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Barnaby no tuvo reparo en doblegarse, en deslizar su mano desde aquella delicada mandíbula, resiguiendo la curva del cuello y por encima de la clavícula, hasta la sutil turgencia de un seno.

No vaciló en palpar la carne firme bajo su palma, el pezón erecto bajo la fina seda del corpiño. Estuvo tentado, muy tentado, dé desabrochar los minúsculos botones de perlas para poder tocarla y saborearla, pero una advertencia insistente resonaba en su cerebro.

Atrapado en aquel momento, en su ardoroso y cada vez más fogoso intercambio, en el modo en que ella reaccionaba arqueando la espalda, buscando sin descanso aprender más, tardó unos segundo en identificar y descifrar el mensaje: «El conocimiento es el precio de Penelope Ashford.» Por tanto, si él cedía demasiado deprisa…

De súbito vio muy claro el camino a seguir con ella. Se trataba de una mujer para quien el conocimiento, tanto los datos como aún más la experiencia, poseían un poderoso atractivo. Y en aquel campo él estaba dispuesto a enseñarle cuanto ella quisiera aprender. Pero como cualquier maestro experimentado, necesitaba ejercer cierto grado de autoridad, tentarla con respuestas a su primera pregunta para luego mantener despierta su curiosidad con la expectativa de contestar muchas más.

Tenía que escalonar las lecciones y asegurarse de que ella terminara aquélla con motivos y ganas de acudir a la siguiente.

Bajo sus labios, bajo su mano, ella estaba empezando a ponerse exigente, percibiendo la momentánea distracción de Barnaby con sus pensamientos. Él sonrió para sus adentros y no le dio lo que deseaba, sino más de lo mismo.

A través del vestido de seda la acarició cada vez más, íntimamente, tomándola de la cadera para girarla y sobarle una firme nalga. No intentó apagar su propio deseo; su dirección, su meta, que era la posesión completa. Aquello era lo que ella quería saber. Él dejó que percibiera cada contacto, cada posesiva caricia.

De modo que cuando le pasó la mano por los muslos, acariciándolos, para luego hundirla en la entrepierna a través de la espumosa seda, Penelope dio un grito ahogado y se estremeció.

«Basta.» El estratega que gobernaba en su cerebro se impuso, recordándole su propósito, su verdadero objetivo.

Se echó atrás y la echó atrás.

Penelope entendió lo que estaba haciendo, entendió que se batía en retirada para no enseñarle más, demasiado tal vez para aquel momento y lugar. Contrariada pero resignada, siguió su ejemplo, dejando que sus besos fueran menos voraces y el apetito que los consumía fuera remitiendo. No llegó a desaparecer, sino que, como un fuego al que echaran carbón para que ardiera lentamente, se redujo a un rescoldo. Listo para encenderse con furia en cuanto lo atizaran.

Con el atizador correcto: el de Barnaby.

Ese dato resultaba tan intrigante como todo el episodio en sí. Se sentía sofocada, con el cuerpo caliente, complacido y extrañamente lánguido aunque atormentado por una elusiva ansiedad que todavía no acertaba a comprender del todo.

Separaron los labios. Barnaby la miró a los ojos, los estudió un momento y luego se incorporó para ayudarla a levantarse.

Una vez de pie, Penelope comprobó el estado de su vestido y le sorprendió constatar que era bastante pasable. Se ajustó el corpiño, alisó las faldas y procuró no pensar demasiado en la persistente sensación de las caricias de Barnaby.

Había querido saber, había preguntado en silencio y había aprendido… un poco. Lamentablemente, según corroboraba su juicio a medida que lo recobraba, no lo suficiente para contestar inequívocamente la candente pregunta sobre aquel hombre, sobre su relación con él y viceversa.

Frunció el ceño y se volvió hacia él, que se estaba ajustando las mangas de la chaqueta.

Sin darle tiempo a preguntar, Barnaby le adelantó la respuesta:

– Esto ha sido un anticipo de lo que es el deseo, al menos entre tú y yo, Si quieres saber más, estaré encantado de enseñarte. -Se acercó a ella y la miró a la cara, pero no la tocó. -No obstante, como con cualquier materia, si realmente quieres entenderla en profundidad, con todas sus ramificaciones, debes tener ganas y estar dispuesta a aprender.

Aquellas palabras encerraban una pregunta muy clara. Penelope hizo un esfuerzo para no entornar los ojos; era demasiado espabilada como para no darse cuenta de lo que Barnaby pretendía.

Sin embargo…

Quería saber. Más. Mucho más.

Sosteniéndole la mirada, sonrió antes de dar media vuelta y dirigirse hacia la escalera.

– Lo pensaré.

Barnaby la observó batirse en retirada entornando los ojos y luego la siguió; como siempre, se colocó detrás de ella. Cuando Penelope llegó a la escalera, le dijo:

– La imprenta está imprimiendo los avisos esta noche; los tendrán listos por la mañana.

Ella se detuvo en lo alto de la escalera. Por encima del hombro y repuso:

– Deberíamos comentar con Griselda la manera de distribuirlos.

Él se detuvo detrás de ella.

– Te recogeré en Mount Street a las nueve. Iremos a buscar los avisos y luego a su tienda.

– Estupendo -replicó ella y, con una inclinación de la cabeza, comenzó a bajar la estrecha escalera.

Él se quedó arriba, observándola descender, recordándose a si mismo que dejarla marchar era una parte vital de su plan maestro.

A altas horas de la noche, Penelope daba vueltas en la cama, en su dormitorio de Mount Street, un entorno tan familiar que no acertaba a comprender por qué no podía serenarse y dormirse.

Era tan disciplinada que normalmente no tenía la menor dificultad para conseguirlo.

Era culpa de él, por supuesto.

Había soltado una fiebre fascinante que corría por su mente, y ella no podía dejar de perseguirla.

Se incorporó, ahuecó la Almohada, se volvió a tender hundiendo la cabeza en ella y miró el techo.

No cabía duda de que la estaba tentando deliberadamente. En cuanto al precio del conocimiento que le ponía, cual zanahoria, ante las narices, sabía de sobra de qué se trataba. Pero dado que ya había cumplido los veinticuatro y no albergaba el menor deseo de casarse, pues había decidido tiempo atrás que, con las restricciones que conllevaba, no le convenía lo más mínimo, ¿qué sentido tenía conservar la virginidad? A la luz de lo que ahora consideraba su inaceptable ignorancia sobre el tema del deseo, por no mencionar la pasión, parecía apropiado canjearla, siendo tan inútil como por otra parte era, por el conocimiento que tanto ansiaba ahora.

A lo que había que sumar el hecho de que Barnaby era el primer hombre que había incidido en su conciencia de aquel modo, el primero que lograba poner a correr la antedicha liebre por los campos de su mente.

Detuvo sus pensamientos en ese punto y los revisó. Tras valorarlos y evaluarlos, le pareció que hasta allí todo respondía a una lógica irrefutable de un razonamiento sólido.

El aspecto que la inquietaba hasta el punto de impedirle conciliar el sueño era otro: el paso que venía a continuación. La idea de limitarse a decirle que sí y encomendar despreocupadamente su educación a él y a sus antojos masculinos no la atraía. Ni lo más mínimo.

No tenía un gran concepto de los cerebros masculinos. Ni siquiera del de Barnaby, que parecía superior a la media. Abrigaba serias sospechas de que Barnaby no tenía, o al menos no era consciente de tener, un fundamento lógico para el deseo que sentía por ella, aparte del propio deseo.

No, aunque ella no viera razón alguna que le impidiera seguir adelante, aunque siempre según sus condiciones, desde luego no lo haría con la falsa ilusión de que él, un varón, fuera capaz de dilucidar los motivos por los que la deseaba.

Afortunadamente, descubrir dichos motivos no era su único objetivo intelectual. Aún más que los motivos de Barnaby, quería conocer y comprender los suyos propios.

Necesitaba saber qué la hacía desear, qué había en sus besos y sus abrazos, que la inducían a querer mucho más. Tenía que averiguar que alimentaba su propio deseo.