Stokes y Griselda, que se volvió para despedirse de tío Charlie y sus amigos, pasaron delante. Apoyando una mano posesiva en su espalda para luego deslizaría hasta su cadera, Barnaby la condujo tras ellos.
Penelope supuso que Barnaby sólo la tocaba de aquel modo tan desconcertante para que escarmentara por haber insistido en participar en los acontecimientos de la jornada. Por desgracia, saber eso no disminuía el efecto de tales actos sobre sus sentidos.
Pasearon por el mercado de Brick Lane de manera muy parecida a como lo habían hecho en Petticoat Lane, pero mientras los alegres vendedores de Petticoat Lane ofrecían una amplia variedad del mercancías, entre las que predominaban las telas y los artículos de piel, los puestos de Brick Lane los regentaban personajes taimados, y más de la mitad del género permanecía oculto debajo del mostrador. Dicho género consistía mayormente en adornos y joyas, muebles estropeados y baratijas. Muchas mesas montadas en la acera tenían por objeto atraer clientes a las sombrías barracas de detrás. Muerta de curiosidad, Penelope se aventuró a entrar en una y la encontró abarrotada hasta el techo de lo que parecían generaciones de muebles mohosos, ninguno de los cuales saldría bien parado de una inspección a plena luz.
En cuanto la vio, el dueño fue a su encuentro sonriendo melifluamente. Surgiendo junto a su hombro, Barnaby puso mala cara, la cogió del brazo y la sacó a la calle.
Fue Griselda quien consiguió información sobre Joe Gannon, confirmando que su negocio estaba en un edificio de Spital Street. Al parecer su especialidad era «vender cosas viejas». Era el última de los cuatro que podían conocer en los mercados; aunque aplicaron el oído y Griselda hizo preguntas, no averiguaron nada acerca de los otros cinco nombres de la lista de Stokes.
Caía la tarde cuando se reagruparon en el extremo norte de Brick Lane.
– Aquí no vamos a sacar nada más en claro -dijo Stokes ladeando la cabeza hacia el este. -Spital Street no queda lejos. Iré a comprobar la dirección que nos han dado de Gannon. Tal vez esté allí. O tal vez se haya mudado. -Encogió los hombros. -Ya veremos.
– Voy con usted. -Griselda aguardó a que Stokes la mirara a los ojos. -Si es una tienda será fácil entrar y echar un vistazo.
– Yo también voy -declaró Penelope. -Si hay alguna posibilidad de que los niños estén allí, debo estar presente. -No miró a Stokes sino a Barnaby.
Con expresión dura y apretando los labios, Barnaby la miró a su vez. Quería discutir pero sabía que sería en balde. Asintió de manera cortante y miró a Stokes.
– Vamos todos.
Salieron de Brick Lane por callejuelas que más bien eran como pasajes, ya que a menudo los pisos superiores de las casas se unían en lo alto. Llegaron a Spital Lane y siguieron caminando. Stokes y Griselda iban cogidos del brazo. Penelope y Barnaby, él abrazado a ella, los seguían unos metros por detrás.
Las indicaciones que les habían dado los condujeron hasta una vieja casa de madera. Estrecha, descolorida y con las ventanas cerradas, daba directamente a la calle. Tenía dos pisos destartalados y una buhardilla; no había sótano. Un callejón por el que sólo podía pasar un hombre recorría un lado. Ningún rótulo anunciaba que fuese una tienda, pero la puerta estaba entreabierta.
Pasaron de largo sin ver signos de vida.
Stokes se detuvo un poco más adelante. Él y Griselda hablaron mientras aguardaban que Barnaby y Penelope los alcanzaran.
– Entraremos primero -dijo el inspector. -Ustedes esperen aquí por si nuestras indagaciones dan fruto.
Barnaby asintió. Fue a apoyarse contra una pared cercana, llevándose a Penelope consigo cogida por la cintura. Ella puso los ojos en blanco pero se abstuvo de hacer comentarios.
Stokes y Griselda cruzaron la calle y desaparecieron en la casa.
Transcurrió un minuto. Penelope pasó el peso de un pie al otro y de inmediato decidió no volver a hacerlo. Al moverse había frotado el muslo de Barnaby con la cadera. Con estudiada indiferencia obvió el sofoco que le sobrevino, y sermoneó severamente a sus estúpidos sentidos para que dejaran de alborotarse.
Estaban justo enfrente del callejón aledaño al edificio. Al observar la pared, la joven reparó en una irregularidad. Dio un paso adelante.
– Hay una puerta lateral.
Fuese porque pilló a Barnaby desprevenido o simplemente porque éste había aflojado la mano, Penelope se vio liberada. Así pues, cruzó rauda la calle y se metió en el callejón. Lo oyó maldecir mientras la seguía. Pero en el callejón no había nadie y ella no corría peligro, de modo que aunque Barnaby se apuró en acortar distancias, no intentó agarrarla para hacerla retroceder.
Al acercarse a la puerta, Penelope aflojó el paso, preguntándose si conduciría a la tienda o si se trataba de otro local. La cautela ya se había adueñado de ella cuando la puerta crujió para luego abrirse lo justo para que un hombre saliera reculando. Comenzó a cerrar la puerta.
– ¿El señor Gannon?
El hombre dio un respingo y renegó. Giró en redondo y se pegó a la pared. Penelope lo miró con cara de pocos amigos.
– Deduzco que usted es el señor Joe Gannon, y siendo así, tenemos unas preguntas que hacerle.
Gannon parpadeó. Miró a Penelope y recobró parte de su aplomo. Pero entonces vio a Barnaby detrás de ella y quedó claro que no sabía a qué atenerse. Receloso, preguntó:
– ¿Quién va a interrogarme?
Ella contestó sin titubear:
– Lo estoy haciendo yo con pleno respaldo de la Policía Metropolitana.
Gannon abrió los ojos.
– ¿La pasma? -Intentó ver si había alguien detrás de ellos y luego se volvió hacia la otra punta del callejón. -Eh, yo no he hecho nada.
– Eso es físicamente imposible. -Penelope puso los brazos en jarras; había renunciado al disimulo y volvía a ser en buena medida una dama altiva, exigente e imperiosa, de ahí que Gannon estuviera tan confundido. -No me mienta, caballero. -Inclinándose hacia delante, le hizo un gesto admonitorio con el dedo, -¿Qué sabe de Dick Monger?
Gannon estaba sumamente nervioso.
– ¿De quién?
– Es así de alto -Penelope alzó una mano a la altura del hombro, -un chaval rubio. ¿Trabaja para usted? -le espetó.
Gannon casi retrocedió.
– ¡No! El único chaval que tengo es de mi hermana; mi sobrino. Menudo holgazán. ¿Para qué quiero otro? Y menos si lo busca la pasma. -Miró a Barnaby como si fuese su salvación. -Eh, si usted es un madero disfrazado, no debería dejar suelta a una mujer como ésta. Es peligrosa.
Barnaby llevaba un rato pensando lo mismo, pese a que cuando había aparecido Gannon sintió una punzada de miedo por la seguridad de ella.
– Usted conteste a sus preguntas y nosotros, y la policía, le dejaremos en paz. ¿Sabe algo, o ha oído algún rumor, sobre un chaval como el que le ha descrito?
Ansioso por colaborar, Gannon frunció el ceño y meditó la cuestión, pero finalmente negó con la cabeza.
– No he visto a ningún rapaz como ése por aquí. Y tampoco he oído decir nada… ni sobre él ni sobre ningún otro. -Una cierta astucia le iluminó los ojos. -Si usted y la señora buscan a un chaval raptado y piensan que igual lo tengo yo a mi servicio como niño ladrón, han de saber que no me dedico a eso desde hace más de dos años; ya pasé una temporada en chirona.
Parecía sincero. Barnaby miró a Penelope y vio que opinaba lo mismo. Después de asentir, su delicado cuerpo perdió la tensión de la lucha.
– Muy bien -dijo a Gannon, y aún había una advertencia latente en su tono. -Le creo. A partir de ahora procure no quebrantar la ley.
Dicho esto, giró en redondo. Y se encontró de cara con el pecho de Barnaby. Éste se hizo a un lado para dejarla pasar y ella salió con paso resuelto del callejón.
Barnaby miró a Gannon, cuya expresión decía que le alegraría mucho no volver a encontrarse nunca más con tan desconcertante y perturbadora mujer.