Satisfecho, se volvió hacia Griselda y la ventana.
La sombrerera se inclinó hacia él, le dio unas palmadas en el brazo que había, apoyado en la mesa y susurró:
– No es preciso intimidar a los vecinos.
Stokes vio sus ojos divertidos, se encogió de hombros y miró al otro lado de la calle. Dejó el brazo donde lo había puesto.
Una camarera pálida salió de la parte de atrás; aún era casi una niña y les preguntó qué querían. Stokes dijo que quería una jarra de cerveza y dejó que la chica se entendiera con Griselda. Para su sorpresa, esta no buscó información sino que se limitó a encargar comida para los dos.
Cuando la niña se hubo ido, Stokes enarcó una ceja. Griselda esbozó una sonrisa.
– Observó mi atuendo. Será mejor que comamos y le demos tiempo para decidir que no suponemos ninguna amenaza.
Stokes gruñó y miró hacia otra parte. Reflexionando que en la mayoría de días que habían pasado juntos Griselda casi siempre le había oído gruñir, se atrevió a decir:
– Tiene razón, se nota que no eres de aquí.
La miró. Griselda inclinó la cabeza. Al cabo de un momento, con la vista puesta en la puerta verde, le dijo:
– Me marché. Sabía que si me quedaba era harto probable que acabara como ella -señaló a la camarera con la cabeza, -sin ninguna esperanza de hallar algo mejor.
– De modo que trabajaste y te fuiste, y trabajaste aún más duro para establecerte fuera del East End.
Ella asintió, curvando los labios.
– Y lo conseguí. De modo que ahora no soy de un sitio ni del otro; ya no soy del East End pero tampoco pertenezco a otro sitio. Stokes vio más allá de su sonrisa fácil.
– Sé lo que se siente.
Griselda, arqueó las cejas, no tanto incrédula como curiosa.
– ¿En serio?
Él le sostuvo la mirada.
– No soy exactamente un caballero, pero tampoco soy un policía del montón.
Griselda sonrió.
– Ya me he dado cuenta. -Lo estudió y al cabo preguntó: -¿Y de dónde sales? ¿A qué se debe que no seas una cosa ni la otra?
Stokes contemplaba la puerta verde.
– Nací en Colchester. Mi padre era comerciante, mi madre la hija de un clérigo. Fui hijo único, igual que mi madre. Mi abuelo materno se interesó por mí; se aseguró de que cursara enseñanza secundaria. -Se volvió y la miró a los ojos. -De ahí procede la parte de «casi un caballero», y eso me hace distinto de la mayoría de los compañeros del Cuerpo. No soy de los de arriba, pero tampoco soy como los demás. -Le sostuvo la mirada. -No soy un caballero.
Griselda le estudió el semblante con gravedad, pero luego curvó los labios; se acercó a él con confianza.
– Tanto mejor. No creo que estuviera muy a gusto sentada aquí con un caballero.
La chica trajo una bandeja con su comida: dos tazones de un estofado apetitoso y pan, un poco duro pero comestible. El aroma del guiso brindó a Griselda la oportunidad de felicitar a la chica, que se mostró menos tímida. Griselda volvió a dejar que se fuera sin más.
Stokes se dijo que debía confiar en la intuición de su acompañante. Se puso a comer y mantuvo la vista clavada en la puerta verde.
Ambos habían terminado de almorzar y aguardaban pacientemente a que la camarera regresara cuando la puerta verde se abrió y una morena de unos veinte años salió. Dejando la puerta entornada, se dirigió a la taberna. Entró y puso los brazos en jarras.
– ¡Eh, Maida! Ponme cinco jarras, cariño.
Maida. La camarera bajó la cabeza y desapareció en la parte de atrás. Regresó momentos después con una bandeja y cinco jarras rebosantes en precario equilibrio.
– Trae. -La morena, cogió la bandeja. -Ponlo en nuestra cuenta. Arnold pasará luego a pagar.
Maida volvió a agachar la cabeza. Plantada en el umbral, secándose las manos con un trapo, observó a la morena cruzar la estrecha calle y entrar por la puerta verde, que se cerró a sus espaldas.
– ¿Un poco de ajetreo ahí enfrente? -murmuró Griselda.
Maida la miró e hizo una mueca.
– Digamos que sí. -Volvió a mirar la puerta verde. -Me gustaría saber cuántos tienen ahí dentro esta mañana. -Miró de nuevo Griselda. -Puteros, quiero decir.
Griselda enarcó las cejas.
– Así son las cosas, ¿verdad?
– Pues sí. -Maida apoyó el peso en una pierna, dispuesta a charlar. -Ahí hay tres; chicas, quiero decir. Pobre Arnold. Cuando me dijo que sus sobrinas iban a vivir con él, pensé que era una excusa pero, según dicen, lo han enredado bien. Supongo que serán parientes. Pobre vejete; tendrá suerte si le pagan el alquiler. Aunque las chicas se portan bien, son buenas vecinas y tal.
– ¿Ningún sobrino? -preguntó Stokes. Comentar toda suerte de delirios era, al fin y al cabo, chismorreo normal y corriente en el East End.
– Quia. -Maida cambió el peso de pierna. -Hay ocio de eso por aquí; los que buscan esas cosas son tipos encopetados, y nosotros estamos muy lejos de los sitios donde van a divertirse. Ojo, estoy segura de que a Arnold no le importaría tener a algún hombre en la casa para compartir la carga; esas chicas lo tienen ahí dentro casi todo el tiempo. Puede que sea viejo, pero es una bestia de hombre, buena protección. Y si es su tío, ¿qué va a hacer? Lo tienen bien pillado, esas chicas.
Griselda frunció el ceño, como si recordara algo.
– Mi viejo conocía a un Arnold que vivía por aquí; creo que era perista o algo por el estilo. ¿Cómo se llamaba? -Miró a Stokes como buscando inspiración, y entonces se le iluminó el semblante. Miró a Maida. -Ormsby, eso es. Arnold Ormsby.
– Hornby -corrigió Maida. -Sí, ése es nuestro Arnold. Estaba metido en eso, pero ya lo dejó. Lo más lejos que va de su casa es aquí. Lloriquea sobre los viejos tiempos: que si ha perdido todos sus contactos, que cómo tiene que arreglárselas un hombre. -Se encogió de hombros. -Si las sobrinas no se marchan, lo tiene muy negro; según parece, tienen prioridad sobre su tiempo.
Y eso, a juicio de Stokes, era cuanto iban a sacar de Maida. Cruzó una mirada con Griselda.
– Tendríamos que marcharnos.
Griselda asintió. Stokes se levantó, aguardó a que ella hiciera lo mismo y luego dejó unas monedas encima de la mesa. Volviéndose, i lanzó una de seis peniques a Maida.
– Gracias, bonita. Una buena manduca.
Más rápida que un avispón, la mano de Maida cogió la moneda al vuelo. Sonrió e inclinó la cabeza cuando pasaron junto a ella.
– Sí, bueno; vuelvan cuando quieran.
Griselda sonrió y se despidió con la mano.
Stokes la tomó del brazo y la condujo con determinación de regreso a la ciudad y la civilización; las palabras «en otra vida» resonaban en su cabeza.
Penelope merodeaba por el salón de lady Carnegie, fingiendo escuchar las conversaciones de tema político que se sucedían en torno a ella. La cena de noviembre de la señora era un gran acontecimiento en los círculos políticos, uno de los últimos antes de que el Parlamento se cerrara y la mayoría de sus miembros se retirase a sus fincas de campo para recibir el invierno.
Para ellos, aquella velada era la ocasión de congregarse antes de las últimas sesiones de las cámaras.
Para ella representaba una ocasión de oro para aprender más.
Barnaby estaría invitado. Aparte de ser hijo de su padre, y el conde tenía mano en numerosos asuntos políticos, su relación con Peel y el Cuerpo de Policía lo convertía en una solicitada fuente de información para la concurrencia; preferirían con mucho preguntarle a él, uno de los suyos, que a cualquiera de los subalternos de Peel.
Pese a todo, con aquella compañía, podría desaparecer unas horas sin que la echaran en falta, y después de la ronda inicial de preguntas en el salón antes de pasar a cenar, la ausencia de Barnaby también debería ser excusable.