– Exacto.
Penelope cogió un brazo de Barnaby y se lo echó a los hombros. Deslizando el otro brazo en torno a su cintura, tiró de él apartándolo de la pared.
Trastabilló y a duras penas logró incorporarse cargando con él, ¡Señor, cuánto pesaba! Aunque tampoco podía quejarse, dado que él estaba haciendo justamente lo que le había pedido.
Se tambaleó un momento antes de que el ayuda de cámara, Mostyn, ahora se acordaba, se recobrara del susto y sostuviera a su semi-comatoso amo por el otro lado.
– Vamos; con cuidado. -Mostyn arrastró a Barnaby por la puerta abierta. -¡Cielo santo!
Se detuvo y contempló la marca roja en la frente de Barnaby. Penelope maldijo para sus adentros. ¡Aquel hombre parecía una anciana!
– Cierre la puerta y ayúdeme a llevarle arriba. -lo urgió.
Ya no estaba tan segura de no haberlo herido de verdad; se apoyaba pesadamente sobre ella. Se dijo a sí misma que no había blandido la porra con tanta fuerza, pero la preocupación comenzó a hacerle un nudo en el estómago.
Mostyn corrió a cerrar la puerta y reapareció para tomar el otro brazo de Barnaby.
Éste gimió cuando se dirigieron hacia la escalera; con demasiado realismo para la tranquilidad de la joven.
Sí, le había hecho daño. La culpabilidad se sumó a la preocupación formando una mezcla nauseabunda.
– ¿Pero qué ha sucedido? -preguntó Mostyn cuando comenzaron a subir la escalera. Penelope tenía preparada su mentira.
– Le convencí para ir en busca de nuestros malhechores. Nos abordaron no lejos de aquí y le dieron un porrazo en la cabeza. Recibió un golpe espantoso; ¿ve el moretón?
Con eso bastó; Mostyn chasqueó la lengua y se puso a criticar que su amo nunca hiciera caso de los peligros que le acechaban, que le había advertido mil veces que un día pasaría algo terrible por culpa de sus investigaciones… Y siguió de esa guisa hasta que Penelope lamentó haberse inventado semejante mentira, añadiendo más azotes de culpabilidad a los que ya se arremolinaban en su interior. Tuvo que morderse la lengua para reprimir el impulso de ponerse cáustica en defensa de Barnaby; debía recordar el papel que interpretaba en aquel drama, el de una cómplice femenina gravemente preocupada por la salud de su caballero andante.
Dio las gracias cuando llegaron a lo alto del empinado tramo de escalera y pudo precipitarse hacia el umbral que conducía a una espaciosa habitación. Ocupaba casi todo el primer piso; un dormitorio muy amplio con una cama muy grande, más una pequeña salita con un escritorio y un sillón delante de la chimenea. El fuego ardía vivamente, irradiando luz y calor a la estancia. Un vestidor se abría a un lado y, más allá, un cuarto de baño.
Dos cómodas altas ocupaban paredes enfrentadas y mesitas de noche a juego flanqueaban la cama, pero era la propia cama la que dominaba la habitación. Una cama de madera oscura con cuatro columnas de color caramelo y dosel de damasco. Las cortinas estaban sujetas con lazadas de cordones dorados adornados con borlas, revelando la vasta extensión del cobertor de raso azul, con las almohadas en fundas de seda dorada formando un montículo contra el cabecero.
Ella y Mostyn se acercaron tambaleándose a la cama. El ayuda de cámara consiguió girar a su amo, que emitió otro espantoso gemido, hasta apoyarle la espalda contra el poste más cercano.
– Señorita, si puede sostenerlo un momento, prepararé la cama.
Mostyn soltó con cautela a Barnaby y acto seguido corrió al cabecero de la cama, pero antes de que pudiera coger el cobertor para retirarlo, Barnaby volvió a quejarse y se tambaleó hacia un lado.
– ¡Oh! -exclamó Penelope tratando desesperadamente de sostenerlo derecho; pero entonces él dio un traspié y cayó hacia atrás, quedando tumbado boca arriba sobre la cama cuan largo era; si no arrastró a Penelope fue porque ésta lo soltó justo a tiempo, logrando así permanecer en pie.
Sin abrir los ojos, Barnaby hizo una mueca y volvió a gemir. Intentó llevarse una mano a la frente.
Penelope se abalanzó para agarrarle la mano.
– No, no te toques. Quédate tumbado y deja que te quitemos el abrigo.
O bien era un actor consumado, o en verdad se había hecho daño; Penelope no sabía qué pensar.
Sumido en el desconcierto, Mostyn estaba preocupado e inquieto. La joven se quitó la capa y la dejó a un lado, volviendo luego junto al lecho entre los frufrús de su vestido. Entre los dos consiguieron sacar los hombros de Barnaby del abrigo. La chaqueta que llevaba debajo, una creación del sastre Schultz, resultó más difícil de quitar. Mostyn tuvo que sostenerlo, manteniéndolo erguido, mientras Penelope trepaba a la cama por detrás de él y tiraba de las mangas para liberarlo de la ajustada prenda.
Se dio prisa en hacerse a un lado mientras el ayuda de cámara volvía a tender a su amo, gesto que éste acompañó con otro gemido desgarrador.
El chaleco y el fular fueron tarea fácil; le libró de ellos mientras Mostyn se ocupaba de los zapatos y los calcetines.
En cuanto Mostyn volvió a levantarse, Penelope le espetó:
– Traiga agua fría y un paño.
El hombre vaciló, pero la sincera preocupación que resonaba en la voz de la joven le impulsó a dirigirse al vestidor.
Penelope le echó un vistazo y vio que entraba en el cuarto de baño, pero con las dos puertas abiertas no se atrevió a preguntar a Barnaby si realmente le dolía tanto la frente o estaba actuando.
Por otra parte, el sentimiento de culpa al pensar que quizá no fingía, que realmente le había atizado con la porra más fuerte de lo que pretendía, le facilitó el siguiente paso de su plan al regreso de Mostyn.
Cogió la jofaina que éste traía, la dejó en una mesita de noche, escurrió el paño mojado, se inclinó sobre Barnaby y aplicó la compresa con cuidado a la zona enrojecida de la frente. El cardenal no presentaba contusión; probablemente era mejor que lo hubiese tapado, sobre todo habida cuenta de que Mostyn había rodeado la cama para encender el candelabro de la otra mesita de noche. Las velas prendieron y se afianzaron, derramando luz sobre Barnaby, que yacía despatarrado en la cama.
Sin mirar directamente a Mostyn, ella le dijo:
– Puede retirarse.
El ayuda de cámara tardó en asimilar sus palabras y, al cabo, la miró estupefacto.
– ¡No puedo marcharme! Sería inapropiado.
Lentamente, Penelope levantó los ojos y lo miró con fiereza.
– Mi querido buen hombre. -Tomó prestados la expresión y el tono de lady Osbaldestone, una dama cuya habilidad para tratar con prepotencia al sexo opuesto era legendaria. -En verdad espero -prosiguió con tono mordaz- que no irá usted a insinuar que haya algo de indecoroso en que atienda al señor Adair en su estado actual, sobre todo habida cuenta de que la herida se la han hecho por haber tenido la gentileza de responder a mi petición; de hecho, al protegerme.
Mostyn parpadeó y frunció el ceño.
Sin darle tiempo a poner las ideas en orden, Penelope continuó con el mismo tono gélido e increíblemente altanero.
Tengo dos hermanos adultos y he atendido sus heridas bastante a menudo. -Una mentira descarada; ambos eran mucho mayores que ella. He vivido más de veintiocho años en la alta sociedad y jamás he oído a nadie insinuar siquiera que atender a un caballero herido en estado de postración se considerase en modo alguno libertino.
Habiendo mentido una vez, no vio motivo para no agravar el pecado; era imposible que Mostyn supiera qué edad tenía.
Volviendo a centrar su atención en el paciente, que había guardado silencio desde el principio hasta el fin, se esforzó en recordar términos que la señora Keggs empleaba en situaciones similares, ya que en el orfanato éstas se daban con notable frecuencia.
– Es muy probable que tenga una contusión.
La alarma encendió los ojos de Mostyn.
– ¡Ponche de vino! Mi mentor le tenía una fe ciega.
Corrió hacia la puerta.