Se arrimó a ella y la atrajo hacia sí.
Le dio un beso que la dejó sin aliento, anonadada.
Posesivo y en modo alguno vacilante, la estrechó entre sus brazos. Duros como el acero, le sujetaron la espalda, apretándola contra él. Sus labios se posaron autoritarios sobre los suyos. Ella ya los había separado para emitir una protesta que no llegó a pronunciar y él aprovechó la ocasión para atrapar su boca y sus sentidos… Era un arma que blandía con consumada maestría, desconcertándola, cautivándola, seduciéndola.
Y esta vez había más: más que sentir, más que percibir, más que aprender. Más ardor, más fulgurante placer, de una clase que enviaba pequeñas chispas de emoción a asentarse bajo la piel, a prenderse y arder, creando fuegos que se propinaban y la acaloraban.
Hasta que se rindió al creciente calor, y a él, y le besó a su vez.
No comprendía por qué deseaba hacerlo, qué la llevaba a hundir los dedos en su sedoso pelo y a lanzarse a un duelo de besos y retiradas, de lenguas enredadas y labios voraces, de placer que florecía y se expandía y la llenaba; igual que a él.
En el distante recoveco de su mente que todavía funcionaba, aún a salvo del creciente estímulo del beso, no comprendía por qué le causaba una satisfacción tan grande saber, simplemente saber en su alma, que su propio beso, y ella misma, daban placer a Barnaby.
¿Por qué tenía que importarle? Con ningún otro hombre le había importado.
¿Por qué ahora? O quizá la pregunta fuese: ¿por qué con él?
¿Era, podía ser, porque él la deseaba? ¿Porque la deseaba de verdad, como ningún hombre la había deseado jamás?
No era una tontaina; sabía muy bien qué era la dura protuberancia que le presionaba el vientre. Pero él era un hombre; ¿acaso aquel bulto duro como una piedra era un fiable barómetro de sus sentimientos? ¿De lo que sentía por ella más allá de lo puramente físico?
Había leído mucho, tanto a los clásicos como textos esotéricos. Cuando empleaba la palabra «deseo» se refería a algo más allá de lo puramente físico, algo que trascendía lo corporal, alcanzando el plano donde imperaban los grandes sentimientos.
¿Acaso su involuntaria e incontenible atracción hacia él estaba envuelta en deseo? ¿Era su atracción una señal de que con él podría, si así lo decidía, explorar los escurridizos acertijos del deseo?
Barnaby percibió a través del beso, a través del sutil cambio en sus labios, que ella estaba cavilando algo. Pero se mostraba dispuesta, y flexible entre sus brazos, no se defendía ni oponía resistencia; con eso se conformaba, al menos de momento. No obstante, le picó la curiosidad sobre qué podía distraerla en un momento como aquél; dadas las circunstancias, era harto probable que guardara relación con su intercambio.
Apartándose pausadamente de la melosa cavidad de su boca, liberando a regañadientes sus labios, la miró a la cara. Las sombras los envolvían, pero ambos ya tenían la vista adaptada a la media luz. Observó fascinado las nubes de deseo que surcaban sus ojos oscuros, que se aclararon lentamente, su habitual expresión incisiva y resuelta reemplazando despacio la aturdida evidencia de la excitación.
Finalmente, Penelope pestañeó y su expresión devino ceñuda.
– ¿En qué piensas? -preguntó él.
Penelope le estudió el rostro y le escrutó los ojos.
– Me preguntaba… una cosa.
Por lo general era tremendamente franca. La curiosidad de Barnaby aumentó.
– ¿Qué cosa?
Con las manos sujetándole aún la nuca y la cabeza ladeada, ella entornó un poco los ojos con manifiesto desafío.
– Si te lo digo con franqueza, ¿contestarás con sinceridad?
Bajando las manos a su talle, sosteniéndola contra él, no tuvo que pensarlo dos veces.
– Sí.
Tras vacilar un instante, Penelope dijo:
– Me preguntaba si me deseas de verdad.
Otras mujeres le habían preguntado lo mismo en un sinfín de ocasiones. El siempre había entendido que cuando las mujeres empleaban aquella palabra, significaba mucho más de lo que los hombres suponían. Por consiguiente, se sabía las respuestas insustanciales, la palabrería para contestar sin llegar a mentir. En este caso, sin embargo…
Penelope le había pedido sinceridad.
Ella sostuvo la mirada con firmeza.
– Sí. Así es.
Con la cabeza aún ladeada, ella le estudió el semblante.
– ¿Cómo puedo saber que es verdad? Los hombres siempre mienten sobre este asunto.
Tenía toda la razón del mundo; Barnaby carecía de argumentos para defender a los de su género. Y no había que ser un genio pare darse cuenta de que cualquier discusión sobre el tema sería una pescadilla que se mordería la cola.
No obstante, los hechos demostrables resultarían más elocuentes que las promesas. Le cogió una mano y tiró hacia abajo, paseándola entre ambos hasta posarle la palma sobre su erección.
Penelope abrió unos ojos como platos.
La sonrisa de Barnaby se acentuó.
– Esto no miente.
Ella entornó los ojos pero el reparó en que no hacía el menor intento por retirar la mano. Más bien lo contrario. El calor de su palma y la ligera flexión de sus dedos se convirtieron de inmediato en un principio de tortura que hizo cuestionarse a Barnaby su propia cordura. Un momento antes le había parecido una buena idea.
Apretando los dientes, mantuvo los ojos en los de ella y rezó para no bizquear.
– No estoy muy segura sobre eso -murmuró Penelope, -me refiero a su importancia. Al parecer les sucede bastante a menudo a los hombres… Tal vez, en este caso, esto -sus dedos apretaron ligeramente, causándole una sacudida en su fuero interno- tan sólo sea un reflejo, un resultado de este escenario tan provocativo e ilícito.
– No. -Le costó un esfuerzo titánico responder con tono imparcial, como si explicara una teoría lógica. -El ambiente no lo afecta en absoluto, pero sí la compañía. -Haciendo caso omiso del interés que asomó a los ojos de ella, se obligó a proseguir, mascullando las palabras entre los dientes apretados. -Y con la compañía actual, tal fenómeno físico ocurre asiduamente. En cualquier momento y lugar.
La voluntad le estaba flaqueando, hechizado por la persistente calidez de aquellos dedos. Le cogió la muñeca y le apartó la mano. Luego le rodeó la espalda con ambos brazos y la atrajo hacia sí. Atrapada en su mirada, Penelope le dejó hacer.
– Esto sucede cada vez que te veo -explicó él. -Cada vez que le tengo cerca.
Bajó la cabeza y respiró junto a sus labios. Ella echó instintivamente la cabeza atrás.
– Sobre todo cuando te tengo cerca -insistió Barnaby, y la besó en los labios. Ella no se resistió, sino todo lo contrario, lo alentó a mostrarle lo que ella quería conocer mejor.
Servicial como el que más, la estrechó entre sus brazos, haciéndola cautiva, avivando tanto su propia excitación como la de ella, creando expectativas, dejando que el deseo aumentara y se adueñara de ambos.
Una vez que lo hizo, una vez que ella estuvo aferrada a sus hombros hincándole los dedos, una vez que su respiración fue rápida y entrecortada, la tomó en volandas y se la llevó, cruzando la arcada, a la salita desierta que había más allá.
Se dejó caer en un sillón con Penelope sobre el regazo, haciéndola reír. Pero la risa se apagó en cuanto él se inclinó sobre ella. Lo miró a los ojos en la penumbra, escrutándolos durante un momento preñado de significado, y luego cerró los párpados a modo de entrega. Barnaby salvó los últimos centímetros que los separaban y sus labios se unieron una vez más.
La mano de Penelope se deslizó de su nuca a su mejilla, acariciante, como si le retuviera mientras correspondía al beso y lo alentaba abiertamente. Con la boca, la lengua y la presión de sus labios lo apremiaba a enseñarle más cosas sobre el deseo, sobre aquello en que se traducía la atracción que los unía.