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Por el momento se contentó con dar tiempo a sus sentidos para que se acostumbraran a la inesperada postura, al sólido y musculoso calor de Barnaby entre sus muslos, a la dureza contra la que éstos se apretaban.

Entonces notó que los dedos de Barnaby desabrochaban deprisa los cordones de su espalda.

El no se detuvo hasta que hubo desabrochado todos los cordones y la parte trasera del vestido quedó abierta. Dejó que sus manos se pasearan por la tela, apartándola hacia los lados, hallando una vez más la tenue seda de la camisola que le protegía el cuerpo de su contacto directo.

La impaciencia se adueñó de Barnaby, que la domeñó. Interrumpiendo el beso, la instó a alzarse. Alargando las manos, tiró hacia arriba de sus rodillas, pegándolas a su torso, de modo que cuando ella puso las manos en su pecho y empujó, se encontró sentada a horcajadas encima de él.

Como Barnaby estaba recostado sobre las almohadas, Penelope quedaba sentada encima de su cintura, con los senos a la altura de su rostro.

Justo donde él los quería.

Torció el gesto con expectación cuando levantó las manos para bajarle el vestido de los hombros.

Mientras las mangas se deslizaban por los brazos, atrapándolos, Penelope lo miró a la cara. Barnaby no la estaba mirando a ella sino a lo que había dejado al descubierto. Su expresión era forzada y apenas revelaba nada, como si controlase algo muy grande en su fuero interno. Todo parecía bajo control, tanto él mismo como ella. Pero entonces le entrevió los ojos, y el ardor y la lujuria que encendía el azul de sus iris la impresionó y excitó.

Una parte de ella estaba asombrada de no sentir el menor asomo de modestia, más bien lo contrario. Deseaba aquello, sabía que era así, y estaba decidida a saborear cada instante por más escandaloso que fuera.

Mientras absorbía los matices que ardían en la mirada de Barnaby al recorrer la turgencia aún parcialmente tapada de sus senos, las hondonadas, los picos, sintió crecer una sutil sensación de triunfo.

Había sentido algo semejante con él una vez, una sensación de poder, la sensación de que ella, su cuerpo, podía hacerle cautivo. Captar y retener su atención hasta hacerle olvidar todo lo demás. Incluso cuando las manos de Barnaby le cogieron la muñeca para desabrochar los minúsculos botones que le cerraban los puños, su mirada no se apartó ni un segundo.

Deprisa, en silencio, finalizó la tarea y luego le quitó las mangas, liberándole las manos, que Penelope puso una vez más en sus hombros. Mientras el corpiño cedía con un leve frufrú, arrugándose en torno a su cintura, aguardó, complacida por la tensión de la expectativa.

No acabó de sorprenderla que Barnaby cogiera los extremos del lazo que mantenía cerrado el cuello plisado de su fina camisola.

Barnaby acarició entre los dedos el minúsculo cordón de seda. Se había preguntado qué llevaba Penelope debajo de los vestidos; había fantaseado y ahora ella no le decepcionaba.

La camiseta era austera y sencilla, ni un volante ni un fleco a la vista. Pero era de la seda más fina, ligera y vaporosa que él había visto jamás; diáfana, casi translúcida, susurraba sobre la piel como la caricia de un amante atrevido, libertino, seductor.

La innata sensualidad que había percibido en ella desde la primera vez era a todas luces real, no una fantasía. La constatación aumentó la tensión de sus músculos, ya tensos, hasta un grado superior de anhelo.

Eso era algo que en verdad no necesitaba; ya estaba combatiendo impulsos más intensos, más carnales de los que hubiese experimentado nunca. Supuso que el hecho de que Penelope fuera virgen, de que él sería el primero en verla de aquel modo, el primero en poseerla, era lo que alimentaba tan desenfrenados deseos.

Inspiró hondo, procurando afianzar un control que era menos firme de lo que le hubiera gustado, y levantó ambas manos hacia sus senos. En adoración.

Ni grandes ni pequeños, parecían modelados para sus manos, para él. Los acarició lentamente, a través de la seda, ora rozándolos, ora apretándolos. Con suavidad circundó los pezones erectos hasta que Penelope cerró los ojos y se revolvió, inquieta, encima de él.

Barnaby se tomó su tiempo, recreándose, notando la creciente tensión que le arqueaba la espalda, que entrecortaba su respiración y la hacía empujar, buscando otro contacto tentador.

Ella tenía los ojos cerrados, una arruga de concentración entre las cejas mientras absorbía cada minúscula sensación. Curvando los labios con una sonrisa rapaz, Barnaby se echó hacia delante y lamió.

Penelope soltó un grito ahogado, pero no abrió los ojos.

Ese sonido penetró en el alma de Barnaby. Lamió otra vez, y prodigó lengüetazos al brote enhiesto hasta que Penelope le hincó los dedos con desesperación. Sólo entonces se arrimó más a ella, atrapó la carne palpitante en la boca y chupó.

La joven gimió roncamente, y una vez más, aquel simple sonido fue un acicate para Barnaby, tanto para mitigar como para aumentar el ansia y el dolor que provocaba en ella. Para volverla loca.

Jadeante, con la cabeza dándole vueltas, Penelope no estaba segura de cuánto más podría aguantar. Barnaby seguía dándose un festín con sus senos; aun teniéndolos cubiertos por la camisola, el penetrante placer de su boca húmeda y caliente, de su áspera lengua, le llegaba a lo más hondo, suscitando ardorosas sensaciones que la recorrían en todas direcciones, yendo a concentrarse en la ingle, donde se sentía caliente, húmeda e hinchada, a tal punto que la carne le dolía y palpitaba.

Una vez más, él pareció saberlo. Sus manos le habían soltado los senos para sujetarle la cintura mientras se atiborraba de aquellos picos henchidos, pero ahora le levantaban las faldas y las enaguas para colarse debajo.

Y sobar sus caderas desnudas para, despacio, deslizarse hacia sus muslos desnudos.

Acto seguido, todavía más lentas, volvían a subir.

Gracias a la postura de ella, Barnaby podía acariciarla a su antojo. Continuaba atendiendo a sus senos, causándole un placer embriagador, manteniéndola en precario equilibrio sobre las rodillas de modo que tuviera que cogerlo de los hombros para no caer.

Aunque tenía los ojos cerrados, a medida que las caricias devinieron más explícitas debajo de las faldas, que aquellos dedos largos, elegantes y expertos se deslizaban entre sus muslos y la acariciaban haciéndola temblar, Penelope se sabía observada por su ardiente mirada, que le abrasaba el rostro y los senos palpitantes.

Entonces Barnaby volvió a meterse un pezón en la boca y chupó con más avidez. Penelope gritó, soltando un breve y agudo jadeo de placer; con la cabeza hacia atrás, la columna vertebral tensa, trató desesperadamente de llenar los pulmones al tiempo que los dedos de Barnaby se deslizaban por la resbaladiza hendidura de su entrepierna y, lenta e inexorablemente, penetraban su cuerpo.

Barnaby hundió un dedo dentro de ella y lo agitó. Lo retiró para acariciarla de nuevo, tocarla de nuevo, palparla de nuevo, para luego penetrarla y agitar el dedo otra vez.

Penelope jadeaba por las explosivas sensaciones que la invadían, sintiendo que el calor se extendía al tiempo que el ansia aumentaba, el deseo y la pasión combinándose sin fisuras, las llamas de uno y el ardor de la otra provocando una conflagración.

Un incendio orquestado por él, que le proporcionaba todo aquello, avivando los fuegos para luego dejar que menguara la combustión. A tal punto que Penelope supo que se consumiría y acabaría por morir.

Una y otra vez, Barnaby la llevó hasta el límite, y en cada ocasión la intensidad del deseo aumentaba y le asolaba la conciencia y los sentidos, la voluntad.

Obligándose a abrir los ojos, entrevió a Barnaby chupándole el seno. Lo que vio en su semblante fue tan crudo que le liberó la mente, brindándole un fugaz instante de lucidez que la llevó a preguntarse si sabía lo que estaba haciendo, si realmente entendía lo que ella misma había propiciado.