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Ya la apartaría de la investigación en su debido momento, cuando estuviera al corriente de los hechos y de cuanto ella supiera sobre aquel extraño asunto.

Penelope lo obsequió con una sonrisa radiante, interrumpiendo de nuevo el hilo de su pensamiento.

– ¡Estupendo! -Recogió los guantes y el manguito y se levantó. Había conseguido lo que quería; era hora de marcharse antes de que él le dijera algo que ella no tuviera ganas de oír. Mejor no enzarzarse en discusiones. Todavía no.

Barnaby se levantó a su vez y le indicó la puerta. Ella pasó por delante, poniéndose los guantes. No había conocido a otro hombre que tuviera las manos tan bonitas, de dedos largos y elegantes… Las recordaba de la ocasión anterior, razón por la cual evitó estrecharle la mano.

Barnaby la siguió hasta el vestíbulo.

– ¿Su carruaje la espera?

– Sí. -Se detuvo ante la puerta y levantó la vista hacia él. -Me aguarda frente a la casa contigua.

Barnaby torció los labios.

– Entiendo. -Su ayuda de cámara estaba indeciso, pero él le hizo una seña para que no interviniera y cogió el pomo. -Permítame acompañarla.

Penelope inclinó la cabeza. Cuando él abrió la puerta, salió al estrecho porche. Ella se estremeció al sentir su presencia tan cercana. Alto y abrumadoramente masculino, la escoltó al bajar los tres escalones hasta la acera y luego hasta donde aguardaba el carruaje de su hermano, con el cochero paciente y resignado sentado en el pescante.

Adair abrió la portezuela y le ofreció la mano. Conteniendo el aliento, Penelope le tendió los dedos y trató de pasar por alto cómo los envolvían los de él, procurando no percibir el calor de su firme apretón cuando la ayudó a subir al carruaje.

Más no lo logró.

No pudo respirar hasta que él le soltó la mano. Se dejó caer en el asiento de cuero y se las arregló para sonreír y asentir.

– Gracias, señor Adair. Nos veremos por la mañana.

Barnaby la estudió a través de la penumbra, luego levantó la mano a modo de saludo, dio un paso atrás y cerró la portezuela.

El cochero sacudió las riendas y el carruaje arrancó bruscamente. Soltando un suspiro, Penelope se recostó en el asiento y sonrió a la oscuridad. Satisfecha, y una pizca petulante. Había reclutado a Barnaby Adair para su causa y, a pesar del inaudito acceso de sensiblería, había manejado la situación sin desvelar su aflicción.

En general la velada había sido un éxito.

Barnaby se quedó plantado en la calle, envuelto en la niebla, observando cómo se alejaba el carruaje. Cuando dejó de oír el traqueteo de las ruedas, sonrió y enfiló hacia su puerta.

Al subir los escalones del porche se percató de que estaba de buen humor. El abatimiento se había esfumado, sustituido por la expectativa de lo que le depararía el nuevo día.

Y eso debía agradecérselo a Penelope Ashford.

No sólo le había propuesto un caso, uno que se apartaba de su ámbito habitual y que, por consiguiente, supondría un desafío y ampliaría sus conocimientos, sino que, aún más importante, se trataba de un caso que ni siquiera su madre desaprobaría.

Redactando mentalmente la carta que escribiría a su progenitora a primera hora de la mañana, entró en su casa silbando entre dientes y dejó que Mostyn se encargara de echar el cerrojo a la puerta.

CAPÍTULO 02

– Buenos días, señor Adair. La señorita Ashford nos ha avisado de su visita. Está en su despacho. Tenga la bondad de acompañarme.

Barnaby cruzó el umbral del orfanato y aguardó mientras la mujer de mediana edad, muy bien arreglada, que había abierto la pesada puerta en respuesta a su llamada la cerraba y la aseguraba con un pasador alto.

Ella dio media vuelta y le hizo una seña; Barnaby la siguió mientras lo conducía a través de un espacioso vestíbulo y por un largo pasillo con puertas que se abrían a derecha e izquierda. Sus pasos resonaban levemente en el suelo de baldosas blancas y negras; las paredes desnudas eran de un pálido tono amarillo crema. En cuanto a estructura, la casa parecía en perfecto estado pero no presentaba el menor indicio de decoración: ni cuadros en las paredes ni alfombras sobre las baldosas.

Nada que suavizara o disfrazara la realidad de que aquello era una institución.

Una breve inspección del edificio desde el otro lado de la calle le había mostrado una mansión antigua, pintada de blanco, tres plantas y buhardillas en lo alto, un cuerpo central flanqueado por dos alas, amplios patios de grava delante de cada ala separados de la acera por una valla de hierro forjado. Un sendero recto y estrecho conducía de la pesada verja de la calle hasta el porche de la entrada.

Todo lo que Barnaby había visto del inmueble emanaba sentido práctico y solidez.

Volvió a fijarse en la mujer que tenía delante. Aunque no llevaba uniforme, le recordó a la gobernanta de Eton por su paso presuroso y decidido, y por el modo en que echaba un vistazo al pasar ante cada habitación, comprobando quién había dentro.

Él también miró las habitaciones y vio grupos de niños de distintas edades sentados en pupitres o en corros en el suelo, escuchando absortos a mujeres, y en un caso a un hombre, que les leían o enseñaban.

Mucho antes de que la mujer que lo guiaba aminorase el paso y se detuviera ante una puerta, Barnaby había comenzado a añadir notas mentales sobre Penelope Ashford. Fue el ver a los niños -sus rostros rubicundos y redondos, los rasgos indiscernibles, el pelo arreglado pero sin peinar, la ropa decente pero de ínfima calidad, todo tan diferente de los niños con que él o ella trataban normalmente -lo que le abrió los ojos.

Al defender a criaturas tan inocentes y desvalidas de un estrato social tan alejado del suyo, Penelope no se estaba permitiendo un simple gesto altruista; al traspasar en semejante medida los límites de lo que la buena sociedad juzgaba apropiado en las obras benéficas para las damas de su posición, se estaba jugando, y de esto Barnaby estaba seguro con cierta complicidad, la desaprobación social.

El orfanato de Sarah y su relación con él no era lo mismo que Penelope estaba haciendo allí. Los niños de Sarah eran de extracción campesina, hijos de labriegos y familias del pueblo que vivían, trabajaban o se relacionaban con las fincas de la aristocracia terrateniente; ocuparse de ellos implicaba un componente de «nobleza obliga». Pero los niños de allí eran de las populosas barriadas y atestadas casas de vecinos de Londres; no guardaban relación alguna con la alta sociedad y sus familias a duras penas se ganaban la vida ionio podían en ocupaciones variopintas.

Y algunas de esas ocupaciones no resistirían un escrupuloso escrutinio.

La mujer a quien había seguido hizo un gesto con el mentón. -La señorita Ashford está en el despacho del fondo, señor. Tenga la bondad de pasar.

Barnaby se detuvo en el umbral del antedespacho. Una joven remilgada estaba sentada, con la cabeza gacha, a un escritorio frente a unos armarios cerrados, revisando papeles. Con una comedida sonrisa, Barnaby dio las gracias a su acompañante y cruzó hacia el sanctasanctórum.

Su puerta también estaba abierta.

Sin hacer ruido, se aproximó y se detuvo a mirar. El despacho de Penelope -la placa de latón de la puerta ponía Administración- era un cuadrado de paredes blancas, austero y sin adornos. Contenía dos armarios altos contra una pared y un gran escritorio situado ante la ventana con dos sillas de respaldo recto.

Penelope, en la silla de detrás del escritorio, estaba concentrada en un fajo de papeles. El ceño levemente fruncido hacía que sus cejas oscuras formaran una línea casi horizontal sobre el puente de su naricilla recta. Los labios apretados, se fijó él, daban un aire severo a su semblante.

Llevaba un traje de calle azul marino; la oscuridad del color resaltaba su tez de porcelana y el lustroso obsequio de sus cabellos castaños. Tomó debida nota de los reflejos rojos de su espléndido pelo.