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Cuando el carruaje se detuvo y Barnaby le ofreció la mano, ella posó con calma sus dedos en loe suyos y permitió que la ayudara a subir.

Arrellanándose en el asiento al lado de ella, Barnaby no tuvo ninguna dificultad en disimular su sonrisa. Penelope podía ser tan transparente como el cristal, al menos en cuanto a la reacción que le suscitaba el contacto con él, pero Barnaby no era tan idiota como para dar nada por sentado, vista la indómita voluntad de aquella joven. Era una joven veleidosa y avispada; para conseguirla tendría que jugar con mucho tino y mano izquierda.

Por suerte, se crecía ante los retos.

El carruaje circulaba deprisa hacia Mayfair. Al cabo de un rato, el inusitado silencio de Penelope se hizo notar. Barnaby la miró; tenía el rostro medio vuelto hacia la ventanilla, pero lo que alcanzó a ver de su expresión reflejaba serenidad… lo cual significaba que estaba planeando algo.

– ¿Qué pasa?

Penelope lo miró; como no se molestó en preguntar a qué se refería, Barnaby supo que había interpretado correctamente su expresión abstraída. Se demoró un poco antes de responder.

– Jemmie está ahí fuera, en alguna parte, desamparado, y probablemente tenga miedo. Me inclino por no aguardar a mañana para comenzar a buscar al próximo niño que tal vez vayan a secuestrar. Tú mismo lo has dicho: está claro que tienen cierta urgencia por hacerse con más niños; no podemos permitirnos desperdiciar ni una hora. -Lo miró de hito en hito. -Por desgracia, me he comprometido a acompañar a mi madre a una velada musical esta noche. -El ligero arqueo de una ceja repitió la sugerencia de su tono.

En vez de mostrarse demasiado ansioso por aceptar sus plañe… Barnaby volvió la vista al frente y suspiró.

– Me reuniré contigo allí y luego nos escabullimos. Sabe Dios que nadie se fija en quién está o deja de estar presente una vez que comienzan los maullidos, pero tendremos que estar pendientes del reloj y regresar antes de que termine el espectáculo.

Con el rabillo del ojo, vio que Penelope quitaba importancia al asunto con un ademán.

– No hará falta. -Con una sangre fría equiparable a la de él, si guió mirando por la ventanilla. -Me entrará dolor de cabeza y diré que me acompañas a casa. Mamá no montará un escándalo. Me aseguraré de que tampoco vaya a ver cómo me encuentro cuando vuelva a casa, y Leighton no cierra la puerta con llave hasta que me ve entrar.

Volvió la cabeza y lo miró.

– Una vez nos hayamos ido de casa de lady Throgmorton, podemos pasar toda la noche revisando el archivo.

En lo que a proposiciones sobre cómo pasar la noche atañía, Barnaby las había oído mejores, pero aquella propuesta le permitiría promover su causa, tanto con ella como en el rescate de Jemmie Carter.

Asintió y dijo:

– Así pues, quedamos en casa de lady Throgmorton a las ocho en punto.

Hacia las nueve menos cuarto de esa noche estaban sentados en el despacho de Penelope en el orfanato, rodeados de carpetas. Montones de carpetas. Barnaby contemplaba las pilas en precario equilibrio.

– Tiene que haber un modo más rápido.

– Por desgracia no es así.

– ¿Qué me dices de las carpetas que ya hemos revisado? Tampoco es que hubiera tantas.

– Esas eran de niños cuyos tutores tenían una esperanza de vida muy corta; en el caso de la señora Carter, su salud mejoró, pero yo ya había efectuado la visita reglamentaria, de ahí que me acordara de Jemmie.

Sentada a su escritorio, Penelope revisaba las carpetas -había más de cien- que la señorita Marsh había reunido en montones.

– Éstas son las carpetas de todos los niños registrados como posibles candidatos a venir aquí en el futuro. Vendrían a ser como nuestra lista de espera sin cribar. Las carpetas que vimos, unas pocas docenas, si te acuerdas, constituían la lista de admisiones inminentes.

Barnaby cogió una carpeta del montón más cercano y se puso a hojearla.

– Estas carpetas son mucho más delgadas.

– Porque sólo contienen el registro inicial y, como mucho, una nota. Aun no hemos hecho el seguimiento, ni el informe médico, nada… Y tampoco he visitado a las familias, ni la señora Keggs, de modo que no contamos con una descripción física del niño que nos sirva de guía.

Barnaby adoptó una expresión precavida.

– ¿Qué estamos buscando exactamente?

– A un niño de entre siete y once años, de quien se sepa que no tardará en quedar huérfano. -Iba contando los aspectos a tener en cuenta con los dedos. -Tiene que vivir en el East End. Y debemos comprobar si hay alguna nota acerca del tutor. -Lo miró a los ojos. -Me figuro que si pueden elegir, esos villanos preferirán un tutor al que puedan reducir fácilmente.

– Es una suposición razonable.

– Pues muy bien. -Contempló un momento las carpetas y luego le miró. -¿Qué tal si elaboramos un plan de ataque?

– Por favor.

– Trabajemos progresivamente, siguiendo los aspectos definidos por orden: tú empiezas y compruebas si cada carpeta corresponde a un niño o una niña. Las niñas a un lado, los niños para mí. -Inclinándose, señaló la esquina superior derecha de la carpeta que había vuelto a abrir. -¿Lo ves ahí? ¿Niño o niña?

– Niño. Esta para ti.

Lanzó la carpeta sobre el escritorio delante de ella y cogió la siguiente.

– Yo comprobaré la edad y la dirección. -Alcanzó la carpeta que él le había lanzado y la abrió. -East End o no. -Frunció el ceño y levantó la vista. -¿Te parece probable que extiendan su radio de acción fuera del East End?

– Es posible -dejó caer la segunda carpeta al suelo junto a su silla, -pero sólo si no encuentran a un niño adecuado en su propia zona. -Cogió la carpeta siguiente. -Los villanos tienden a ceñirse a barrios concretos que convierten en territorios de sus nefandos propósitos.

Penelope asintió y comprobó la dirección de la carpeta que tenía abierta. Paddington. La cerró y la dejó caer al suelo al tiempo que Barnaby le pasaba otra.

Establecieron un ritmo silencioso mientras la casa se iba acallando en torno a ellos. A su llegada, los niños mayores aún estaban despiertos y el personal andaba de aquí para allá supervisándolos y acostando a los más pequeños. Ruidos propios de una familia bulliciosa, multiplicados de manera notable, resonaban por los pasillos. Pero a medida que el reloj de encima del armario marcaba el inexorable paso del tiempo, todos esos ruidos fueron menguando, dejando sólo los secos crujidos del papel y el ocasional palmetazo de una carpeta descartada como única puntuación en el silencio reinante.

Cuando el reloj sonó, Penelope levantó la mirada y vio que eran las once y media. Con un suspiro, dejó caer la última carpeta a descartar del último montón y se quedó contemplando, igual que Barnaby, la reducida pila que quedaba encima de su cartapacio.

Estiró los brazos para desentumecerse la espalda.

– Quince.

Quince niños del East End, entre los siete y los once años, estaban registrados como huérfanos en potencia.

Barnaby echó un vistazo a las carpetas descartadas.

– Jamás hubiese imaginado que hubiera tantos niños huérfanos. Levantó la vista hacia Penelope. -No podéis albergar a todos éstos aquí.

Ella negó con un ademán.

– Nos gustaría, pero no es posible. Tenemos que elegir. -Al cabo de un momento, agregó: -Da la casualidad de que basamos nuestra decisión en algunas de las características que buscan esos villanos: agilidad mental y, si es posible, también física. La talla no la tomamos en cuenta pero, sabiendo que tenemos que elegir, hace tiempo decidimos admitir sólo a los niños que puedan sacar más provecho de las oportunidades que les ofrecemos.

– Y eso significa mente despierta y buena salud. -Cogió la primera carpeta de las quince restantes. -De modo que ahora intentaremos hallar alguna indicación sobre el estado de salud del tutor.