– Ustedes dos aguarden aquí-dijo Stokes. -Pedimos la comida y volvemos. -Miró las mesas. -Con un poco de suerte habrá alguna libre para entonces.
Griselda y Penelope asintieron y observaron a sus galanes adentrarse en el pub. Habiendo visto la muchedumbre apiñada en la barra, ninguna de las dos tuvo excesivo ánimo para acercarse. No obstante…
– Parecen compartir cierta inclinación a dar órdenes -señalo Penelope.
– En efecto -respondió Griselda, y siguieron esperando.
Como había pasado las últimas horas inmersa en una babel de acentos, el oído de Penelope había mejorado considerablemente. Para poner a prueba su habilidad, escuchaba distraídamente la conversación de cuatro hombretones mayores en la mesa más cercana, llena de platos vacíos, jarras de cerveza en mano, cuando oyó pronunciar el nombre de Jessup. Pestañeó y aguzó el oído.
Al cabo de un momento dio un codazo a Griselda y le indicó la mesa con los ojos. La sombrerera miró, y luego a ella otra vez enarcando las cejas. Los hombres siguieron charlando pero ya no dije ron nada relevante.
Al poco regresó Barnaby con dos platos de humeantes mejillones y caracoles marinos. Detrás de él, Stokes sostenía en precario equilibrio una bandeja con una jarra y cuatro vasos.
En ese instante, dos hombres sentados a la mesa contigua a la de los hombres que habían mencionado a Jessup se levantaron y se marcharon arrastrando los pies. Otros dos, con guardapolvos oscuros propios de oficinistas, seguían sentados junto a la pared.
Penelope condujo a Barnaby hasta aquella mesa. El la miró pero se dejó hacer. Mientras dejaba los platos en la mesa y se sentaba en el banco, desplazándose para cederle el asiento de la punta, ella se volvió hacia Stokes y Griselda y susurró:
– Esos hombres -señaló con disimulo la mesa contigua- han mencionado a Jessup. Hablaban de algo ilegal pero no lo he entendido.
Griselda volvió a echar un vistazo a los hombres y luego miró a Stokes.
– Conozco a uno. Si me habla, no nos interrumpan, ni siquiera nos miren. Es muy receloso, pero conoce a mi familia de toda la vida.
Stokes titubeó, mas, endureciendo el semblante, asintió. Se sentó delante de Barnaby, dejando el sitio de la punta, más próximo a los hombres en cuestión, para Griselda. Ambas mujeres se sentaron.
Griselda miró en derredor mientras se alisaba las faldas, como si quisiera comprobar a quién tenía detrás. Inclinándose hacia un lado, miró abiertamente al hombre que estaba sentado de cara a ella ni la mesa de atrás.
– ¿Tío Charlie?
El aludido la miró fijamente antes de sonreír.
– La pequeña Grizzy, ¿no? Hacía mucho que no te veía. Me dijeron que te habías mudado al centro a hacer sombreros para las ricachas. -Unos ojos sagaces se fijaron en que su atuendo no reflejaba demasiada prosperidad. -¿No te va bien últimamente?
Ella hizo una mueca.
– Las modas vienen y van. Resultó que no era tan buena idea como pensaba.
– Así que has vuelto al redil. ¿Cómo sigue tu padre? Me he enterado de que anda pachucho.
– Va tirando. Aunque no se queja.-Sonriendo con desenvoltura, preguntó por su familia, el tema perfecto para allanar el camino hacia los cotilleos sobre la delincuencia local.
Los demás hombres se sumaron a la charla, poniéndola al día en cuanto supieron que hacía poco que había regresado al barrio; para aquellas gentes, hablar de delincuencia era de lo más normal.
Griselda se tomó su tiempo; prefería no preguntar directamente por Jessup. Recordando la mala fama de aquel hombre, su estatus entre los delincuentes del barrio y que habían mencionado su nombre, finalmente se atrevió a decir:
– ¿Alguna novedad importante entre los reyes del barrio de un tiempo a esta parte?
Charlie arrugó la cara como si pensara.
– Lo único es lo de Jessup. Seguro que te acuerdas de él. Era un ladrón de primera. Pero se ha largado a Tothill Fields, ya ves tú, y se ha hecho un sitio en el comercio habitual. -En Tothill Fields «comercio habitual» significaba prostitución.
Griselda no precisó mucho esfuerzo para mostrarse convenientemente interesada. Sobre todo habida cuenta de que aquella información le permitió decir:
– Eso habrá dejado un buen hueco en estos pagos. ¿Se sabe quién lo ocupará?
Charlie se rio.
– Llevas razón en cuanto a lo del hueco, pero no se sabe de nadie que tenga prisa por aprovecharlo. También es cierto que estamos en temporada baja. Seguro que habrá más movida después de Año Nuevo.
Stokes, a su lado, le propinó un codazo. Sin mirar a nadie, masculló:
– Mejor que espabile si quiere probarlos.
Griselda le lanzó una mirada y comprendió que le estaba diciendo que dejara de preguntar. Volviéndose hacia el tío Charlie y los otros tres hombres, sonrió.
– Más vale que coma o me quedaré sin nada.
Los cuatro sonrieron e inclinaron la cabeza.
Aún sonriente, Griselda se puso de cara a los demás.
– Vaya -dijo, -qué interesante.
– Coma.
Stokes empujó un plato hacia ella.
Griselda reparó en lo tenso que estaba y sintió curiosidad por saber la causa, aunque el rostro del inspector no mostraba ningún indicio. Así pues, la sombrerera cogió un mejillón, lo abrió con la cuchara y se metió el molusco con sus jugos en la boca.
Penelope la observó entornando los ojos, admirada por el condado manejo de la cuchara de que hacía gala Griselda. Si alguien le hubiese dicho a ella, siendo como era la superviviente de un sinfín de cenas de postín, acostumbrada a lidiar con platos y cubiertos de todos los modelos concebibles, que un día sería vencida por una simple cuchara y un molusco, se habría burlado.
Pero así había sido.
Sus dedos simplemente no parecían lo bastante grandes o fuertes para sostener el molusco e insertar y girar la cuchara, al menos no simultáneamente.
Se había visto obligada a aceptar comida de la mano de Barnaby, hecho que él y Stokes encontraban divertido. Pese a que ni siquiera habían sonreído, ella había detectado la expresión de sus ojos y lo tenía muy claro. ¡Hombres!
Tendía la mano abierta y aguardaba a que Barnaby le pusiera otro mejillón abierto en la palma. Entonces cogía la concha y tenía que concentrarse para meterse la carne en la boca sin hacer un estropicio, aunque eso, al menos, le salía bien; si hubiese tenido que permitir que Barnaby le diera la comida con una cuchara, se le habría quitado el apetito.
Lo cual habría sido una lástima. No había comido nada parecido en su vida y jamás se había sentado en una calle concurrida para almorzar al aire libre, pero los caracoles eran deliciosos y además tenía un hambre lobuna. Sólo había tomado un sorbito de cerveza, que tenía un sabor muy amargo. Barnaby y Stokes, en cambio, apuraron la jarra.
Griselda enseguida dio cuenta de su ración de mejillones y caracoles. No había servilletas y Penelope observó que los demás se limpiaban la boca con los puños. Sujetando el puño de la blusa para que no se le escurriera, los imitó.
– Se ha dejado una gota.
Barnaby le estaba escrutando el rostro. Sin darle tiempo a preguntar dónde, él levantó una mano y le pasó el pulgar por la comisura de los labios.
El escalofrío que la sacudió la dejó impresionada. Si hubiese estado de pie, le habrían flaqueado las piernas.
– Ya está. -Barnaby le buscó los ojos y la miró con intensidad más que suficiente para cortarle la respiración, pero sin asomo de ternura o amabilidad. Entonces él sonrió y se echó atrás, invitándola con un ademán a levantarse del banco.
Penelope se encontró de pie, pestañeando, tratando de orientarse en lo que de súbito parecía un paisaje cambiante.