Ahí donde tocara, la piel de Barnaby ardía, pero eso no era nada comparado con el encendido calor de su vaina, que lo agarraba, tiraba de él ardiente y mojada, lo tomaba en sus adentros y se regocijaba en el acto.
Debajo de él, ella se retorcía; a medida que el ritmo inevitablemente aumentaba, se aferraba, hincando las uñas para agarrarlo bien y alentándolo a seguir.
Barnaby respiraba entrecortadamente y acataba. Las sensaciones que lo envolvían, el cuerpo lozano de Penelope, su pasión, el ofrecimiento de su deseo, otorgaban a aquel acto que tan bien conocía un colorido más vivo e intenso del que hubiera experimentado jamás.
Cada movimiento, cada contacto de sus cuerpos, cada intercambio, parecía más cargado de sentimiento. Sensación táctil, cierto, aunque al mismo tiempo transmitía algo más profundo y delicado, algo distinto. Una parte intangible de ambos. Como si mediante aquel acto hubieran accedido a un plano superior y se estuvieran comunicando a un nivel más visceral.
Ahora él no podía pensar en ello, definirlo. Tenía la mente inundada de sensaciones que le anulaban la razón. No se lo habría creído si se lo hubiesen contado: que ella, una joven inocente, por más leída que fuera, pudiera, de manera tan fácil, completa y absoluta encajar con él, con sus experimentadas facetas sensuales, más aún, con las pasiones instintivas que normalmente reprimía, sujetándolas con rienda corta para no asustar a sus parejas.
Penelope, al parecer, no veía sentido en echar mano de rienda alguna. Mientras sus pasiones aumentaban fundiéndolos en un prolongado abrazo, mientras se dejaban llevar alocadamente por el ímpetu del momento, lejos de rezagarse, ella se volvía más exigente.
Hasta que Barnaby simplemente se rindió, soltó las riendas y dejó que ambos se deleitaran en un placer sin restricciones.
La joven dio un grito ahogado y, sin que nadie se lo indicara, levantó las piernas, le envolvió las caderas y lo metió más adentro, incitándolo a profundizar más.
Hasta que Barnaby sintió que tocaba el mismísimo sol.
Con un chillido apagado, ella alcanzó un orgasmo demoledor. Y arrastró a su pareja consigo, reclamando con sus contracciones su clímax, su potente y desenfrenada entrega desencadenando la de él, dejándolo, por lo que en ese glorioso instante pareció la primera vez, total y absolutamente libre.
En el instante en que él se vació dentro de ella, se sintió como si acabara de entregarle el alma.
Segundos después, entreabrió los ojos y la vio despatarrada debajo de él, con los ojos cerrados, las facciones desprovistas de pasión salvo por la gloriosa sonrisa que le curvaba los labios.
Sus propios labios se curvaban con similar placer saciado. Se retiró y se dejó caer a un lado, alargando el brazo para arrimarla a él.
Mientras la saciedad extendía sus suaves alas sobre ellos, Barnaby rezó para que si en efecto le había entregado el alma, ella estuviera de acuerdo, en algún momento no muy lejano, en corresponderle y entregarle la suya.
CAPÍTULO 14
De no haber sido por un altercado felino en un muro cercano, quizás habría sido Mostyn quien los hubiera despertado.
Mientras alertado por la inminencia del alba Barnaby metía prisa a Penelope, que no quería levantarse y menos aún salir de su cama, para que hiciera ambas cosas y le permitiera conducirla escaleras abajo, incluso mientras salían por la puerta principal y echaban a caminar para acompañarla a su casa, una pequeña parte de él estaba decepcionada por no haber averiguado cómo habría reaccionado su sofocantemente correcto ayuda de cámara.
El frío de la madrugada penetraba su sobretodo. Con la mente cada vez más alerta, decidió que había hecho bien dejándose guiar por el instinto y sacando a Penelope de la casa; no estaba ni mucho menos seguro de que Mostyn, de haberla encontrado en su cama, no hubiera cedido al impulso de escribir a su madre. Y, por supuesto, eso no le convenía en absoluto. No porque su madre pudiera desaprobar su conducta; pues lo que temía era que decidiera que su hijo necesitaba ayuda y se plantara en Londres para ofrecerle la suya.
La mera idea le hizo estremecer.
Miró a Penelope. Cogida de su brazo, seguía el ritmo de sus pasos, más cortos para acomodarse a los de ella, pero obviamente sus pensamientos estaban en otra parte. Pese al considerable vigor de su apareamiento, no parecía afectada o preocupada. De hecho, de haber sido por ella, todavía estarían en la cama, explorando los confines del deseo.
Había hecho un mohín al insistir Barnaby en que debían marcharse.
Ahora sus labios ya no hacían pucheros. Estaban relajados, sonrosados, tan seductores como siempre.
Al cabo de unos pasos, Barnaby se dio cuenta de que la estaba observando, fantaseando otra vez. Apartando las lascivas imágenes de su cabeza, miró al frente y centró sus pensamientos en el lugar en que estaban ahora, en el que deseaba que estuvieran y en cómo ir de un punto al otro. Lo cual casualmente pasaba por hacer realidad sus lascivas fantasías.
Resolvieron no molestarse en buscar un coche de punto; a aquellas horas, sería igual de rápido caminar hasta Mount Street. En las horas que mediaban entre el final de un día y el principio del siguiente, había poca gente en las calles de Mayfair, tanto a pie como en carruaje.
Era una madrugada sin luna, al menos bajo las nubes de noviembre. Aunque reinaba la quietud, el silencio no era absoluto; los envolvía el adormecido rumor sordo de la ciudad por la noche, un manto de sonidos distantes y amortiguados.
Ambos estaban acostumbrados a aquel silencio urbano; imperturbables, siguieron caminando entre la niebla, cada cual sumido en sus pensamientos.
Barnaby no sabía sobre qué cavilaba Penelope, ni siquiera si realmente estaba pensando. De todos modos, no albergaba duda alguna sobre su respuesta a los acontecimientos de la noche, lo cual resultaba reconfortante. No tenía que preguntarse si ella había disfrutado ni si tendría interés en continuar con su relación; ya le había dejado bien clara su opinión a ese respecto.
Haciendo memoria, recordó dónde se hallaban antes de que ella apareciera en su puerta. O al menos dónde pensaba él que se hallaban. Entonces creía que le tocaba a él dar el paso siguiente en aquel juego. Pero estaba claro que ella había seguido unas reglas diferentes.
En efecto, ahora que lo pensaba, no tenía ni idea de qué la había impulsado a ir a visitarle, y mucho menos de una manera tan excéntrica, porra en mano.
Volvió a mirarla, entornando los ojos mientras juntaba las piezas que conocía: había ido en el carruaje de su hermano, el discreto coche negro que se había marchado justo antes de que ella corriera a su encuentro, tras haber dado instrucciones al cochero de dejarla en la calle poco antes de medianoche. Y el cochero había obedecido.
Sólo Dios sabía qué peligros podían haber acechado a Penelope.
– Se me ocurre pensar… -hizo una pausa hasta que, alertada por su tono frío, ella lo miró- que tu hermano dista mucho de ejercer autoridad suficiente, y mucho menos control, sobre ti. Apearse de un carruaje en Jermyn Street en plena noche y correr hacia mí blandiendo una porra… No tenías ni idea de lo que podría haber sucedido. Alguien podría haberte visto y acudir en mi auxilio; yo mismo podría haberte visto antes y golpearte con mi bastón. -La idea le hizo enfermar. La miró con ceño. -Tu hermano no debería permitirte hacer tales locuras.
Penelope le estudió los ojos, encogió los hombros y miró al frente.
– Tonterías. Mi plan salió a pedir de boca. Y en cuanto a Luc, es el mejor de los hermanos, incluso aunque a veces sea mojigato y estúpidamente sobre protector. Siempre ha insistido en que podíamos hacer las cosas a nuestra manera, tomar nuestras propias decisiones sobre la clase de vida que queríamos llevar. Nos ha permitido e incluso alentado a elegir nuestro camino, y por eso no tienes derecho a decir ni una palabra en su contra.
Barnaby le miró la punta de la nariz, que había levantado con altanería.