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– Pues más vale que nos pongamos en marcha.

Bajaron en tropel y salieron de la tienda, dejando a las aprendizas muertas de curiosidad.

Una vez en la calle, enfilaron hacia la iglesia para buscar coches de punto en la travesía. Stokes y Griselda tomaron el primero, puesto que su tarea era la más urgente.

De pie en la acera observando la partida del carruaje, Penelope se movía intranquila.

A su lado, también con la vista fija en el carruaje, Barnaby dijo:

– Si se te ocurre algo que tú, yo o nosotros podamos hacer para descubrir más deprisa lo que necesitamos saber, házmelo saber.

Ella miró su perfil.

– ¿Prometes hacer lo mismo?

Él bajó la vista hacia ella.

– Sí, descuida.

– Bien. Si se me ocurre algo, te mandaré recado.

CAPÍTULO 13

Todo estaba en su sitio; sin embargo, no había ocurrido nada.

Entrada la noche, envuelto en una espesa niebla, Barnaby paseaba por St. James reflexionando sobre el estado de la investigación. Acababa de salir de White's después de pasar una tranquila velada en el club casi vacío y, por consiguiente, gozosamente silencioso, tras haber considerado más acertado matar el rato allí que en un salón de baile persiguiendo a Penelope: un ardid deliberado para suscitar su impaciencia, dejando insatisfecha su curiosidad, incitándola así a considerar la posibilidad de saciar su sed de conocimiento con él. Siendo como era una dama inteligente, su mente seguiría entonces la senda más obvia, la que la conduciría a sacar la conclusión que él deseaba que sacara.

Que casarse con él era lo que más le convenía.

Que haciéndolo enfilaría el camino para alcanzar todo el conocimiento que deseara sobre el tema que en aquel momento, gracias a su reciente intercambio, ocupaba su mente.

Esperaba fervientemente que ese tema en efecto ocupara la mente de Penelope; aparte de la investigación, que se hallaba en un punto muerto, era lo único que la suya tomaba en consideración.

Incluso eso, la falta de progresos en la búsqueda de los niños desaparecidos, era probable que obrara en su favor. Stokes y Griselda habían distribuido los avisos poro aún no habían obtenido ninguna respuesta. En cuanto a los cinco nombres de la lista de Stokes, habían confirmado que Slater y Watts, aun no llevando vidas intachables, al menos no tenían bajo su tutela a ningún niño.

Eso convertía a Hornby, Grimsby y Hughes en sus mejores candidatos para ser el maestro de ladrones implicado, pero ninguna pesquisa había revelado todavía pista alguna acerca de su paradero.

Por otra parte, la trampa que habían tendido en Black Lion Yard dos días antes seguía preparada pero de momento nadie había caído en ella.

Y ni a él ni a Penelope se les había ocurrido nada más para buscar a los niños desaparecidos.

De modo que estaban a la espera.

La paciencia, sospechaba, no era su fuerte; era harto posible, incluso probable, que privada de progresos en un frente, volcara sus energías hacia un objetivo diferente.

La idea de que a él correspondiera guiar dichas energías era una expectativa emocionante, cosa que no había sentido en mucho tiempo, quizá desde que fuera un joven ingenuo.

Tal vez ni siquiera entonces.

Sonriendo para sus adentros, torció hacia Jermyn Street. Blandiendo su bastón, siguió caminando sin preocuparse por la niebla cada vez más densa.

La cuestión del matrimonio era algo que había evitado, pero no porque abrigara aversión o desconfianza innata por ese estado civil. A decir verdad, más bien era lo contrario. Con el paso de los años había visto a sus amigos casarse y disfrutar de la profunda felicidad de la vida conyugal, y lo cierto era que los envidiaba. Aun así, se había convencido de que el matrimonio no estaba hecho para él porque nunca había conocido a una mujer de su entorno social que pareciera dispuesta, o incluso capaz, de sobrellevar su vocación: la pasión por la investigación criminal.

Penelope era la única excepción, la dama que rompía todos los esquemas. No sólo se avendría a que él investigara sino que le animaría activamente. Y su intelecto era tal que, contra todo pronóstico, a él le gustaría compartir sus casos con ella, escuchar sus opiniones y sugerencias, comentar el perfil de los villanos y sus rasgos.

El primer paso para conseguir lo que ahora veía como su futuro más deseable era asegurarse la mano de Penelope. No dudaba de que a su hermano Luc y al resto de su familia, tal petición les resultarla muy grata; el tercer hijo de un conde era un partido perfectamente aceptable para la hija de un vizconde, y su posición y fortuna no eran nada despreciables. El único obstáculo era lograr el consentimiento de Penelope, pero si el ardid de atizar su curiosidad e impaciencia estaba surtiendo el efecto deseado…

Sonriendo confiado, hizo girar su bastón. Daba por hecho que ella daría muestras de interés muy pronto. Decidió ir a verla al día siguiente.

Un discreto carruaje negro aguardaba ante la puerta de la casa de enfrente. Reparó en él pero evitó mirar en esa dirección; se preguntó a quién habría invitado esa noche su vecino Elliard.

A su mente acudieron imágenes en las que él agasajaba a Penelope. Pronto, se prometió, muy pronto lo haría. Sonriendo aún más abiertamente, subió de dos en dos los peldaños de la escalinata, bajando la vista para rebuscar en el bolsillo del chaleco la llave de su casa.

A sus espaldas oyó el tintineo de los arneses del carruaje negro y acto seguido los cascos de los caballos comenzaron a chacolotear, alejándose por la calle…

La premonición que le serpenteó por la columna le dejó helado.

No había visto ni oído que nadie subiera o bajara del carruaje, ninguna portezuela cerrarse… ¿Por qué se marchaba de improviso?

Comenzó a volverse y en ese instante intuyó el embate de un asalto. Dio media vuelta y vio una figura encapuchada que subía presurosa la escalinata, empuñando un… ¿bastón de mando?

Su cerebro se paralizó, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. La figura era baja y la capa cubría unas faldas. Y había un destello dorado bajo la capucha, a la altura de los ojos.

En esa fracción de segundo reconoció a su asaltante, cayó en la cuenta de que ella venía del carruaje que se había marchado; y entonces vio, demasiado tarde, la porra que blandía.

Le golpeó en la frente.

No fue un golpe fuerte, aunque sí lo bastante para hacerle parpadear y retroceder un paso; faltó poco para que trastabillara yendo a parar contra la pared.

Absolutamente atónito, sin habla, la miró fijamente.

Ella lo agarró del abrigo, al parecer pensando que lo había incapacitado hasta el punto de tener que impedir que se desplomara.

Si llegaba a desplomarse sería de pura y total incredulidad.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Volvió a parpadear. Ella se metió la porra debajo de la capa y luego le escrutó la cara. Más tranquila tras corroborar que aún conservaba intactas sus facultades mentales, dijo entre dientes:

– ¡Sígueme el juego!

¿Dónde diablos estaba el guión?

Con una mano aún aferrada a su abrigo, alargó el brazo y aporreó la puerta.

Barnaby se preguntó si debía señalar que tenía la llave en la mano, pero decidió no hacerlo. Asumió que se suponía que estaba incapacitado, de modo que se dejó caer contra la pared con los ojos medio cerrados. No era tan difícil adoptar una expresión afligida. Notaba un dolor palpitante donde le había golpeado; sospechó que le había dejado un moretón.

Penelope brincaba de impaciencia. ¿Por qué tardaba tanto el maldito ayuda de cámara?

Entonces oyó pasos; un instante después, la puerta se abrió.

Penelope miró a Barnaby.

– ¡Ayúdeme! ¡Deprisa! -Volvió la vista atrás, hacia la calle desierta. -Podrían regresar.

El ayuda de cámara frunció el ceño.

– ¿Quién podría…? -Entonces vio a Barnaby desplomado contra la pared. -¡Oh, Dios mío!