Выбрать главу

– No. -Penelope alzó la cabeza y torció el gesto. -Le aseguro que no debe ingerir bebidas calientes; y mucho menos alcohol. Nada de vino ni brandy. Lo cual me demuestra lo poco que sabe usted de estas cosas. -Mostrando indignación, le indicó que se fuera. -Me quedaré a hacerle compañía y cuidarle, manteniendo una compresa fría en la herida. En cuanto se despierte, le llamaré.

– Pero…

Boquiabierto, Mostyn miró alternativamente a Penelope y a su amo.

La joven suspiró, dejó caer el paño en la jofaina y avanzó con determinación hacia Mostyn, quien, como era de prever, reculó.

– No tengo tiempo para seguir discutiendo; debo atender a su señor.

Continuó avanzando hasta que la espalda del ayuda de cámara chocó contra la puerta. Penelope puso los brazos en jarras, le fulminó con la mirada y bajó la voz hasta emitir un agrio susurro:

– Todo este ruido sin duda le causa dolor de cabeza. ¡Fuera de aquí! -Señaló histriónicamente hacia la puerta.

Mostyn la miró con los ojos desorbitados, tragó saliva, lanzó una última mirada a la figura tendida en la cama y luego dio media vuelta, abrió la puerta y salió.

La cerró sin hacer el menor ruido.

Penelope arrimó la oreja a la puerta. Aguardó hasta oír los pasos del hombre bajando la escalera y entonces corrió el pestillo.

Soltó un profundo suspiro con los ojos cerrados y apoyó la frente contra la madera.

Un frufrú le llegó a los oídos.

Abrió los ojos, se dio la vuelta y vio a Barnaby recostado sobre las almohadas. No había rastro de aturdimiento en los ojos azules que se clavaban en ella.

– ¿Qué significa todo esto? -preguntó el presunto herido. Su dicción era perfecta; no arrastraba las palabras.

El alivio que la inundó fue desconcertantemente intenso. Con una espontánea sonrisa de dicha curvándole los labios, se acercó despacio a la cama.

– ¡Menos mal! No estás herido.

Barnaby dio un resoplido.

– ¿Por ese golpecito en la frente?

Ella volvió a sonreír.

– Debería haber supuesto que tienes la cabeza demasiado dura para que se abolle con facilidad.

– Tal vez, pero qué… -Barnaby no tuvo ocasión de terminar la pregunta.

La joven había saltado a la cama y, mientras él hablaba, dio otro salto sobre el cobertor, se arrojó a sus brazos y le besó.

Cosa que estaba muy bien, pero Barnaby era terriblemente consciente de que se encontraban en su dormitorio, en su cama… y de que ella había echado el pestillo de la puerta. Para agravar el problema, estaban en plena noche y, según había podido ver, que Mostyn acudiera a salvarle no era algo que fuera a suceder pronto.

Desde luego, no lo bastante pronto.

Revolviéndose entre sus brazos, ella se arrimó más, incitante y silenciosa. Incapaz de rechazarla, él la besó; tomándola por los hombros, se deslizó en su cálida boca y se dio un festín, avivando los sentidos de ambos, dando vía libre al deseo.

Penelope lucía un austero vestido de seda verde cuyos botones negros iban de la cintura a la garganta, los largos y esbeltos brazos ceñidos por las mangas provistas de botones aún más diminutos en los puños. Las faldas de medio vuelo camuflaban por entero sus piernas. Con el pelo recogido en un firme moño y las gafas encaramadas en la nariz, tendría que haber presentado un aspecto adusto.

En cambio, como siempre, parecía una fruta prohibida.

La seda oscura hacía que le resplandeciera la piel, fina como porcelana, pálida como nácar. Las manos de Barnaby le recorrían la espalda, conscientemente posesivas; el frufrú de la seda sonaba sensual, sugiriendo rendición,

Si suya o de ella, no lo habría sabido decir.

Le costó poner fin al beso en que ella lo había atrapado.

– Penelope…

Satisfecha, la joven se apartó lo suficiente para sonreír beatíficamente al tiempo que se relajaba encima de él, acomodando los senos sobre el pecho de Barnaby.

– He venido a informarte de que he tomado una decisión.

– Aja… -Mirando sus oscuros ojos radiantes de entusiasmo, de una energía como no había visto otra igual, Barnaby no estuvo seguro de querer saber la respuesta, pero aun así preguntó:

– ¿Qué decisión?

Ella le sostuvo la mirada; sus cautivadores labios carnosos esbozaron una sonrisa.

– La última vez que hablamos de asuntos personales me hiciste un ofrecimiento, ¿recuerdas?

– Lo recuerdo muy bien. -Su voz sonó áspera incluso para él mismo. La seductora sonrisa de Penelope se acusó.

– Dijiste que si deseaba saber más, estarías encantado de enseñarme siempre y cuando yo estuviera dispuesta a aprender. -Ladeó la cabeza y lo estudió con expresión divertida; estaba disfrutando del momento, la culminación de lo que a todas luces había sido un plan. -Pues bien, he venido a pedirte que me enseñes más.

El inevitable efecto de sus palabras se extendió por todo su ser, pero escrutando sus ojos, su complacida e innegable expresión de entusiasmo, Barnaby confirmó que la muchacha se había saltado un par de pasos en el camino que él tenía en mente para ella. Para empezar, avenirse al matrimonio.

Por supuesto, él aún no había pedido su mano.

Antes de que hallara palabras para aprovechar la ocasión, ella lo hizo.

– Soy consciente de que una dama de mi posición debe ignorar tales cosas hasta que se ha casado, pero como soy firme e inquebrantablemente contraria al matrimonio, había pensado que me vería condenada a la ignorancia, la cual, por supuesto, no me agrada lo más mínimo. En ningún tema. De ahí que esté tan agradecida por tu ofrecimiento. -Su expresión traslucía la confiada expectativa de que Barnaby aceptaría su plan para instruirla.

Procurando no mudar el semblante, él maldijo para sus adentros.

Debería haber estipulado que, para ello, antes tendría que casarse con él, o al menos consentir en casarse. Pero no lo había hecho. ¿Acaso cabía incumplir o renegociar su ofrecimiento ahora?

No resultaría fácil. Penelope le había dicho que no buscaba casarse, pero… ¿«firme e inquebrantablemente contraria»?

Le acarició la espalda con delicadeza, con ánimo de tranquilizarse. Aunque la soltara, poner distancia entre ambos era imposible; ahora que la tenía en sus manos, no podía apartarlas. Penelope estaba tumbada encima de él y el cuerpo masculino ansiaba su calor, su suavidad, la sutil y excitante confianza de su buena disposición.

Devanándose los sesos, adoptó una expresión ligeramente intrigada, como si tan sólo sintiera curiosidad por su postura.

– ¿Por qué eres tan contraria al matrimonio? Creía que era algo que todas las señoritas desean.

Ella apretó los labios y negó categóricamente con la cabeza.

– No en mi caso. Piénsalo -apoyándose más pesadamente en su pecho, moviendo la cadera provocativamente contra la suya, liberó una mano para gesticular, -¿qué aliciente podría tener el matrimonio para mí?

El cuerpo de Barnaby, duro y anhelante desde el instante en que ella se había echado en sus brazos, ahora palpitante con la cadera de Penelope cálidamente encajada en su entrepierna, ardía en deseos de demostrárselo. Pero ella prosiguió:

– ¿Qué me ofrecería el matrimonio en compensación por su inevitable coste?

Él frunció el entrecejo.

– ¿Coste?

La joven sonrió, cínica y sardónica.

– Mi independencia. La capacidad de vivir como decida en vez de hacerlo como lo decidiría un marido. -Lo miró a los ojos. -¿Qué caballero de nuestra clase me permitiría visitar libremente los barrios bajos una vez casados?

Barnaby le sostuvo la mirada con firmeza pero no pudo contestar. La sonrisa retórica de Penelope se ensanchó en una de franco regocijo. Le dio una palmada en el pecho.

– No te calientes los sesos; no hay respuesta. Ningún caballero que se casara conmigo me permitiría hacer lo que siento que debo hacer, impidiéndome proseguir con lo que considero el trabajo de mi vida. Sin ese trabajo, ¿qué satisfacción tendría? Por consiguiente, me quedaré sin boda.