Penelope torció aún más el gesto; el prolongado silencio de Barnaby mientras la estudiaba comenzaba a resultarle molesto. No tenía idea de qué estaba pensando, pero tenía la impresión de que no auguraba nada bueno, y esa sensación la llevó a decir:
– Hace mucho tiempo decidí que el matrimonio no está hecho para mí. -Mientras lo decía, una advertencia le vino a la mente: Portia la había sermoneado más de una vez, insistiendo en que su franqueza le acarrearía problemas con los hombres.
Penelope había rechazado tal profecía; hasta la fecha, dicha franqueza le había permitido repeler a un sinfín de pretendientes con brutal eficiencia. Con Barnaby Adair, sin embargo, quizás acababa de ser demasiado directa en el tema equivocado. Ante un caballero como él, estaba claro que erigirse como un desafío no era la manera de hacerle desistir.
– Es decir -apostilló enseguida, aunque no tenía ni idea de cómo deshacer el entuerto, -yo…
Él sonrió y le puso un dedo sobre los labios.
– No. No diga nada. Lo entiendo perfectamente.
Ella lo miró pestañeando mientras él bajaba la mano. ¿Sería él la excepción a la regla?
– ¿En serio?
– En serio -corroboró Barnaby sin dejar de sonreír.
Penelope exhaló.
– ¿Entonces no volverá a besarme?
El tenor de la sonrisa de Barnaby cambió.
– Sí que lo haré. Cuente con ello.
Se quedó boquiabierta y abrió mucho los ojos.
– Pero…
Llamaron a la puerta y ambos se volvieron a la vez.
– ¿Qué diablos? -murmuró Penelope; y levantando la voz: -Adelante.
Se abrió la puerta y entró un lacayo. Hizo una reverencia y le tendió la bandeja que portaba.
– Un mensaje para la señorita Ashford.
Nada estaba saliendo como ella había planeado. Ceñuda, dio unos pasos al frente y cogió la nota de la bandeja.
El lacayo se inquietó a causa de su expresión.
– Lady Calverton ha insistido en que se lo trajera de inmediato, señorita.
Lo cual respondía a la pregunta de cómo había sabido dónde encontrarla; muy poco escapaba a los ojos de lince de su madre. Asintió.
– Gracias.
Dio la espalda al sirviente y abrió la nota. Alisando la hoja, la leyó. Barnaby, que no le quitaba el ojo de encima, vio que palidecía.
– ¿Qué sucede?
Penelope releyó la nota con expresión de asombro absoluto.
– La señora Carter… Jemmie. -Tardó un segundo en dirigirle una mirada horrorizada. -Han hallado muerta a la señora Carter. La encontró el médico; cree que no falleció de muerte natural. Piensa que la asfixiaron.
A Barnaby se le heló la sangre.
– ¿Y Jemmie?
Penelope tragó saliva.
– Ha desaparecido. -De repente, giró en redondo. -Tengo que irme.
Barnaby la cogió del codo.
– Tenemos que irnos. -Y al lacayo le dijo: -Por favor, salude de mi parte a lady Calverton. Dígale que a la señorita Ashford y a mí nos reclama un asunto urgente relacionado con el orfanato.
El lacayo hizo una reverencia.
– Enseguida, señor. -Y se marchó.
Penelope hizo ademán de seguirlo pero Barnaby la retuvo.
– Un momento. -Aguardó hasta que ella lo miró a los ojos. -Tenemos que avisar a Stokes de inmediato; no tiene sentido que vayamos corriendo a casa de los Carter. Es a Stokes a quien hay que avisar, y luego habrá que planear la mejor manera de buscar a Jemmie.
Penelope lo miró de hito en hito como confirmando su compromiso, comparándolo con el suyo propio, sirviéndose de ambos para anclarse a un mundo que de pronto daba vueltas; luego inspiró bruscamente y asintió.
– Sí, tiene razón. Stokes es lo primero, pero yo también voy.
Barnaby no intentó disuadirla; habida cuenta de lo que causaba sus prejuicios contra el matrimonio, y tras haber admitido ante sí mismo cuáles eran sus intenciones, habría sido el colmo de la estupidez discutir. Por tanto, se limitó a decir:
– Vayamos en busca de lady Carlyle para despedirnos.
Stokes vivía en una casa de inquilinato en Agar Street, cerca del Strand. Barnaby solía visitarlo a menudo, pero mientras ayudaba a Penelope a bajar del carruaje se preguntó cómo reaccionaría su amigo al ver su domicilio invadido por una dama.
No abrigaba reservas en cuanto a lo que Penelope pensaría ni temía que se sintiera fuera de lugar; si de algo estaba seguro, era de que se acomodaba a cualquier situación con absoluta calma.
Acompañándola escaleras arriba hacia el interior del edificio, se dijo que aquél era otro rasgo que la diferenciaba de las demás damas de alcurnia.
La vivienda se hallaba en el primer piso. Barnaby llamó; Stokes abrió la puerta en mangas de camisa y sin cuello, con una cómoda y vieja chaqueta de lana como las que solían llevar los jardineros.
Al verlos, pestañeó Sorprendido.
– ¡Inspector Stokes! -Penelope cruzó el umbral y agarró las manos de Stokes. -Ha ocurrido algo terrible. La señora Carter, de quien creo que el señor Adair le ha hablado, ha sido asesinada; y los villanos han raptado a Jemmie.
En un abrir y cerrar de ojos, Stokes pasó del desconcierto al estado de alerta. Miró a Barnaby, que asintió confirmándolo.
– Déjanos pasar y te lo contamos todo.
Stokes se hizo a un lado indicándoles su pequeña sala de estar. Tras cerrar la puerta, señaló las butacas que había junto al hogar y luego fue en busca de una silla a su diminuta cocina. La puso de cara a las butacas y se sentó.
– ¿Cuándo ha sucedido?
Penelope miró a Barnaby.
– En realidad no lo sabemos; estábamos en una soirée cuando ha llegado el mensaje. -Volvió a mirar a Stokes. -Di órdenes de que se me informara de cualquier otra desaparición a cualquier hora y en cualquier lugar. La señora Keggs seguro que ha enviado al mensajero en cuanto ha tenido noticia, pero éste habrá le nido que ir primero a Mount Street y luego a la residencia de I ad y Carlyle.
– Pongamos una hora para que el mensaje nos llegara, y otra para que lo llevaran del East End a Bloomsbury. -Barnaby miró a su amigo. -Seguramente hace más de dos horas.
Penelope hurgó en su bolso, sacó la nota y le la pasó a Stokes.
– Al parecer, el médico fue a ver cómo seguía la señora Carter y la encontró muerta; y Jemmie había desaparecido. El inspector leyó la nota.
– Por lo visto, el médico está convencido de que la señora Carter no falleció de muerte natural.
– En efecto. -Penelope se sentó en el borde la butaca. -¿Qué debemos hacer?
Stokes echó un vistazo al reloj de la repisa de la chimenea; las manecillas señalaban las once menos cuarto.
– Aunque no podemos hacer gran cosa esta noche, mandaré ti vi se al puesto de policía del barrio. Tenían que vigilar la casa pero como nadie suponía que Jemmie o la señora Carter corrieran un peligro inminente, la vigilancia no era constante.
Penelope se mostró apenada pero admitió:
– No había manera de saber que llegarían a esto.
Stokes inclinó la cabeza.
– De todos modos iré al cuartel general; me queda cerca, así que no tardaré. Tenemos mensajeros oficiales; uno llevará el aviso al puesto de policía de Liverpool Street. El médico habrá denunciado el crimen pero el interés de Scotland Yard garantizará que el sargento de guardia comience de inmediato a recabar información. Yo iré mañana a ver qué tiene y qué más averiguo.
Penelope miró a Barnaby. Éste no necesitó palabras para saber lo que estaba pensando. Negó con la cabeza.
– No tiene sentido que vayamos esta noche. Seremos incapaces de averiguar nada, y a oscuras es posible que pasemos algo por alto o Incluso que destruyamos alguna pista.
Ella apretó los labios; puso mala cara pero al cabo de un momento asintió.
– Muy bien. Pero como ha dicho antes, tenemos que hacer planes.