– Es una actitud muy poco convencional. Conozco a Luc. No me parece que sea tan indulgente.
– ¿Te refieres a que tendría que haber encerrado a sus cuatro hermanas en una torre, o al menos confinarlas en Calverton Chase, y sólo permitirles salir una vez casadas?
– Para acudir a vuestras a bodas, pero no antes. Algo de ese estilo, sí.
Ella sonrió.
Supongo que podría haber sido así, aciertas al pensar que eso sería más acorde con su naturaleza, pero el propio Luc se vio casi obligado a casarse para rescatar la fortuna familiar hace años. No lo hizo, no podía, de modo que trabajó como un poseso en finanzas y así nos rescató, y entonces Amelia se le declaró. Él siempre había querido casarse con ella, de modo que al final todo salió bien, pero sólo porque se valió de sus armas e hizo lo que sentía que debía hacer, no lo que la sociedad pensaba que debía hacer.
Barnaby seguía con el ceño fruncido.
– ¿Me estás diciendo que no le propuso matrimonio a Amelia?
– No; fue ella quien lo hizo. -Dieron unos pasos más y entonces añadió, acabando de desconcertarlo: -Si quieres saberlo, de ahí es de donde saqué la idea de rescatarte en tu puerta con la intención de acabar en tu dormitorio contigo, a solas. Amelia abordó a Luc una noche cuando se dirigía a casa.
Él se detuvo y la miró de hito en hito.
– ¿También le atizó con una porra?
Penelope negó con la cabeza.
– No fue necesario. Luc estaba como dos cubas después de celebrar el haber librado a la familia de las deudas.
– Una cuba. ¿Qué?
– Como una cuba. -Mirando al frente, reanudó la marcha. -Así es el dicho.
– Ya lo sé. Pero Luc estaba como dos, o al menos eso dice Amelia. Se desplomó a sus pies.
Barnaby decidió que ya sabía más de lo necesario sobre Luc y su esposa. Sin embargo, el hombre a quien conocía como el vizconde de Calverton tenía una mente tan aguda y sagaz como su hermana. Y según Penelope, que sin duda conocía la verdad, Luc siempre había querido casarse con Amelia. De modo que cuando ésta le propuso matrimonio…
Calverton, decidió Barnaby, era un tipo con suerte.
No había tenido que arrodillarse y suplicar, ni siquiera en sentido metafórico.
De hecho, ahora que lo pensaba, que una dama propusiera matrimonio resultaba de lo más recomendable, en concreto y sobre toda porque excusaba al caballero de tener que declarar su estado de perdido enamoramiento.
Cuantas más vueltas le daba, más lo veía como una ventaja estratégica de la mayor importancia, especialmente si la dama en cuestión era Penelope.
Al salir de Berkeley Square por la esquina de Mount Street, echó un vistazo a su rostro; sereno, confiado, el semblante de una dama que sabía lo que quería y, tal como había demostrado en varias ocasiones, aquella noche la más reciente, no era en absoluto reacia a actuar para satisfacer sus necesidades.
Recordando su anterior razonamiento sobre el punto en que se hallaban ahora y hacia dónde quería que fueran, mientras le sujetaba el codo con los dedos y enfilaba con ella la escalinata de Calverton House, le pareció que, gracias al reciente plan de Penelope, acababa de descubrir la mejor manera de alcanzar su objetivo final.
– Gracias, señora Epps. Se lo diré a mi padre.
Con una sonrisa, Griselda se deshizo de la anciana que la había abordado para interesarse por su padre viudo.
Interpretando su papel, Stokes soltó un gruñido -sonido universal masculino para decir «ya era hora», -dedicó una inclinación de la cabeza con el ceño fruncido a la señora Epps y, agarrando a Griselda por el codo, se la llevó de allí.
Cinco pasos después, ella sonrió.
– Gracias. Pensaba que no iba a soltarme nunca.
– Igual que yo. -Sin distender el ceño, el inspector escudriñaba la calle por la que caminaban. Aunque la anchura original del adoquinado era razonable, las casas lo habían invadido de un sinfín de maneras, con grandes aleros en lo alto y porches ampliados y cerrados a nivel de la calle; si a eso se sumaban los montones de cajones de embalaje y cajas apilados ante varias moradas, el camino se veía reducido a poco más que un tortuoso pasaje. -¿Estás segura de que es por aquí?
Griselda le lanzó otra de sus divertidas miradas.
– Sí, lo estoy. -Mirando al frente, añadió: -No hace tanto tiempo que dejé de vivir en este barrio.
Él dio un resoplido.
– Tiene que hacer lo menos… diez años.
La sonrisa de la sombrerera se ensanchó.
– Qué delicado por tu parte. Hace dieciséis. Me marché a los quince para empezar de aprendiza, pero lo he visitado con la frecuencia suficiente como para no haber perdido el contacto por completo; y mucho menos mi sentido de le orientación.
Stokes encogió los hombros; tanto mejor: en aquellas calles tortuosas con el hollín tapando el sol, le estaba costando trabajo saber por dónde iba. Pero por fin había averiguado su edad, quince más dieciséis sumaban treinta y uno, unos pocos años más de los que le habría echado. Lo cual era excelente, dado que él tenía treinta y nueve.
Avanzaban penosamente, alejándose de la ciudad, Aldgate y Whitechapel a su espalda, Stepney delante de ellos, en pos de un tal Arnold Hornby. El viernes, después de distribuir los avisos impresos entre los puestos del mercado de Petticoat Lane y Brick Lane, habían «visitado» las direcciones que les habían dado de Slater y Watts, en ambos casos vigilando el tiempo suficiente para estar seguros de que ninguno de esos dos hombres estuviera implicado en alguna actividad ilegal.
Stokes había considerado la posibilidad de interrogar a Slater y Watts, pero el riesgo de que aun no sabiendo nada mencionaran el interés que la policía tenía por cualquier escuela de ladrones en activo, alertando así indirectamente al interesado, quien sin duda cambiaría de ubicación la escuela y escondería a los niños, era demasiado grande.
– Y además -había agregado Griselda, -aún nos quedan nombres a los que dar caza.
Y eso era lo que estaban haciendo ese día, sábado: dar caza a Arnold Hornby.
Parecían estar yendo espantosamente lejos, adentrándose en territorio cada vez más peligroso. Stokes echó un vistazo a su acompañante, pero si estaba incómoda o nerviosa, no daba la menor muestra de ello; aunque ambos volvían a ir disfrazados, en la barriada hacia la que se dirigían comenzaban a llamar la atención por ir demasiado bien vestidos.
Pero Griselda siguió caminando confiadamente. El inspector no se apartaba de su lado, escrutando la calle y poniéndose cada vez más tenso a medida que el peligro potencial iba en aumento. Era muy consciente de que, de haber ido solo, no habría sentido ni por asomo aquella tensión.
Llegaron a una bifurcación. Sin vacilar, Griselda tomó el camino de la izquierda, que seguía alejándose de Londres.
– Pensaba rezongó Stokes, -que el East End lo definía el alcance de las campanas de Bow Bells.
Ella río.
– Y así es; pero eso depende de cómo sople el viento. -Al cabo de un momento, agregó: -Ya falta poco. Es justo después de aquel callejón, a la izquierda.
Stokes miró al frente.
– ¿El edificio de la puerta verde?
Griselda asintió.
– Y mira qué oportuno: hay una taberna justo enfrente.
Él la tomó del brazo y se dirigieron a la taberna, mirando apenas la casucha de la puerta verde. Agachando la cabeza, Stokes le murmuró al oído:
– Quizá podamos averiguar lo que queremos mientras comemos.
Griselda asintió y dejó que la condujera al interior.
Había tres matones sentados a una mesa del fondo, pero por lo demás la pequeña taberna estaba vacía. Faltaba poco para mediodía; era de suponer que los demás parroquianos no tardarían en llegar. Había una mesa puesta junto a la ventana. Los postigos de madera estaban abiertos de par en par, dejando a plena vista la residencia de enfrente. Se dirigieron a esa mesa.
Las sillas eran toscas; Stokes estuvo a punto de apartar una para ella pero se contuvo a tiempo. Griselda se sentó de cara a la ventana. Él cogió la de al lado y se sentó a su vez, apoyando el brazo sobre el respaldo de la silla de ella. Echó un vistazo a los matones para asegurarse de que recibieran el mensaje. Apartaron la vista.