero.

Mientras una parte de su cerebro vigilaba lo que ocurría al otro lado del callejón, el resto estaba comprometido en la lucha contra su instinto, en contenerlo manteniéndolo a raya. Bien sujeto. Controlado.

Como era de prever, la perturbación de Penelope duró poco.

– Quieta-le susurró Barnaby, previendo que iba a oponer resistencia.

Penelope respiró hondo y le contestó entre dientes.

– Esto sólo lo hace para hacerme pagar por haber insistido en venir hoy.

– Piense lo que quiera-gruñó Barnaby. -Lo único que importa es que su actuación resulte convincente.

Estrechó el brazo en tomo a su cintura, arrimándola más a él para posar sus labios en la sensible piel bajo la oreja, y la oyó dar un grito ahogado. Notó que la resistencia de sus manos, que le apretaban el pecho, se debilitaba.

Barnaby inspiró, y la fragancia de Penelope se entretejió en su cerebro. Le llegó a la médula. Su pelo lacio y brillante, oscuro y sedoso, olía a sol. Apretó los dientes para combatir el inevitable efecto, y susurró:

– Está saliendo alguien.

Y la levantó en volandas para que pareciera que la estaba devorando, comiéndosela a besos, tal como deseaba hacer su faceta más primitiva.

Penelope no se resistió. Al cabo de un instante él murmuró con aspereza:

– Me parece que podemos tachar a Sid Lewis de nuestra lista.

– ¿Porqué?

El aflojó el abrazo, dejándola de nuevo en el suelo pero manteniéndola de frente. Estudió a los tres hombres que habían salido del tugurio.

– Por lo visto, Sid Lewis está reforzando su relación con Dios. Me extrañaría que esté dirigiendo una escuela de ladrones y que haya invitado al párroco a su casa.

Penelope echó una ojeada por encima del hombro y volvió a ponerse de cara a él.

– Sid Lewis es el calvo bajo. -Ella le había sonsacado la descripción al dueño de un tenderete. -Parece enfermo.

– Lo que explica su repentino interés por la religión.

El hombre se apoyaba pesadamente en un bastón. Desde donde estaban oían que respiraba con dificultad.

– Vámonos. -Pasándole un brazo por los hombros, la empujó suavemente fuera del umbral e inició el regreso a la calle. -Busquemos a Stokes. Aún nos quedan otros tres que investigar hoy.

Encontraron a Stokes y Griselda cerca del extremo sur del mercado. El inspector oyó las novedades acerca de Sid Lewis e hizo una mueca.

Figgs también queda descartado. Está en Newgate. Eso sólo nos deja a Jessup y Joe Gannon. Jessup, a decir de todos, es un sujeto peligroso. -Miró a Barnaby a los ojos.

Siendo así, habrá que ir con mis cautela -dijo Penelope mirando en derredor. -¿Adónde vamos ahora?

Stokes miró a Griselda.

– ¿Qué tal a una taberna para almorzar algo?

La propuesta fue aprobada por unanimidad. La sombrerera sugirió un pub que conocía en la esquina de Old Montague Street y Brick Lane.

– Sirven comida fiable; de todos modos, debemos ir hacia Brick Lane. En los puestos del mercado es donde más probabilidades tenemos de averiguar algo sobre Jessup y de confirmar la dirección de Gannon.

Regresaron en tropel a Wentworth Street y atajaron hacia el Delford Arms, el pub de Brick Lane. La puerta estaba abierta de par en par; tras echar un vistazo al interior, Stokes y Barnaby hicieron entrar a las mujeres apenas un metro dentro. Había bancos y mesas de caballete toscamente labradas a ambos lados de la entrada; todas estaban ocupadas pero la gente iba y venía sin cesar.