Sólo le quedaba sentir. Gloriosas oleadas de sensaciones que crecían y rompían contra ella para anegarla en sucesivas embestidas.
Deliciosas, ilícitas, peligrosas tal vez; sin embargo, ella se entregaba sin reservas a cuanto Barnaby le ofrecía, a cuanto él deseaba. Penelope quería saber y ahora él le estaba enseñando más de lo que ella hubiese soñado jamás.
Bajó todavía más, deslizando el cuerpo firme entre sus piernas, obligándola a separar las rodillas para acomodarse mejor; ella se amoldó sin rechistar. Ardorosos besos puntuados por mordiscos cubrieron aquel vientre sedoso, y Penelope se retorció, presa del doloroso ardor que titilaba y llameaba en su interior.
La sensación de Barnaby deslizándose contra su piel le proporcionaba un sorprendente y perturbador placer. Más dura y áspera que la suya, cubierta de abrasivo vello rizado, la piel de él originaba contra la suya, en comparación suave y delicada, una respuesta física primordial de sus respectivas virilidad y feminidad, y del contraste entre ambas.
Los labios de Barnaby resbalaron hasta el pliegue entre el muslo y la ingle, haciendo que Penelope volviera a suspirar. Con la punta de la lengua lo recorrió hacia adentro, trazando una línea ardiente lanzada hacia…
Penelope frunció el ceño. ¿Qué…?
Lo que Barnaby hizo a continuación la obligó a sofocar un chillido.
En el segundo y más intrusivo roce de los labios de Barnaby contra su vello púbico, Penelope forcejeó y trató de agarrarle los hombros, pero él, con el brazo que apoyaba en su cintura, la mantuvo tendida mientras con la otra mano le agarraba un muslo justo por encima de la rodilla y lo apartaba hacia un lado…
Abriéndola para poder verla bien.
Extasiada, Penelope permaneció inmóvil, la mirada fija en la cabeza de Barnaby, en lo que alcanzaba a descifrar en sus duras y angulosas facciones. Lo que acertó a ver… Dios la asistiera.
Entonces él posó los labios en su vulva.
Con un jadeo entrecortado, Penelope chilló su nombre, intentó desesperadamente zafarse, le agarró la cabeza, enredando los dedos en su pelo, y sintió una sacudida en todo el cuerpo mientras la sensación de él besando, lamiendo y, oh Dios, chupando la atravesaba como un reguero de pólvora, un rugiente incendio que le derritió los nervios y la dejó convertida en un charco de necesidad fundida.
Se tumbó soltando un quejido. Con los ojos cerrados, no tuvo más remedio que permanecer tendida y dejar que Barnaby le enseñara lo que ella había querido saber; dejar que las sensaciones se adueñaran de ella, dejar que le llenaran la mente y le aniquilaran los sentidos.
Dejar que él y las sensaciones la arrollaran.
Que se la llevaran a donde el deseo imperaba y la pasión prevalecía, donde sólo importaban su fogosidad y la voraz y ávida necesidad que dejaba en su estela.
La lengua de Barnaby lamía, sus labios acariciaban, y el calor derretía las entrañas de la joven. Con cada contacto, el fuego ardía más brillante. Más intenso. Más candente.
Hasta que se convirtió en ella misma, lo único que en ese instante importaba.
Una verdadera consumición. Una auténtica rendición.
Pero la fogosa tensión no hizo sino aumentar hasta que Penelope se quedó sin aliento, hasta que las hebras de deseo, todo fuego y ardor, la envolvieron estrechándola tanto que se vio al borde del desmayo.
Entonces Barnaby repitió con la lengua lo que antes había hecho con el dedo, una lenta y lánguida penetración y retirada.
Y Penelope se hizo añicos, pulverizada en un millón de esquirlas de calor, luz y gloria.
Soltó un grito ahogado y se dejó llevar, absorbiendo el momento con avidez. Pero el brillo menguó, dejándola aturdida y extrañamente vacía, curiosamente expectante, como si faltara algo más.
Se sentía como si los músculos del cuerpo se le hubieran licuado, liberándola de toda tensión, pero aun así seguía sedienta.
Abrió los ojos y bajó la vista hacia Barnaby, que había levantado la cabeza y la estaba observando. Entonces cambió de postura, alzándose sobre ella como un poderoso dios.
Penelope apoyó una mano en su pecho y lo acarició suavemente. Pese al leve contacto pudo notar la acerada tensión contenida en su fuero interno. Sintiéndose casi omnipotente, sabiendo que esa tensión la provocaba ella, que nacía del deseo por ella, halló fuerzas para arquear las cejas.
– ¿Eso es todo? -Sabía perfectamente que no era así.
Barnaby la miró de hito en hito. Le había abierto los muslos y ahora encajó sus caderas entre ellos. Penelope notó la gruesa punta de su erección buscando y encontrando su vulva; allí se detuvo, haciéndola estremecer.
Apoyando los brazos en las almohadas para rodearle la cabeza, Barnaby buscó sus labios; tomó su boca con un lento, profundo y arrebatador beso que una vez más le hizo perder la cabeza, tanto así que cuando por fin terminó de besarla se encontró sin aliento. A una distancia de unos centímetros, la miró a los ojos.
– Eso era el preludio. Y esto -empujó despacio, potente y firme, hundiéndose en su resbaladizo calor -es el principio del espectáculo principal.
Notó la barrera de su virginidad, la tanteó, antes de retirarse y empujar bruscamente, con más fuerza, abriendo una brecha y penetrando en su ardiente cavidad.
La impresión fue como una descarga y Penelope hizo una mueca de dolor.
Maldiciendo para sus adentros, Barnaby se detuvo, apretando los dientes por el esfuerzo de contener sus embravecidos impulsos; su lado primitivo quería penetrarla de inmediato y gozar sin restricciones, pero ella era menuda y él no.
Con la cabeza gacha, los músculos tensos y vibrantes, la respiración áspera en los oídos de Penelope, se esforzó en darle tiempo para que se adaptara.
Así lo hizo ella, poco a poco, insegura sobre hasta qué punto debía llegar, hasta qué punto era seguro relajarse. Sus músculos se fueron soltando por fases.
Apretando los dientes, Barnaby le dio todo el tiempo que pudo y luego la miró, buscándome ojos.
– Estás bien.
No fue una pregunta. Penelope lo miró pestañeando; sus ojos negros, brillantes lagos a la luz de las velas. Su expresión devino distante un momento, como si comprobara la validez de aquella afirmación, y su mirada volvió a centrarse en él. Y había maravilla en sus ojos.
– Sí. Tienes razón. -Sus labios se curvaron y los últimos restos de tensión fruto del pánico se disiparon.
Una tensión diferente vino a llenar ese vacío, reclamando a Barnaby y todos sus instintos.
El repentino brillo de los ojos de Penelope, el sutil ensanchamiento de su sonrisa, el modo en que su mano se deslizó para acariciarle la nuca, la manera en que le sostuvo la mirada, incitante, atractiva, una hembra que percibía su valía, todo eso revelaba que ella lo sabía, que sabía el efecto que causaba en él, que sabía exactamente lo que él deseaba hacer, y consentía. De todo corazón.
Con un gruñido, Barnaby se rindió a su apremio y posó sus labios en los de ella para besarla con toda el alma. Luego se apartó y empujó de nuevo, transportando a Penelope -y a él mismo- al territorio del puro placer sensual. Se mantuvieron allí con cada lenta y medida embestida, cada profunda y contundente penetración.
Igual que cuando bailaban, Penelope le seguía. Su cuerpo se ondulaba debajo del de él, complementando, ajustándose, recibiendo, tomando, dando.
El placer se henchía, manaba, se arremolinaba en torno a ellos, volviéndose más ardoroso, más insistente, más intenso.
Barnaby se negaba a darse prisa y, maravilla de las maravillas, Penelope no le acuciaba sino que se adaptaba a él, dispuesta a cabalgar con él, manifestando curiosidad y deleite en cada jadeo, cada susurro alentador, cada provocativa caricia de sus dedos.