Aunque sólo tuvieran que evaluar quince carpetas, les llevó tiempo; tuvieron que leer no sólo lo que estaba escrito sino también, en cierta medida, entre líneas.
Al final, el montón quedó reducido a tres carpetas. Tres niños que ambos convinieron en que eran los únicos objetivos probables entre todas las carpetas que se habían leído.
Con las manos cruzadas sobre el escritorio, Penelope miraba las tres carpetas.
– Me sigue preocupando que haya otros niños que no estén registrados. -Miró a Barnaby. -¿Y si los villanos van por ellos y deán a estos niños en paz? -pregunto, señalando las carpetas con la bartilla.
Él hizo una mueca.
– Es un riesgo que tendremos que correr. Pero hasta ahora habéis perdido a cinco de vuestros candidatos registrados; es probable que estos niños estén, o acaben por estar, en el punto de mira de esos villanos. -Hizo una pausa y añadió: -Debemos darlo por supuesto si seguimos adelante con nuestro plan. No tenemos ninguna certeza pero es lo mejor que podemos hacer.
Penelope estudió sus ojos como descifrando su sinceridad y luego asintió.
– Tienes razón. -Miró las carpetas de nuevo y suspiró. -Aquí no hay nada que nos diga si los niños cumplen los requisitos físicos. Puede que sean demasiado corpulentos o torpes o… mañana tendré que visitarles para comprobarlo.
El reloj dio la hora: la una de la madrugada.
Barnaby se levantó, rodeó el escritorio, le tomó la mano y la puso de pie.
– Iremos juntos mañana temprano y así sabremos más sobre ellos.
Alargando el brazo, apagó la lámpara de sobremesa que habían puesto a tope para disponer de luz suficiente para leer. Luego, cogiéndole las dos manos, la volvió hacia él.
– Hemos llevado a cabo todo lo que podía hacerse esta noche en ese frente.
Penelope percibió el cambio de rumbo de su tono. Abrió más los ojos, escrutando los suyos.
– ¿Qué…?
Él la atrajo hacia así, agachó la cabeza y borró la confusión de sus labios con un beso. Los saboreó, dejando bien claro cuál era el tema que ahora se proponía investigar: ella. Sus labios, su boca, su lengua, la exquisita sensación de tenerla entre sus brazos, lo bien que se amoldaba a su cuerpo…
Había previsto cierta resistencia; en cambio, lo único que advirtió fue un instante de perplejidad, como si la mente de Penelope se hubiese paralizado.
Entonces sus labios, ya separados cuando él los había cubierto, se endurecieron debajo de los suyos, pero no trató de cerrarlos para rechazarle, sino que correspondió al beso. Con firmeza, sin vacilación esta vez.
Con ese súbito cambio de táctica, él se encontró siguiéndola en vez de llevándola. Luego las manos de ella, apoyadas contra su pecho, se deslizaron por sus hombros hasta meterse bajo sus rizos y acariciarle la nuca. Él tuvo que esforzarse para contener un escalofrío, sorprendido de que un gesto tan simple de aquellos gráciles dedos pudiera resultar tan excitante.
Entonces ella se arrimó más a él y Barnaby tembló.
Penelope se estrechaba contra él y cedía su boca; y Barnaby perdió contacto con el mundo inmediato, transportado en un santiamén a un lugar donde no existía ningún dique de contención para su naturaleza primitiva.
La atrajo hacia sí con brusquedad, espoleado por la calidez que le ofrecía su boca y la licenciosa acometida de su lengua. Correspondió a cuanto ella le ofrecía y, de manera ostensible y flagrante, amoldó los labios de ella a los suyos.
Penelope emitió un leve sonido; no un gemido, un sollozo o un jadeo, sino una combinación de los tres, un sonido de aliento que Barnaby interpretó sin dificultad; reaccionó dejando que sus manos, hasta entonces afianzadas en sus caderas, se aflojaran y se deslizaran hacia abajo, rodeándola, llenando las palmas con sus firmes curvas. Flexionando los dedos, la atrajo hacia sí con gesto seductor.
Y notó cómo ella se derretía en sus brazos, cómo toda resistencia, incluso la tensión de la columna vertebral, se evaporaba.
Ella estaba dispuesta a entregarse totalmente si él quería, y ambos lo sabían.
Ella deslizó una mano menuda de su nuca a su mejilla sin dejar de besarlo, tan absolutamente licenciosa y descarada como él deseaba.
Volviéndose, la aprisionó contra el escritorio; el borde golpeó los muslos de Penelope por detrás. Las carpetas desparramadas por el tablero ya nada importaban; alargó el brazo para apartarlas…
Clic, clic, clic.
El tabaleo de unos tacones que se acercaban por el pasillo embaldosado los devolvió de sopetón al mundo real, al que englobaba el despacho con su amplia arcada y más allá la antesala con la puerta abierta.
Se separaron. Barnaby rodeó rápidamente el escritorio y se dejó caer en la silla que había ocupado antes.
Penelope arrimó su silla al escritorio, se sentó y cogió las tres carpetas que tenía sobre el cartapacio. Levantó la vista cuando la señora Keggs apareció en la arcada.
Ésta se fijó en los nuevos montones de carpetas y en las tres que Penelope sostenía.
– Vaya, habrán trabajado como burros para revisar todas ésas. ¿Sólo tres?
Penelope asintió.
– Acabamos de terminar. -Recogió el bolso que tenía junto a sus pies y se levantó. -Pues sí, sólo hay tres. Tendré que visitarlos y ver si pueden interesar a esos villanos. -Echó un vistazo al reloj. -Me llevo las carpetas para hacerlo mañana.
Barnaby se puso en pie. La señora Keggs sonrió afablemente.
– Caramba. Tendrán ganas de acostarse, sin duda. Los acompaño y así cierro.
Penelope no miró a Barnaby al pasar junto a él.
Se detuvo ante la percha donde había colgado su capa, pero Barnaby se adelantó y la cogió caballerosamente. La sacudió y se la puso sobre los hombros.
– ¿Lo tienes todo?
Su aliento rozó la sensible piel de debajo de la oreja, excitando los sentidos de Penelope, pero haciendo un esfuerzo los amarró de nuevo.
– Creo que sí. -Se las arregló para dedicar una sonrisa a la señora Keggs, su involuntaria salvadora.
Con las tres carpetas en una mano, el bolso en la otra y la capa sobre los hombros, y con Barnaby detrás, recorrió con calma el largo pasillo hasta el vestíbulo, se despidió de la señora Keggs y luego con la cabeza bien alta, salió a la noche.
Durante el trayecto de regreso a Mount Street, guardó silencio. No se lo ocurría nada que decir. Dudaba en agradecer el tacto de Barnaby al guardar silencio también, pese a que percibía que su mutismo lo divertía.
Lo que sí hizo fue pensar mucho sobre ese beso tan imprudente. No el que le había dado él, iniciando el episodio, sino el que ella, tonta y desvergonzada, le había estampado en los labios. Eso y lo que había seguido eran cosas que sin duda necesitaba analizar.
Con un brevísimo intercambio de palabras, se separaron ante la puerta de Mount Street después de que él hubiese comprobado que, en efecto, no estaba cerrada con llave, permitiéndole entrar sin despertar a nadie. Lo último que vio de él mientras cerraba la puerta fue cierta sonrisa de complicidad; le habría encantado borrarla, pero decidió que era más sensato ignorarla.
Encendió la vela que le habían dejado en la mesa del vestíbulo y, alumbrándose, subió con paso cansino la escalera, preguntándose cuándo iba a estar lo bastante despejada para dilucidar a qué atenerse con respecto a Barnaby Adair.
CAPÍTULO 11
Penelope había esperado dedicar al menos un buen rato de lo que quedaba de noche a reflexionar sobre su situación con Barnaby. En cambio, en el mismo instante en que su cabeza tocó la almohada se quedó dormida. Lamentablemente, despertar con una sonrisa en los labios no sirvió para mejorar su humor.
Pero había acerado su decisión.
Cada vez estaba más segura de que todos aquellos toqueteos que al principio quizá fueran instintivos, ahora eran deliberados. Que él sabía el efecto que causaba en ella y que jugaba intencionadamente con sus sentidos.