Si se permitía ir más allá con Barnaby Adair, estaba convencida de que sus recién despiertas necesidades devendrían una realidad acuciante y permanente; se conocía lo bastante a sí misma para saber que nunca hacía las cosas a medias. Esas necesidades crecerían y se adueñarían de ella, dominio al que tendría que plantar cara y domeñar.
Y no estaba dispuesta a recorrer esa senda.
Aunque su acostumbrado impulso de saber, aprender y entender seguía siendo fuerte, empujándola hacia delante, en este caso lo contrarrestaba una consideración de peso, bastante desconcertante, que la llevaba a echarse atrás: que había algunas cosas que era mejor no saber, dado que el posible beneficio a obtener no compensaba el precio que seguramente costarían.
Sólo podía explorar ese yo íntimo y sus necesidades con Barnaby Adair, y le constaba qué clase de hombre era él. Si intentaba saber más acerca de él, era harto probable que tuviera que sacrificio algo que nunca querría perder: su independencia, su libre albedrío, la libertad de llevar las riendas de su propia vida.
Eso era algo que nunca arriesgaría, que nunca pondría en peligro. No era algo que estuviera dispuesta a jugarse.
Gracias a sus errabundos paseos se las había arreglado para evitar a aquellos pretendientes que la señora de la casa había invitado. Cuándo vio la cabeza rubia de Adair entrar en el salón, murmurar «por fin» y, eludiendo con destreza la mirada de Harlan Rigby abrió paso hasta un rincón de la estancia.
Una vez allí, aguardó a que Adair fuera a su encuentro.
Barnaby no se hizo de rogar; con lo que la mayoría de damas sin duda habría considerado halagadora presteza, zigzagueó entre los invitados hacia ella.
Resolviendo que no le era preciso tomar en cuenta la decidida intención que reflejaban los ojos de él, Penelope se limitó a inclinar la cabeza a modo de saludo cuando llegó a su lado. Y sin más prolegómenos le informó:
– Tengo algo que decirle. Hay una sala ahí detrás -con un gesto indicó una arcada cercana- donde podremos hablar en privado.
Dicho esto, dio media vuelta y se encaminó hacia la arcada.
Tras un brevísimo titubeo, Barnaby echó un vistazo al salón y la siguió; una vez más detrás de ella.
La salita era, tal como había anunciado Penelope, ideal para conversar en privado. Perfecta para la seducción.
Después del increíble beso de aquella tarde, habría estado enteramente justificado imaginar que fuese ella, para variar, quien tomara la iniciativa de organizar una exploración más en profundidad de aquellos derroteros.
Por descontado, no era tan estúpido.
Habida cuenta del modo tan brusco en que se había apartado para luego abstraerse en sus pensamientos, cuando él cerró la puerta de la sala no contaba con que ella se volviera, sonriera y se echara en sus brazos.
Plantada en medio de la habitación, se volvió de cara a él con la cabeza bien alta y las manos juntas en el regazo.
Su mirada, como siempre estoicamente directa, buscó la suya.
– Quiero dejarle claro que, en lo relativo al abrazo de esta tarde, si bien acepto que usted actuó en respuesta a comentarios míos que por lo visto consideró provocativos, y que también yo me equivoqué respecto a sus motivos, por lo que pido disculpas, tales abrazos no volverán a consentirse.
Tomó aliento y, levantando todavía más el mentón, prosiguió con un discurso que obviamente había ensayado.
– Como bien sabe, acudí a pedirle ayuda para rescatar a nuestros niños desaparecidos, y debo mi lealtad ante todo a esta labor. Si queremos tener éxito, usted y yo debemos trabajar juntos, codo con codo, y estoy convencida de que ninguno de los dos querrá que la incomodidad personal interfiera en ese trabajo.
Todavía junto a la puerta, Barnaby enarcó una ceja.
– ¿Incomodidad personal?
Penelope le miró con furia contenida.
– La que forzosamente afloraría si usted me persigue, dado que yo no deseo profundizar en una relación personal con usted.
Barnaby la estudió un momento antes de decir gentilmente:
– Entendido.
Había sentido curiosidad por saber qué táctica emplearía. Tras dedicar horas a la especulación, finalmente había decidido dejar que lo sorprendiera. Y ella había sido a un tiempo más sincera y testaruda de lo que él había esperado. E incluso cabía que optara por valerse del honor caballeroso para obligarlo a mantener las distancias. Pero después de aquel beso, después de todo lo que había revelado, habida cuenta de su posición actual ante ella, dudaba que hubiera algo en el mundo que pudiera apartarlo fácilmente de su camino.
Dio unos pasos y se plantó delante de ella. Escrutó sus ojos.
– ¿Y si no me avengo?
Penelope frunció el ceño.
– No sacará nada bueno de buscar una relación personal conmigo, ¿todavía no lo ha entendido? No busco casarme, ni busco un marido que me garantice un techo, cosa que puedo costearme yo sola, pero a cuyo cargo pasaría a estar, otorgándole el derecho de imponerme restricciones y controlarme.
Barnaby entendía su punto de vista. Eso, sin embargo, no iba a disuadirlo.
Ya no albergaba duda alguna sobre hacia dónde iba con Penelope. No era lo que él hubiese predicho, o ni siquiera elegido si tuviera opción, pero como no la tenía…
En efecto, aún no comprendía del todo cómo habían cambiada tanto las cosas por el mero hecho de que ella apareciera en su vida. Incluso veía a sus pares de manera distinta, como si ella le hubiese abierto los ojos. Al entrar en el salón de lady Carlyle se había visto a sí mismo de un modo completamente nuevo con respecto al privilegiado círculo en que había nacido.
Al mismo tiempo era y no era parte de él. Pese a sus protestas, seguía siendo el hombre que su madre quería que fuera, un hombre definido por su derecho de nacimiento, por ser el tercer hijo del conde de Cothelstone. Era quien era y no podía negarlo. Penelope, con su presencia, lo despojaba de su actitud distante y ponía al descubierto al hombre que había debajo; y ese hombre era en muchos aspectos un digno descendiente de sus antepasados conquistadores.
No obstante, eso nunca le había bastado, del mismo modo que para Penelope no bastaba con ser la hija del vizconde de Calverton ni eso definía quién era, todo lo que era. Entendía muy bien por qué, de todas las mujeres de la alta sociedad, era ella la que lo atraía, ya que ambos compartían la misma motivación fundamentaclass="underline" hallar, tomar las riendas y dar forma a su propio destino.
Hoy, por primera vez, no había sido sólo él quien fuera y volviera de los barrios bajos a los salones. Ella había ido con él, a su lado; el tiempo pasado en los barrios humildes había sacado a relucir lo que era real e importante en sus vidas; los oropeles y la sofisticación de las altas esferas disimulaban y ocultaban esas cosas, hacían más difícil discernirlas. Saberlas. Captarlas.
Ahora él sabía lo que quería, que ella era la dama que necesitaba a su lado. Aceptaba sin reservas que eso debía ser así.
Al mirar sus profundos ojos castaños, le intrigaba lo que estaba comenzando a percibir, aquello de lo que empezaba a ser consciente: no sólo los pensamientos de Penelope, sino también sus sentimientos, sus emociones. Ya se había acercado más a ella que a cualquier otra mujer; que su conexión fuese cada vez más profunda era un signo más de que ella, sin duda, estaba hecha para él.
Y estaban destinados a unirse todavía más. Mucho más. Después de aquel beso no cabía duda, si bien Barnaby aceptaba que tenía bastante más experiencia que ella, que ella carecía de criterio para juzgar lo que estaba surgiendo entre ellos o para valorar con exactitud la importancia de los hitos que ya habían superado.
Penelope era relativamente inocente, siendo «relativamente» la palabra clave; pero intelectualmente no era nada inocente… lo cual, esperaba Barnaby, era un arma que él tal vez podría usar. La curiosidad de ella era patente, una fuerza con la que contar; en su caso, quizá cabría incluso explotarla.