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– Bien, ¿pues cuál era su intención? ¿Qué le ha llevado a conducirse de esa manera todo el condenado día?

Durante un tenso momento, Barnaby le sostuvo la mirada. Luego alzó las manos, le cogió la cara, se acercó a ella al tiempo que se inclinaba hacia arriba y posó sus labios en los suyos. Y le dio la respuesta. No fue un beso tierno.

A él le había enfurecido que lo hubiese tomado por la clase de hombre que jugaría con sus sentimientos para castigarla.

Cuando en realidad había pasado el día entero conteniendo el impulso de violarla.

Que Penelope hubiese juzgado tan mal sus motivos le resultaba incomprensible.

E imperdonable.

De modo que tomó sus labios y su boca y le robó el aliento, desahogando el enajenante deseo que había reprimido todo el día.

Eso y sólo eso era lo que le había poseído, lo que le había llevado a conducirse como no lo había hecho jamás.

Esa cruda, desesperada, ávida necesidad lo invadía y manaba de él vertiéndose en el beso. Y en cuanto a besos, aquél era ingobernable, teñido de un desenfreno que nunca antes había sentido. Los labios de Penelope eran tan carnosos y suculentos como había imaginado, la suave caverna de su boca rendida un exquisito placer.

Que él saqueaba.

Sin restricción.

Y ella consentía.

No era que la voluntad y la razón de Penelope zozobraran; se habían ausentado. Por completo. Por primera vez en su vida se descubrió rehén de sus sentidos, completamente a su merced. Y eran despiadados.

O, mejor dicho, el efecto que Barnaby ejercía sobre ellos era implacable, inflexible y absolutamente arrollador.

Sus labios se movían sobre los de ella, duros y firmes, con imperiosa autoridad, exigentes de un modo que la estremecía. Un brazo la tenía rodeada, reteniéndola; una mano le sujetaba la cabeza de modo que era toda suya para que la devorara.

Y a ella no le importaba. Lo único que le importaba era experimentar más, saborear más, sentir más.

En algún momento había separado los labios, dejando que le llenara la boca, dejando que su lengua reivindicara de una manera que ella encontraba excitante, emocionante, una oscura y ardiente promesa de placer.

Las sensaciones físicas se entretejían en su mente, la nublaban, la aturdían. La excitación sensual tiraba de ella de un modo que resultaba inexplicable.

Deseaba. Por primera vez en su vida notaba el despertar del placer; algo más poderoso que la mera voluntad. Algo adictivo que bullía con un apetito que exigía ser saciado.

Deseaba corresponder a su beso, reaccionar como él quisiera, de cualquier manera que los apaciguara y satisficiera a ambos. La idea de dar para recibir floreció en su mente junto con la creciente certeza de que en ese terreno las cosas funcionaban así.

Había apoyado las manos en el pecho de Barnaby; dejando de agarrarlo de manera tan compulsiva las deslizó hacia arriba, hacia sus hombros, anchos y fuertes, para luego seguir subiendo hasta su nuca y los sedosos rizos que le cubrieron los dedos.

Jugueteó con ellos.

Su contacto afectó a Barnaby; inclinó la cabeza y profundizó más el beso; su lengua acarició la suya con ardiente persuasión.

Sintió un escalofrío. Envalentonada, correspondió vacilante al beso; indecisa, insegura.

La respuesta de Barnaby la conmocionó: una oleada de deseo apasionado que parecía surgirle del alma, que manaba de todo su cuerpo y se concentraba en aquel beso. Y la fuerza, la avidez, la descarnada necesidad que percibía latente en sí misma, tendrían que haberla hecho recobrar la compostura, aferrarse de nuevo al instinto de supervivencia.

En cambio, cayó en la trampa.

En la tentación de besarlo sin comedimiento, de dejar que su lengua jugara con la suya, de arrimarse a él. De aprender más.

A través del beso, a través de aquellos labios que devoraban los suyos, a través de las firmes manos que la estrechaban contra aquel inflexible cuerpo, percibió una primitiva satisfacción masculina fruto de que ella consintiera, de que respondiera, de que se entregara.

Esto último era temerario; aun habiendo perdido el juicio lo sabía de sobra. Mas el momento, el aquí y ahora, no encerraba ninguna amenaza.

Por más que aguzara los sentidos, lo único que detectaba era calor y un creciente placer, y mezclada en todo ello de manera esquiva, una fuerza que resultaba adictiva. Que apelaba a ella en un nivel de feminidad desconocido hasta entonces, que nunca antes se le había manifestado tan abiertamente.

La respuesta de Barnaby a eso la impresionó, le hizo abrir los ojos a la mujer que llevaba dentro. Y a sus ansias.

Se apartó, interrumpió el beso con un leve jadeo. Lo miró anonadada a los ojos.

Brillantes, azules, encendidos por lo que ahora ella entendía que era deseo, la miraron a su vez. La expresión de aquellos ojos, la lentitud con que apretaba la mandíbula, le dijeron que Barnaby había visto y entendido… demasiado.

Aguijoneada por el miedo, se zafó de su abrazo y dio media vuelta para seguir caminando. No iba a decir nada, ni siquiera a hacer referencia al beso. Ni siquiera aludir a él.

No cuando se sentía tan alterada.

Tan desprotegida.

Tan vulnerable.

Barnaby no dijo nada. En dos zancadas se puso a su altura y se acopló a su ritmo.

Penelope notaba su mirada en el rostro pero mantuvo los ojos al frente. Con la cabeza alta, siguió adelante.

Rodearon la iglesia y salieron a una calle más concurrida. Barnaby paró un coche de punto. Abrió la portezuela y ella subió sin dejarse ayudar.

Él subió tras ella y, para su sorpresa y creciente indignación, se sentó a su lado, aunque dejando suficiente espacio entre ambos para no agobiarla. Apoyó un codo en la ventanilla y se dedicó a contemplar las fachadas, guardándose sus pensamientos para sí.

Dejándola a ella con los suyos.

CAPÍTULO 09

Barnaby se separó de ella en la escalinata de Mount Street con lo que Penelope interpretó, segura de dar en el clavo, como una advertencia disfrazada en la promesa de reunirse con ella aquella noche.

Durante el trayecto desde St. John's Wood no habían dicho palabra; ni un solo comentario a propósito del beso y, mucho menos, sobre lo que éste había desvelado. Pero habían pensado en ello. En el caso de ella, no había pensado en otra cosa. Por consiguiente, ahí estaba ella, paseándose por el salón de lady Carlyle, armada de valor, con la determinación azuzada y reafirmada, aguardando a que Barnaby apareciera para informarlo sobre su postura en ese asunto y de cómo iban a proceder en lo sucesivo.

Desde luego, no iba a permitirse otro beso como aquél.

Fueran cuales fuesen los argumentos en sentido contrario, tanto si provenían de Barnaby como de la espantosa curiosidad que la corroía, estaba resuelta a no ceder un ápice, convencida de que no iba a arriesgarse a conocer más de cerca aquella parte de su ser que el beso había revelado.

Si bien el acto en sí había demostrado cuál era el verdadero interés de de Barnaby, cuáles sus intenciones, cuáles los motivos que ella, con su habitual severidad, había juzgado erróneamente, la faceta de sí misma que el beso había descubierto le resultaba mucho más perturbadora.

Mucho más inquietante.

Nunca había sabido, nunca había adivinado que bajo su práctica y prosaica apariencia albergaba una serie de necesidades femeninas que, al parecer, habían permanecido latentes hasta que él la había besado. Hasta que él la había tomado en sus brazos y mostrado a sus sentidos lo que podían alcanzar, al tiempo que despertaba esas necesidades latentes.

Habían despertado en respuesta a él, nutridos por las sensaciones que él suscitaba. El y sólo él. Ningún otro hombre la había afectado lo más mínimo, mas en el caso de Barnaby Adair había percibido la conexión desde el principio, desde el instante en que había entrado en la guarida del león para solicitar su ayuda.