– ¿Los reconocería si volviera a verlos? -preguntó Penelope.
– ¿Al primero? -Jenks frunció el ceño. -Sí, seguro que lo re conocería. Al segundo… -Arrugó más la frente. -Es extraño, le vi más rato que al otro pero me parece que podría cruzarme con él sin darme por enterado. -Miró a Penelope a los ojos e hizo una mueca. -Lo siento, esto es todo lo que sé.
– No se preocupe; nos ha dicho más que cualquier otro. Al menos ahora sabemos que fueron dos hombres y que uno es identificable. -Sonrió. -Gracias. Nos ha proporcionado la primera pista real.
Jenks se relajó una pizca.
– Sí, bueno, no me sorprende que nadie más sepa nada. Si fueras a hacer lo que esos dos hicieron, la primera hora de la tarde es el momento apropiado. Dudo que en toda le manzana haya más gente de la que se cuenta con los dedos de una mano cuando me marcho a trabajar; todo el mundo anda por ahí ocupado en sus cosas, nadie se queda en casa pendiente de lo que pueda pasar.
Barnaby asintió.
– Fueran quienes fueran, sabían lo que se hacían.
Penelope reiteró su agradecimiento. Barnaby dio las gracias a su vez, y luego emprendieron el regreso hacia Arnold Circus.
– Ya está. -Barnaby echó un vistazo al callejón. -He preguntado a todos los de este lado. He dejado a Jenks para el final porque me dijeron que estaba durmiendo.
– Y yo he preguntado a todos los del otro lado, sin ninguna suerte. -A la altura de la puerta de la señora Carter, Penelope se detuvo, la miró y suspiró. -¿Y ahora qué? -Miró a Barnaby. -tiene que haber algo más que podamos hacer; algún otro lugar, otra manera de buscar una pista.
Él le sostuvo la mirada un instante y luego enarcó una ceja.
– ¿Quiere saber la verdad?
Frunciendo levemente el ceño, ella asintió.
– Pues aquí no podemos hacer nada más. Hemos hablado con todo el mundo y averiguado cuanto cabía averiguar. Esa es la verdad, tenemos que seguir adelante, avanzar hasta que demos con algo.
Penelope miró en derredor y sus ojos se posaron de nuevo en la puerta tras la que debería estar Jemmie.
– Tengo la sensación de haberle fallado. Y todavía más a ella. Le pije que velaría por su seguridad, y se lo prometí. -Levantó la vista, miró a Barnaby y vio su comprensión. -Una promesa a una madre agonizante sobre la seguridad de su hijo. ¿Qué valor cabe atribuir ahora a eso? No puedo, simplemente no puedo dormir con este cargo de conciencia. Tiene que haber algo más que yo pueda hacer.
Él torció los labios pero no sonrió. Tomándola del brazo, enfilaron de nuevo la calle.
– No eres la única implicada. Yo también hice una promesa, y fue al propio Jemmie. Y sí, lo entiendo, tenemos que rescatarlo y llevarlo al orfanato, que es donde debe estar.
Penelope se vio alejándose de la puerta, obligada con tiento por Barnaby, que le sostuvo la mirada cuando ella levantó la vista.
– Hice otra promesa, si lo recuerdas. Y te la hice a ti. Te prometí que encontraría a Jemmie, y tengo intención de cumplirla, del mismo modo en que ambos, tú y yo, mantendremos las promesas que hicimos a Jemmie y su madre. Pero no podremos cumplirlas si nos distraemos actuando sólo por hacer algo que nos tranquilice la conciencia. Tenemos que actuar, es verdad, pero debemos hacerlo racionalmente, con lógica y sensatez. Sólo así se vence al villano y se rescata al inocente.
Penelope escrutó su semblante y luego miró al frente porque ya llegaban a la nublada y bulliciosa Arnold Circus.
– Logras que parezca muy sencillo.
Barnaby la condujo hacia donde aguardaba su coche de punto.
– Porque es sencillo, lo que no significa fácil. En cualquier caso, es lo que debemos hacer. Tenemos que dejar los sentimientos a un lado y centrarnos en nuestro objetivo.
Penelope soltó un bufido; le habría encantado discutir, simplemente por lo atormentada que se sentía, pero Barnaby tenía razón. Él le abrió la portezuela y la ayudó a subir. Ella se acomodó en el asiento y aguardó a que él se sentara a su lado y el carruaje arrancara antes de decir:
– De acuerdo. No cederé ante mi conciencia, al menos no lo haré obrando impulsivamente. De modo que pregunto: ¿cuál es el siguiente paso sensato, lógico y razonable?
Su tono fue insolente pero Barnaby se alegró; que se insolentara con él indicaba que no se dejaba abrumar por la situación. La mirada perdida que había visto en sus ojos cuando miraba la puerta de los Carter lo había entristecido, tanto más cuanto que comprendía cómo se sentía. Pero había pasado por momentos iguales o peores en otras investigaciones; sabía cómo seguir adelante.
– Hay que contar a Stokes lo que hemos averiguado. Puede que no sea gran cosa pero sabrá sacarle el mejor partido. La descripción que nos ha dado Jenks no es muy buena pero quizá sirva para que algún sargento ate cabos.
Era casi mediodía. Había dado instrucciones al cochero para que los llevara de regreso a Mayfair. Como ya habían pasado antes por el orfanato, no había necesidad de volver.
– Iremos a comer algo y luego a Scotland Yard.
A su lado, Penelope asintió.
– Y una vez que hayamos visitado a Stokes, deberíamos referir las novedades a Griselda sin más dilación.
Stokes había tenido la misma idea. Llegó a la tienda de St. John's Wood High Street poco después de las dos.
Esta vez las chicas le recibieron sonrientes. Una corrió de inmediato a informar de su presencia a la señorita Martin.
Griselda descorrió la cortina con una sonrisa en los labios.
El inspector la correspondió, a su juicio con bastante soltura, pero ella pareció percibir la tensión que latía en su fuero interno. Se puso seria; ladeó la cabeza, invitándole con los ojos.
– Entre, por favor.
Pasando junto a las chicas, la siguió a la cocina, dejando que la cortina se cerrara a sus espaldas. Igual que la vez anterior, la mesa estaba cubierta por montones de plumas y cintas; un sombrero a la última moda, aún sin acabar, ocupaba el espacio central.
– La he interrumpido -dijo Stokes.
Ella lo miró frunciendo el ceño.
– ¿Qué ha ocurrido?
El la miró a los ojos y luego lanzó una mirada a la cortina. Si no tiene inconveniente, preferiría que habláramos arriba.
– Por supuesto. -Rodeó la mesa hacia la escalera. -Subamos. La siguió por el estrecho tramo, procurando, sin demasiado éxito, no fijarse en el meneo de sus caderas. Griselda cruzó la sala hacia la butaca que obviamente prefería, indicándole que se sentara en la otra.
Dejándose caer en ella, Stokes suspiró; cuando estaba allí, con ella, se sentía literalmente como si le quitaran un peso de los hombros. En respuesta a sus cejas enarcadas, dijo:
– Creo que Adair y la señorita Ashford mencionaron que habían encontrado a un niño en circunstancias similares a las de los desaparecidos, pero que como a su madre, a decir de todos, aún le quedaba bastante tiempo de vida, se consideró innecesario poner la casa bajo vigilancia permanente.
Griselda negó con la cabeza.
– ¿Ha ocurrido algo malo?
Apoyando la cabeza en el respaldo, Stokes cerró los ojos.
– Anoche supimos que habían hallado muerta a la madre, asesinada, y que el chico ha desaparecido.
Griselda masculló algo para sus adentros.
– ¿En el East End?
– Cerca de Arnold Circus. -Observó que ella arrugaba la frente. -¿Porqué?
Griselda apretó los labios. Al cabo de un momento, dijo:
– El East End es en muchos aspectos una ciudad sin ley, pero allí se encargan de los suyos. Hay ciertos límites que nadie traspasa, y matar a una madre para robarle el hijo es uno de ellos. Nadie va a estar contento con esto; si alguien tiene información que dar, lo hará de buena gana.